Santa María de la Purísima de la Cruz

Hizo su Primera Comunión a los seis años. «En la casa de Dios no hay tareas más humildes que otras, todas son elevadas», se decía a sí misma y a sus hermanas de la Compañía de la Cruz. Durante casi 22 años, hasta su muerte, fue la Madre general de la congregación

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Entre los santos contemporáneos, solo Juan Pablo II ha sido canonizado más rápidamente que María de la Purísima de la Cruz (1926-1998), en el siglo María Isabel Salvat Romero, canonizada el 18 de octubre de 2015 por el papa Francisco.

Por algunas manifestaciones de santidad, esta religiosa española recuerda a Madre Teresa de Calcuta. «En la casa de Dios no hay tareas más humildes que otras, todas son elevadas», se decía a sí misma y a sus hermanas de la Compañía de la Cruz. Durante casi 22 años, hasta su muerte, fue la Madre general de la congregación. Pero incluso entre las muchas tareas que derivaban de su cargo encontraba tiempo para dedicarse a las obras de misericordia corporal, signo constante de su vida al servicio de Dios: visitaba a los enfermos, lavaba sus heridas y vestidos, cocinaba para ellos.

Tercera de ocho hijos, nació y creció en una familia acomodada; hizo su Primera Comunión a los seis años. Siendo una niña, gracias a la visita que hizo junto a su tía religiosa a una familia necesitada, surgió en ella el deseo de vivir como los niños pobres que había conocido, a los que llevó, al cabo de unos días, zapatos nuevos. Había comprendido que Jesús los amaba. Y esta iluminación del alma, acompañada por la tierna devoción que sentía hacia la Virgen, a la que cada sábado le dedicaba un gesto especial para hacerla feliz, desembocó pronto en la decisión de consagrarse a Dios.

Era siempre muy atenta hacia sus hermanas de comunidad, en especial con las que estaban enfermas. Durante su periodo de superiora general también vivió el dolor de la separación de la congregación en dos provincias debido a algunas incomprensiones internas, pero luego la situación se resolvió. Educaba a las novicias intentando transmitirles sus dones. «Cuanto más fuerte es nuestro amor por el Señor, tanto más amamos nuestra vocación y nos entusiasma todo lo que hacemos: el amor a los pobres, estar a los pies de todos… porque en ello vemos la ocasión para demostrar nuestro amor al Señor». Fue incansable hasta pocos días antes de su muerte, a pesar de la enfermedad que sufría. Cuando el médico le reveló la naturaleza y la gravedad del tumor que la llevó a la muerte, María le sonrió citando el Salmo 122 (121): «¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor!» (Sal 122,1).

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