San Alfonso María de Ligorio

Fundador de los Redentoristas, honrado por la Iglesia con el título de Doctor Zelantissimus, vivió casi 91 años. Es autor de más de cien obras, algunas de las cuales traducidas a más de 70 idiomas

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Insigne teólogo moralista, compositor de célebres melodías en napolitano e italiano (es suya la famosa Tu scendi dalle stelle), capaz de hablar de las verdades de fe tanto a los doctos como a los simples, es también autor de más de cien obras, algunas de las cuales traducidas a más de 70 idiomas. San Alfonso María de Ligorio (1696-1787), fundador de los Redentoristas, honrado por la Iglesia con el título de Doctor Zelantissimus, vivió casi 91 años. Su vida terrena puede considerase como una lluvia de gracias celestes, en una época en la cual la Ilustración difundía sus errores en Europa. En el «Siglo de las Luces», que excluía a Dios de su horizonte, el santo volvía a dar la justa medida a la razón y escribía obras fundamentales de apologética. Una de estas es Verdad de la fe, que inicia con una oración a María y que se desarrolla en tres partes dirigidas a refutar a los materialistas que niegan la existencia de Dios, a los deístas que rechazan la religión revelada y a los sectarios que niegan la verdad y unicidad de la Iglesia católica.

Alfonso nació en un suburbio de Nápoles, primogénito de una familia rica y noble que tuvo siete hijos más. Desde su juventud manifestó su caridad visitando a los enfermos y ayudando a los necesitados. Con solo 16 años consiguió una licenciatura en derecho civil y canónico y durante ocho años practicó brillantemente la profesión de abogado, que abandonó tras perder un caso, tal vez porque desilusionado por el ambiente forense. Decidió consagrarse a Dios y con treinta años fue ordenado sacerdote.

Empezó a predicar entre las clases más humildes de Nápoles, en casas y en comercios, exhortando al pueblo a abandonar los vicios y fortalecer las virtudes con ayuda de la oración. Los resultados fueron extraordinarios. Hubo un auténtico saneamiento moral y social, que culminó en aquellas que pasaron a la historia como «Capillas serotinas», porque el arzobispo empujó al santo a hacer sus reuniones en las capillas para reunir a más fieles.

En 1732 dejó su Nápoles natal y el 9 de noviembre fundó en Scala la que hoy es la congregación del Santísimo Redentor, con el fin de predicar a los pobres en las zonas rurales. A pesar de los obstáculos encontrados en el Reino de Nápoles, donde el laicismo empezaba a emerger, los redentoristas fueron afirmándose paso a paso gracias a su simple estilo de predicación. Mientras tanto Alfonso se dedicaba a redactar sus escritos, entre los cuales destacan - además de la monumental Teología Moral - algunos textos de inmediata lectura. Se trata de clásicos de la espiritualidad cristiana, como Práctica de amar a Jesucristo («la más devota y útil de mis obras», la definió en 1768) y Las glorias de María, que reflejan su piedad cristocéntrica y, por consiguiente, genuinamente mariana. Para honrar a la Encarnación se arrodillaba cada vez que tañían las campanas a mediodía, donde quiera que se encontrase.

Amaba la adoración eucarística: «Entre todas las devociones, la de adorar a Jesús sacramentado es la primera después de los sacramentos, la más agradecida por Dios y la más útil para nosotros». Y enseñaba a confiar en la Virgen como vía privilegiada y segura hacia el Hijo. «Muy devoto de María, Alfonso ilustra su papel en la historia de la salvación: asociada a la Redención y Mediadora de gracia, Madre, Abogada y Reina», explicó Benedicto XVI en una catequesis sobre el santo. Contra la herejía jansenista, que alejaba al pueblo de los sacramentos, exhortaba a los fieles a acercarse con frecuencia a la confesión. Y recordaba a los sacerdotes ser signos visibles de la Misericordia de Dios, para favorecer la conversión del pecador. Central, para toda la eternidad, es la constancia en el orar: «Dios no niega a nadie la gracia de la oración, con la cual se obtiene la ayuda para vencer toda concupiscencia y tentación. Y digo y repito, y repetiré mientras viva, que toda nuestra salvación está en el rezar».

En 1762 Clemente XIII lo nombró obispo de Santa Águeda de los Godos, ministerio al cual renunció trece años después por la grave artrosis que le curvaba la espina dorsal. Ya desde hacía tiempo había escrito otra preciosa obra ascética, Preparación para la muerte, en la cual Alfonso subraya la importancia de instruir a los fieles sobre los Novísimos (muerte, juicio, Infierno, Paraíso), para ayudar al alma a vivir y morir en gracia de Dios. El beato Pío IX apreciaba a tal punto este libro que un día lo recomendó vivamente en un seminario, a pesar de que el rector le hubiese dicho que sus alumnos ya lo conocían: «Que lo vuelvan a leer, que lo vuelvan a leer otra vez, porque saberlo de memoria son frutos de más que recibimos». Inútil decir que san Alfonso, a la hora de su muerte, llegó preparadísimo. El 29 de julio de 1787, al inicio de su agonía, pidió una imagen diciendo: «Dadme a la Virgen». El 1 de agosto volvió a la casa del Padre, mientras las campanas anunciaban el Angelus.

Patrono de: abogados, confesores, moralistas

Para saber más:

Opera omnia de san Alfonso (en italiano)

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