Israel llama a filas a los reservistas, pero los veteranos con traumas aumentan
El Gobierno de Netanyahu llama a filas a más de 100.000 reservistas, pero debe hacer frente a 30.000 soldados que padecen trastorno de estrés postraumático. Y según las estimaciones, en 2028 serán 100.000.
La primera semana de guerra ha terminado con una paradoja que se confirmará también en las próximas semanas: Irán está militarmente devastado, su fuerza aérea destruida, su marina hundida, 32 barcos en el fondo del océano, líderes de primer orden eliminados y el refugio personal de Jamenei arrasado. Sin embargo, el país de Oriente Medio rechaza cualquier rendición, amplía el conflicto y ha obtenido el apoyo formal de la segunda economía mundial, China.
La semana que acaba de comenzar se ha iniciado con tres incógnitas estructurales. La primera: Trump ha cambiado el objetivo del desarme nuclear y ahora pretende la rendición del régimen, un objetivo que ni él ni sus generales saben cómo definir operativamente. Segundo: Rusia ya está proporcionando inteligencia a Irán, lo cual ha transformado un conflicto aparentemente bilateral en una guerra por poder, con características globales. Tercero: China juega en dos frentes, el apoyo diplomático a Teherán y la presión económica para reabrir el estrecho de Ormuz o, eventualmente, un corredor preferencial.
Se ha superado el punto de no retorno: la guerra entre Israel y Estados Unidos contra Irán es ahora una dramática realidad. Tel Aviv no ha dudado en desplegar 100.000 reservistas que ahora avanzan en los frentes más calientes del conflicto. Los misiles surcan los cielos, las tropas se mueven y ya no se habla de tensión, sino de una batalla abierta que sacude todo Oriente Medio. La operación Roaring Lion ya no es solo una amenaza, está en marcha, el león ruge entre los escombros y en los refugios antiaéreos de la región. Las Fuerzas de Defensa de Israel han iniciado una movilización impresionante con reservistas desplegados sin descanso. Irán es el objetivo principal declarado, con acciones militares que se suceden y elevan el nivel del enfrentamiento hora tras hora.
Israel tiene como objetivo la destrucción de los depósitos de combustible de Irán, y Trump se ha enfadado con su aliado. La visita a Israel de Steve Witkoff y del yerno de Trump, Jared Kushner, delegados estadounidenses para la reunión con el primer ministro Benjamin Netanyahu, se ha pospuesto repentinamente. El aplazamiento se produce pocas horas después de las recientes divergencias entre Washington y Tel Aviv sobre la gestión de los depósitos de combustible. Para complicar aún más el panorama, se ha nombrado al segundo hijo de Jamenei, Mojtaba, como nuevo líder supremo de Irán, un traspaso de poderes que podría influir significativamente en el equilibrio diplomático de toda la zona, pero que garantiza la continuidad con la figura de su padre. El sucesor es considerado la expresión de la línea más dura del régimen, con relaciones consolidadas con los Guardianes de la Revolución.
La guerra trae destrucción y muerte, pero también tiene efectos en otro campo de batalla, menos visible y mucho más difícil de contar: el que se encuentra dentro de la mente de los soldados. En el caso del ejército israelí, este frente está adquiriendo dimensiones que comienzan a inquietar incluso a las autoridades militares. Detrás de la retórica de la seguridad nacional y del “ejército más moral del mundo”, emerge una realidad mucho más brutal de los datos oficiales y de los testimonios de los veteranos: miles de soldados israelíes están regresando del frente con profundas heridas psicológicas, a menudo permanentes.
Según el Ministerio de Defensa israelí, desde el inicio de la guerra con Gaza, tras el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, el número de militares israelíes heridos ha aumentado de forma significativa. Según los datos difundidos por fuentes gubernamentales, más de 14.700 soldados y miembros de las fuerzas de seguridad han resultado heridos desde ese terrible día. Más de la mitad sufre problemas psicológicos, principalmente trastornos de estrés postraumático (TEPT), depresión grave o ansiedad crónica.
El sistema de rehabilitación del Ministerio de Defensa ya atiende a más de 81.000 veteranos heridos e inválidos, y alrededor de 31.000 de ellos están clasificados como pacientes con traumas psicológicos. Las previsiones estiman que, para 2028, el número de veteranos en tratamiento podría acercarse a los 100.000, de los cuales al menos la mitad padecerá trastornos mentales relacionados con el combate. No se trata de una crisis marginal, sino de una bomba social que explotará lentamente.
Estudios realizados por la Universidad de Tel Aviv indican que alrededor del 12% de los reservistas muestran síntomas de TEPT, más del doble de los niveles registrados antes de la guerra. Son decenas de miles de personas que regresan a la vida civil con pesadillas nocturnas, ataques de pánico, insomnio y dificultades para reintegrarse en la vida cotidiana. Las consecuencias ya son visibles: según datos recientes, más de 1.100 soldados han sido dados de baja del servicio militar debido al TEPT desde el inicio del conflicto. Otros permanecen formalmente en servicio, pero son atendidos por psicólogos militares o sometidos a terapia farmacológica. La presión psicológica es tan fuerte que tampoco se puede ignorar el fenómeno del suicidio entre los militares. En los últimos dos años, cientos de soldados han intentado suicidarse o han informado de pensamientos suicidas, según fuentes militares.
Esto es síntoma de algo más profundo: la distancia entre la narrativa heroica de la guerra y la realidad psicológica que viven los soldados. Los psicólogos militares hablan cada vez más a menudo de “moral injury”, una herida moral, distinta del trauma de combate, una profunda herida psicológica y existencial que deriva de haber cometido o presenciado actos que violan los propios valores éticos fundamentales y que provoca un profundo sentimiento de culpa, haber presenciado operaciones en zonas densamente pobladas, con destrucción de infraestructuras civiles, asesinato de niños y familias. A diferencia del clásico TEPT, la “lesión moral” conlleva un sentimiento de culpa, vergüenza, ira y alienación social. Muchos veteranos cuentan que no pueden hablar con nadie de lo que han visto o hecho. Algunos dejan de ver a sus amigos y familiares, otros recurren al alcohol o a los medicamentos para poder dormir.
El resultado es una sociedad que poco a poco se va llenando de veteranos traumatizados. Y esta crisis también afecta a sus familias, al sistema sanitario y a todo el tejido social israelí. Los centros de rehabilitación están bajo presión, mientras que los psicólogos denuncian la falta de personal y las largas listas de espera. La paradoja es evidente: mientras el Gobierno invierte enormes recursos en la maquinaria militar, el sistema de apoyo psicológico tiene dificultades para hacer frente a esta emergencia. El trabajo parece insignificante, la vida cotidiana lejana, las relaciones personales se resquebrajan. Algunos se sienten “extraños” en la sociedad, incapaces de explicar lo que han vivido.
Mientras tanto, la guerra sigue produciendo nuevos soldados traumatizados. Los analistas militares suelen hablar de superioridad tecnológica, estrategias operativas y capacidad de disuasión, pero rara vez se aborda el coste psicológico a largo plazo que generan estos conflictos. Las cifras son claras: miles de soldados heridos, decenas de miles de veteranos traumatizados, un sistema sanitario bajo presión y una generación que sufrirá durante años –o quizás toda la vida- las cicatrices invisibles de la guerra. Las guerras no terminan cuando cesan los bombardeos, sino que continúan en las pesadillas de los soldados, en los pasillos de los hospitales psiquiátricos, en las familias que intentan reconstruir una normalidad imposible. Y en el caso de Israel, esta guerra dentro de la cabeza acaba de empezar.
