Santos mártires ugandeses

La Iglesia celebra hoy la memoria de san Carlos Lwanga y de otros 21 católicos matados en fechas diferentes entre 1885 y 1887

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La Iglesia celebra hoy la memoria de san Carlos Lwanga, jefe de los pajes de corte, y de otros 12 compañeros católicos ugandeses que sufrieron el martirio el 3 de junio de 1886 por orden del kabaka Mwanga II, rey de Buganda (una región de Uganda). El soberano estaba particularmente irritado por el rechazo por parte de estos súbditos de satisfacer sus pulsiones homosexuales.

Junto con ellos, en esta misma memoria colectiva, la Iglesia recuerda otros nueve mártires, por un total de 22 católicos, matados en fechas diferentes entre 1885 y 1887 (la fase más aguda de una general persecución anticristiana) y que Pablo VI canonizó todos juntos el 18 de octubre de 1964: «¿Quién podía prever que a las grandes figuras históricas de los Santos Mártires y Confesores africanos, como Cipriano, Felicidad y Perpetua, y al gran Agustín, habríamos asociado un día los nombres queridos de Carlos Lwanga y de Matías Mulumba Kalemba, con sus veinte compañeros», dijo el papa en la homilía de canonización.

Las persecuciones en Uganda comenzaron apenas un año después de la subida al trono del joven Mwanga II. Este había sucedido al difunto padre Muteesa, considerado mucho más astuto que el hijo en la gestión de los equilibrios en Buganda. Hechiceros y fetichistas, que querían mantener su poder en el sistema tribal y se sentían amenazados por la creciente presencia cristiana, contribuyeron a instigar el nuevo soberano contra los misioneros. Mwanga les veía como meros colonizadores.

Comenzaron así violentas persecuciones, en la que los primeros que cayeron fueron algunos ayudantes del obispo anglicano James Hannington, al que sicarios del soberano mataron el 29 de octubre de 1885. El entonces prefecto de la corte del rey, san José Mukasa, un joven catequista convertido al catolicismo con la llegada a Uganda de los Padres Blancos, había intentado disuadir a Mwanga de sus propósitos criminales. Además, apenas había sabido de homicidio de Hannington, había increpado al soberano. San José Mukasa era mal visto por el rey, porque había animado a los pajes a resistir a los avances de Mwanga, que al final se cansó del propio súbdito y ordenó que fuera decapitado. Se arrepintió antes de que la orden fuera consumada, pero los mensajeros llegaron tarde al lugar de ejecución; ya había tenido lugar el martirio de José Mukasa, de 25 años, y sus restos mortales habían sido quemados. Era el 15 de noviembre de 1885: ese mismo día recibía el bautismo un catecúmeno de unos veinte años, Carlos Lwanga.

Carlos fue llamado a sustituir a José como maestro de los pajes, pero también él - como su predecesor en ese oficio prestigioso - puso en el primer puesto la fe en Jesucristo. Así, protegió a los pajes de las intenciones pecaminosas del Rey. Algunos meses más tarde, el 25 de mayo de 1886, Carlos Lwanga fue condenado a muerte junto a otros cristianos. Por la noche, visto el peligro inminente, el mismo Carlos bautizó secretamente a los pajes convertidos que todavía eran simples catecúmenos: entre estos, Kizito, de catorce años. Algunas horas después Mwanga convocó una asamblea para interrogar a Carlos y a los pajes. El rey quería ver si alguno de ellos decidía salvar la piel renegando a Cristo: para asombro del soberano, esos jóvenes neófitos permanecieron firmes en su profesión de fe.

Los condenados fueron obligados a dirigirse a Namugongo, el lugar de las ejecuciones, distante 28 millas del lugar donde se encontraban. Ocho de ellos fueron ejecutados durante el trayecto. El 3 de junio, Carlos, junto con otros 12 católicos y 18 anglicanos, llegaron a la colina de Namugongo. Aquí fueron quemados vivos o atravesados con espadas. El martirio de Carlos, según la costumbre, tuvo lugar separadamente de los otros. Mientras el verdugo, llamado “Guardián de la sagrada llama”, procedía a quemarle vivo, el jefe de los pajes le dijo: «Es como si estuvieras echando agua sobre mí. Te ruego, arrepiéntete, y sé cristiano como yo». Ese mismo día, otro mártir, Bruno Sserunkuuma, había dicho: «Una fuente que tiene muchos manantiales no se secará nunca; cuando nosotros ya no estemos, otros vendrán después de nosotros».

El último de este grupo de 22 que sufrió el martirio fue otro servidor del rey, Juan María Muzeyi, que fue decapitado el 27 de enero de 1887, después de haber profesado espontáneamente su fe católica.

La colina de Namugongo se convirtió en meta de peregrinaciones. Y en 1969, cinco años después de su canonización, Pablo VI en persona visitó la basílica-santuario dedicada a los Santos Mártires de Uganda, en el primer viaje apostólico de un Pontífice en tierra africana. Por aquí pasó también, en 1993, Juan Pablo II, recordando en su homilía que «el sacrificio heroico de los mártires ha contribuido a acercar Uganda y toda áfrica a Cristo, la luz verdadera que ilumina a todos los hombres» (Homilía, 7 de febrero).

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