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DOCUMENTO VATICANO

Tecnología, redes sociales, IA: el riesgo de que el hombre se convierta en objeto

La Comisión Teológica Internacional ha publicado una nota sobre la antropología cristiana en relación con el desarrollo tecnológico. El documento advierte sobre el transhumanismo y el poshumanismo, y explica cómo la tecnología omnipresente influye negativamente en la identidad.

Ecclesia 10_03_2026 Italiano

El pasado 4 de marzo, la Comisión Teológica Internacional ha publicado una extensa nota titulada Quo vadis, humanitas? Pensar la antropología cristiana ante algunos escenarios sobre el futuro del ser humano. El tema objeto de esta nota articulada en 164 puntos es el desarrollo humano en relación con el desarrollo tecnológico. Son muchos los conceptos que la Comisión Teológica ha examinado, pero a menudo se abordan de forma prolija y, con la misma frecuencia, no son pertinentes respecto al tema de la nota. Aquí destacamos solo dos, muy sugerentes.

Según este documento, existen dos fenómenos filosóficos que tienen repercusiones inmediatas en el ámbito tecnológico y que son particularmente peligrosos para un desarrollo saludable de la humanidad: el transhumanismo y el poshumanismo: “El transhumanismo —leemos en la nota— es un movimiento filosófico que opera con la convicción de que el ser humano puede y debe emplear los recursos de la ciencia y la tecnología para superar los límites físicos y biológicos de la condición humana, [...] moldeando así su propia evolución y maximizando su potencial, hasta rediseñar al ser humano para que sea capaz de ir más allá” (14). El transhumanismo, en definitiva, quiere predicar un superhombre, un hombre tan potenciado que se convertiría en algo distinto de sí mismo. Por lo tanto, un hombre que trasciende —y es mera distopía— su propia naturaleza y, por lo tanto, se desnaturaliza. En cambio, el poshumanismo hace “totalmente fluida la frontera entre lo humano y la máquina” (15), predicando la ausencia de una naturaleza específica para la persona humana: el hombre sería indeterminado y, por lo tanto, potencialmente podría fusionarse con otras entidades en un todo cósmico.

En ambos casos asistimos al intento de desnaturalizar al hombre, ya que se expresa un “juicio negativo sobre la condición humana tal como es y, en definitiva, sobre su identidad. De ello se deriva el sueño de reinventarla, un sueño motivado por la insatisfacción con lo que se da en ella tal como es” (57). Surge así un rasgo peculiar de toda ideología: el rechazo de lo real para inventar una nueva realidad. La tentación es, por tanto, sustituir al Creador para convertirse en creadores de uno mismo. Las actuales posibilidades tecnológicas, percibidas ahora como omnipotentes, hacen aún más atractivas las veleidades de autopoiesis del hombre que nunca se han extinguido del todo.

En respuesta a estas dos tesis filosóficas cabría recordar que la persona debe perfeccionarse no porque la naturaleza necesite perfeccionamiento por carecer de algo, sino porque es lo que la naturaleza exige. Esta sirve de piedra de toque para el propio perfeccionamiento, pero también de límite: el hombre ontológicamente nunca podrá ser diferente de lo que es, rectius: de quien es. Tal perfeccionamiento, explica la nota, es posible no solo aprovechando las potencialidades naturales, sino sobre todo gracias a la gracia divina: “La acepción correcta de este ‘ir más allá’ propio del ser humano se encuentra en el ‘transumanar’ expresado por Dante en el primer canto del Paraíso, como en otras modalidades de la experiencia de la ‘divinización’, efecto de la unión íntima con Dios por gracia más que producto de técnicas humanas más o menos elaboradas. […] A este nivel del discurso se puede medir la profunda distancia que existe entre el sueño de ‘convertirse en dioses’ (cf. Génesis 3, 4) de cierto transhumanismo o poshumanismo y el don de la ‘divinización’ entendida como participación en la vida divina en la humanidad transfigurada de los hijos de Dios en Cristo” (24). Es en la participación en el ser de Dios —esto es lo que se indica en el término no del todo correcto de “divinización” utilizado en la nota— donde el hombre se perfecciona, es decir, se convierte cada vez más en hombre, cada vez más en sí mismo. Una participación imperfecta aquí en la tierra y perfecta en el Paraíso: “Seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es” (1Jn 3, 2). En el transhumanismo y el poshumanismo, el intento de trascendencia se ve frustrado tanto porque el hombre se reduce únicamente a su dimensión física, como porque se basa únicamente en las capacidades humanas y, sobre todo, porque la naturaleza, entendida metafísicamente, es un límite insuperable. Por el contrario, en el cristianismo, la voluntad de trascender, es decir, no de superar la condición natural, sino de superar la condición de la naturaleza decadente, es posible gracias a los poderes del alma y a la gracia de Dios. Un impulso de trascendencia tan elevado, mucho más elevado que el imaginado por los transhumanistas, que nos hace semejantes a Dios.

Un segundo tema sugerente que aborda la nota es el de la relación entre tecnología e identidad. A este respecto, la Comisión escribe que, dado que “la tecnología digital, las redes sociales y la inteligencia artificial [son] herramientas más relacionadas con nuestra autocomprensión que se utilizan para expresarse en las diversas formas de comunicación social, para moldear las identidades personales o colectivas, para cultivar las relaciones con los demás, se deriva una transformación más íntima. La tecnología digital ya no es solo una herramienta, sino que constituye un verdadero entorno de vida, con su propia forma de estructurar las actividades humanas y las relaciones” (33). La intuición es relevante: la tecnología digital ya no es solo un medio, sino un entorno, una estructura tecnológica que ya es social porque vivimos en ella, estamos inmersos en ella y, por ósmosis, asimilamos sus contenidos. Es una condición existencial. Este entorno tecno-social, al ser tan omnipresente, dúctil, personalizable, comprensivo de casi todas nuestras actividades y, en referencia a la IA, imitativo de la inteligencia humana, está transformando nuestras identidades. El riesgo es que el hombre pase de ser sujeto a objeto y el instrumento de objeto a sujeto; que el hombre pase de ser actor a “actuado” y el instrumento de actuado a actor. En esencia, el peligro radica en que nuestra identidad está moldeada por las redes sociales, la IA y los innumerables dispositivos que utilizamos. El hombre se convierte así en un cyborg y la máquina en un humanoide. Una migración cruzada de identidades donde lo real se virtualiza y lo virtual se hace realidad.

A continuación, la nota se centra en una forma particular de construcción de la identidad a través de la tecnología digital: “En muchos ámbitos de la infosfera se percibe una insistencia en hacerse reconocer, compartiendo permanentemente pensamientos y emociones en la red, que deben ser ‘reconocidos por otros’. A pesar de la legítima necesidad humana de reconocimiento, este fenómeno excesivo es un síntoma de incertidumbre identitaria. Precisamente porque hay que ‘inventarla’ sin instancias objetivas externas (naturaleza, valores culturales, roles sociales, costumbres compartidas), la identidad es más débil: invoca el reconocimiento, pero debe negociarlo, atraerlo, conquistarlo, incluso gritando o falseando la realidad. El yo hoy se debate en la esperanza de ser reconocido por alguien” (43). El yo se construye con miles, millones de “me gusta” y seguidores, es decir, a través del aprecio, la consideración, el consenso. Existes si existes para los demás, más allá de parámetros objetivos como la naturaleza, los valores culturales, los roles sociales o las costumbres compartidas. El yo se desencarna entonces de la naturaleza, de su propia historia, de las relaciones sociales físicas, de su propia familia, de sus propios talentos. La identidad nace y muere en lo virtual. Tú eres la imagen que los demás tienen de ti. Narciso es solo la imagen que ve reflejada en el espejo del agua. Y ese espejo del agua hoy se llama redes sociales.