San Zacarías

Es el penúltimo de los profetas del Antiguo Testamento y, después de Isaías, el más citado en el Nuevo. Entre las visiones y los oráculos de Zacarías hay varios pasajes mesiánicos, como el anuncio del Germen

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No hay que confundirle con el homónimo padre de Juan Bautista. San Zacarías es el penúltimo de los profetas del Antiguo Testamento y, después de Isaías, el más citado en el Nuevo. Su misión profética, así como la de su contemporáneo Ageo, junto al que probablemente fue sepultado, inició en el 520 a.C., es decir «en el año segundo de Darío» (Zac 1, 1), el célebre rey de Persia.

Su ministerio tuvo lugar después del exilio de Babilonia (597-538 a.C.), en los años de la reconstrucción del templo, que ocupa un lugar importante en sus exhortaciones al pueblo, y más aún en las de Ageo. El templo es centro de irradiación de la salvación, que se extenderá más allá de los confines de Israel a «pueblos numerosos y poderosas naciones» (Zac 8, 22) que buscarán y suplicarán al Señor, mientras se dirigen severas advertencias a quienes le combaten.

Entre las visiones y los oráculos de Zacarías hay varios pasajes mesiánicos, como el anuncio del Germen (una prefiguración de Jesucristo, de estirpe davídica según la carne) que «reconstruirá el templo del Señor» (concretamente su Cuerpo resucitado, como explicará el discípulo predilecto en Jn 2, 18-22) y «recibirá la gloria». La salvación que se cumplirá gracias al Mesías resulta exaltada en el famoso pasaje que recuerdan los Evangelios sobre la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, preludio de su santa Pasión: «¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna» (Zac 9, 9). Aquí llegan a su ápice las promesas para los fieles que le aman, («como piedras preciosas, como estandarte en su país» Zac 9, 16) y se preanuncia la gracia que será concedida a quien se alimentará de la Eucaristía: «El trigo hará crecer a sus jóvenes y el vino a sus doncellas» (Zac 9, 17).

Sigue la cólera divina contra los falsos pastores y también contra las ovejas que «se hastiaron de mí», a pesar de que las había guiado con misericordia. Encontramos también la referencia a las 30 monedas de plata en que «los mercaderes de ovejas» tasaron la palabra de Dios (Zac 11, 12-13), el mismo precio de la traición de Judas. Los últimos capítulos son ricos de profecías sobre Israel que culminan en un anuncio de conversión a Cristo («volverán sus ojos hacia mí, al que traspasaron. Le harán duelo como de hijo único, lo llorarán como se llora al primogénito») y de imágenes apocalípticas con el tema del día del Juicio (cuando «El monte de los Olivos se partirá en dos») y la instauración del reino de los Cielos: «Y llegará el Señor, mi Dios, con todos sus santos».

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