San Leonardo de Puerto Mauricio

El primer mérito que se le atribuye a san Leonardo es la propagación del Vía Crucis en toda la Iglesia. Introdujo, además, las meditaciones para cada una de las 14 estaciones, enseñando que el Vía Crucis «es lo mismo que contemplar con ternura de corazón todos esos momentos de sufrimiento y dolor que, desde la casa de Pilato hasta el Calvario, sufrió bajo el peso de la Cruz el amadísimo Jesús, nuestro bien»

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El primer mérito que se le atribuye a san Leonardo de Puerto Mauricio (1676-1751), un fraile franciscano de la llamada «Riformella», es la propagación del Vía Crucis en toda la Iglesia. Fue él, en 1731, quien obtuvo de Clemente XII el breve Exponi nobis que autorizaba la instalación en todas las iglesias del Vía Crucis, hasta ese momento un privilegio solo de las iglesias franciscanas. Solo el santo erigió 572 Vía Crucis en las distintas ciudades en las que fue en misión. Atraía a muchísima gente con sus sermones sobre la Pasión de Jesús, que incluso hacían llorar y sollozar a los presentes.

San Leonardo introdujo, además, las meditaciones para cada una de las 14 estaciones, enseñando que el Vía Crucis «es lo mismo que contemplar con ternura de corazón todos esos momentos de sufrimiento y dolor que, desde la casa de Pilato hasta el Calvario, sufrió bajo el peso de la Cruz el amadísimo Jesús, nuestro bien». Fue él quien insistió para que Benedicto XIV instituyera el Vía Crucis del Coliseo, que fue consagrado a Dios y a todos los cristianos que, en él, habían sufrido el martirio. El primer Vía Crucis tuvo lugar en 1750, en pleno Año Santo. Esto evitó que el gran anfiteatro romano, durante mucho tiempo utilizado como cantera de travertino, fuera derribado.

En el siglo Paolo Girolamo Casanova, el santo se quedó huérfano de madre con solo dos años. Recibió la educación religiosa de su padre. Dejó su Liguria natal cuando era aún niño. Estudió teología en el convento romano de San Buenaventura, en el Palatino, y a los 25 años fue ordenado sacerdote. Le hubiera gustado ir como misionero a China, pero el cardenal Colloredo le dijo: «Tu China será Italia». Fue así que viajó por toda Italia, sobre todo en las regiones del centro y norte del país. Recordó al pueblo la oración, la penitencia y la adoración al Santísimo Sacramento. «Es el misionero más grande de nuestro siglo», dijo de él san Alfonso María de Ligorio. Es muy conocido un episodio que sucedió en Córcega, entonces atormentada por insurrecciones separatistas; después de una predicación sobre la Pasión, los hombres dispararon al aire sus fusiles y se abrazaron gritando: «¡Viva el fraile Leonardo, viva la paz!».

Combatió el jansenismo y su errada concepción de Dios, que hacía dudar del amor divino. Recomendaba poner sobre las puertas de las casas la imagen de Jesús, como también los Santísimos Nombres de Jesús y María. Sentía por la Virgen una devoción filial. Difundió la promesa de los tres Avemarías (que la Virgen había hecho a santa Matilde). Fue un defensor convencido de la Inmaculada Concepción. Aconsejó la convocación de una consulta con los obispos, que llamó «concilio por escrito y sin gastos», anunciando en su Carta Profética que se proclamaría el dogma de la Inmaculada Concepción. Su escrito se expuso en la capilla del convento de San Buenaventura, en el Palatino, donde el santo murió.

Un siglo más tarde se convirtió en papa un devoto del entonces beato Leonardo, Pío IX (fue el papa que lo canonizó), que conocía bien esa capilla, donde se retiraba a menudo a rezar. Al poco tiempo de ser elegido papa, Pío IX quiso leer y tener una copia de la Carta Profética, cuyas palabras se quedaron grabadas en su interior. El 2 de febrero de 1849, ante la insistente súplica de los fieles, el pontífice publicó la encíclica con la que pedía a todos los obispos del mundo que expresaran su pensamiento y la piedad del pueblo cristiano hacia la Inmaculada Concepción. Sabemos cuál fue el final: el 8 de diciembre de 1854 se proclamó solemnemente este dogma.

Patrón de: misiones populares

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