Los niños santos, una profecía para convertir al mundo
“Los niños pueden convertirse en profecía porque, con su sencillez al responder al Evangelio, pueden despertar a la Iglesia y al mundo”. La Brújula Cotidiana ha entrevistado al padre Taras Yeher, uno de los ponentes del seminario de Arenzano (6-7 de junio de 2026) destinado a profundizar en el legado espiritual de los pequeños y en las bases teológicas que sustentan posibles causas de canonización.
“Con la boca de los niños y de los lactantes manifiestas tu poder contra tus adversarios, para reducir al silencio a enemigos y rebeldes”. Este famoso pasaje del salmo 8 nos introduce al seminario de estudio que se celebrará en Arenzano (Génova), en el santuario del Niño Jesús de Praga, el sábado 6 y el domingo 7 de junio, y titulado: La santidad de los niños, signo para la Iglesia y para la humanidad de hoy. Un seminario que cuenta entre sus ponentes con religiosos, sacerdotes, teólogos de renombre como el padre François-Marie Léthel, el padre Salvatore Perrella, la hermana Daniela Del Gaudio y también varios laicos, entre familiares de los niños, periodistas y escritores. También está prevista una intervención de Costanza Signorelli, autora para la Nuova Bussola Quotidiana (Brújula Cotidiana) de los libros Il chicco di grano y Nata per il Paradiso.
El seminario tiene un doble objetivo (véase aquí el programa completo), que pretende contribuir a ilustrar el valor del testimonio de los niños santos y a profundizar en cómo los pequeños pueden ejercer las virtudes en grado heroico y, por lo tanto, ser objeto de causas de canonización. Hemos entrevistado a uno de los ponentes, el padre Taras Yeher, que es postulador general para las causas de los santos de la Orden de los Mínimos.
Padre Taras, usted pronunciará una ponencia titulada “Los niños salvarán el mundo”, como afirmaba san Pío de Pietrelcina. ¿Por qué, como usted dice, “los pequeños son profecía de santidad”?
Mi intervención partirá del padre Pío de Pietrelcina para llegar al padre Pío Dellepiane, un venerable de la Orden de los Mínimos que está enterrado en la basílica romana de Sant’Andrea delle Fratte. El padre Pío Dellepiane promovió los grupos de oración del padre Pío de Pietrelcina y, escuchando también su invitación a fundar los “nidos de oración” para enseñar a los niños a tener una relación personal con Jesús, pensó en cómo se podría concretar esta intuición en la vida de la Iglesia. La idea es enseñarles que es hermoso confiar en Dios y en María, que es hermoso rezar el rosario y hacer la adoración eucarística: Dellepiane insistía en la necesidad de tener pequeños adoradores, con los modos, los tiempos y la explicación de la Eucaristía adecuados para ellos. Los niños son capaces de captar y vivir también la ofrenda de su propia vida en las pequeñas cosas. En cuanto a la profecía, hay que recordar qué es.
¿Y qué es?
La profecía no se refiere solo a lo que sucederá en el futuro, sino que es reconocer la presencia de Dios en la realidad de nuestra vida. Y los niños pueden convertirse en profecía para la Iglesia porque, con su forma de presentarse ante Dios, su manera de rezar, su sencillez en la respuesta al Evangelio, pueden despertar a la Iglesia y al mundo, haciéndolos volver a tener confianza en el Señor.
En su comentario al tercer secreto de Fátima, Joseph Ratzinger explicaba que la Virgen María elige a menudo a los pequeños por su sencillez, por esa pureza de corazón con la que pueden acoger el mensaje de la conversión y la petición de penitencia por parte de Dios, como lo demuestran precisamente los pastorcillos. Francisco y Jacinta Marto no se convirtieron en santos por el simple hecho de haber recibido el mensaje de la Virgen, sino porque se abrieron a la gracia y colaboraron en el plan de salvación, en la obra de Dios en sus vidas. Los santos, tanto los pequeños como los grandes, son aquellos que responden con generosidad a la propuesta de Cristo, que creen verdaderamente en Él. Cada uno responde con sus propios medios, con su propia personalidad: así como hay santos adultos que han realizado diversas obras sociales y espirituales, también hay santos niños que, en su gratuidad, pueden convertirse para nosotros en esta profecía de la presencia de Dios. Por eso estamos llamados a hacernos como niños, como dice Jesús en el Evangelio. Estamos llamados a confiar cada vez más, a hacernos pequeños, humildes y a estar abiertos al amor, al igual que los niños están abiertos al amor y, cuando lo reciben, lo irradian con su vida.
Usted es postulador de las causas de los santos. A día de hoy, santa Jacinta de Fátima, fallecida antes de cumplir los 10 años, es la más joven entre los santos no mártires. La Iglesia considera que la edad de razón ronda los 7 años. ¿De qué manera influye esto en las causas?
Es una pregunta que se plantean los teólogos, los canonistas, los postuladores, es decir: ¿pueden los niños vivir realmente la santidad? En primer lugar, debemos recordar que la llamada a la santidad es para todos: recibimos esta llamada en el momento del Bautismo. Cuando Benedicto XVI reconoció las virtudes heroicas de Antonietta Meo, fallecida a los seis años y medio, dijo que la santidad es para todas las edades. La santidad de un niño no se mide copiando íntegramente los criterios de la santidad adulta. Tal vez, el problema para la Iglesia sea comprender cómo reconocer el ejercicio heroico de las virtudes en un niño teniendo en cuenta su edad, su psicología, su libertad, sus formas de expresarse, su cultura. La santidad en los niños puede manifestarse a través de la confianza sencilla en Dios, a través del amor espontáneo por Jesús y María. Hablando siempre de la venerable Antonietta Meo, sus cartas a Jesús son preciosas, manifiestan precisamente su amor espontáneo por el Señor. La vida de santa Jacinta y de otros niños santos muestra su capacidad de orar, de confiar en Dios, de mostrar delicadeza hacia los padres y hacia otras personas que sufren. Su santidad se ve también en la forma en que aceptan el sufrimiento. Estas son formas sencillas a través de las cuales podemos ver la obra de la gracia en sus vidas. El ejercicio de las virtudes heroicas es la respuesta a la gracia, a la gratuidad del amor de Dios que se manifiesta a ellos y, a través de ellos, a nosotros.
¿Podrá esta gratuidad del amor de Dios, este primado de la gracia, facilitar en el futuro las causas de canonización de los niños no mártires en virtud de los hechos, incluso extraordinarios, de sus vidas y de la ofrenda de sus sufrimientos?
Haré una sencilla intervención, pero sé que el congreso se ha preparado precisamente para profundizar en este aspecto. Aquí me gustaría subrayar que, a menudo, cuando hablamos de las virtudes, tenemos la visión de los antiguos héroes de la mitología griega que, por su fuerza, inteligencia y valentía, eran glorificados. Pero las virtudes para un cristiano son diferentes; no se miden por la fuerza ni por el primado del yo, sino que se miden en función de la respuesta a la gracia recibida. Un santo lo es no tanto en virtud de su valentía, sino por cuánto ha amado, por cuánta confianza ha tenido en Dios, por la esperanza con la que ha vivido las diversas situaciones de su vida. Tenemos que buscar lo mismo en los niños, aunque con criterios adecuados a su edad.
Entre los siglos XX y XXI tenemos muchas historias de niños, incluso de tan solo 3 años, que revelan dones místicos y la presencia de virtudes heroicas. ¿Cómo se explica tanta abundancia de santidad en la infancia durante la época que estamos viviendo?
Hago una reflexión. Es un poco como preguntarse por qué en los dos últimos siglos ha habido tantas apariciones de la Virgen María. Podemos decir que Dios quiere atraer al mundo hacia Él, para que pueda redescubrir Su amor. Como la Virgen le dijo a santa Catalina Labouré, hay muchas gracias que los hombres ya ni siquiera piden. Existe, pues, el deseo de Dios de despertar al mundo a través de estas figuras de santidad. Hoy parecen ser muchas más que en el pasado, también porque las noticias se difunden más fácilmente. Está el amor de Dios que quiere salvar a la humanidad (“Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo unigénito”, leemos en el Evangelio) y esta es la primera respuesta a por qué hay tanta abundancia de santidad en los niños. Luego, hay que distinguir entre dones místicos y virtudes heroicas, en el sentido de que entre ellos no existe necesariamente una relación de causa-efecto. Lo que es profecía para el mundo es la vida de santidad, es decir, la respuesta amorosa de pequeños y grandes a la propuesta del Evangelio, dando testimonio de que el Evangelio sigue siendo hoy el camino para la realización de nuestra vocación, que es precisamente la de ser santos.
