San Justino por Ermes Dovico
MAGISTERIO

Magnifica humanitas, mil lecturas y un problema de lenguaje

Las valoraciones contradictorias sobre la encíclica de León XIV se explican también por la “tormenta de significados” de los documentos eclesiásticos: demasiado extensos, demasiado técnicos (y, por lo tanto, expuestos al riesgo de ser desmentidos) y con significados que no siempre son unívocos. La cuestión no es nueva, pero se ha agudizado con el pontificado de Francisco.

Ecclesia 01_06_2026 Italiano English

La encíclica de León XIV Magnifica humanitas ha sido acogida de manera diferente. Veamos algunos ejemplos. El obispo Joseph Strickland le ha dado una interpretación muy negativa. El comentarista Larry Chapp, en Catholic World Report, ha hablado, en cambio, de “un puñetazo en el estómago, incisivo y profético”. La postura de The Catholic Thing ha sido de acogida moderada. Leonardo Boff, en Religion Digital, la ha acogido positivamente por su “nuevo estilo argumentativo contemporáneo”. Ha habido acusaciones de humanismo excesivo y elogios por haber vuelto a hablar de Cristo. Algunos han planteado críticas sobre puntos concretos, como Gerald Murray y Michael Haynes sobre la revisión de la doctrina católica acerca de la guerra justa. En la Brújula Cotidiana (La Nuova Bussola Quotidiana en su edición original en italiano) Tommaso Scandroglio ha aplaudido el retorno de la metafísica en el tratamiento de la dignidad de la persona; Roberto De Mattei, por el contrario, ha señalado la falta de una perspectiva metafísica precisamente sobre la persona, y el blog tradicionalista OnePeterFive ha llegado incluso a sostener que en la encíclica hay que acoger con agrado el retorno de la arquitectura tomista.

Al preguntarnos por las causas de estas diferentes valoraciones, puede resultar útil examinar el tema del lenguaje. La encíclica comienza proponiendo la torre de Babel, pero hay que reconocer que también existe dentro de la Iglesia una cierta confusión lingüística. La cuestión no es nueva, sino que la arrastramos desde hace al menos sesenta años. Las causas son múltiples y, evidentemente, también el lenguaje de León XIV se ve afectado de alguna manera. El problema del lenguaje entró oficialmente en la Iglesia con el Vaticano II. El uso de un lenguaje existencial, experiencial y narrativo, en lugar de uno metafísico y definitorio, deriva de la gran influencia de la filosofía existencialista en la teología católica. Esta última también ha acogido sin discusión el llamado “giro lingüístico” de la filosofía moderna, atribuible sobre todo a Wittgenstein y Heidegger. Con el pontificado de Francisco hemos asistido al resurgimiento a lo grande de esta revolución del lenguaje, de la naturaleza a la historia, dado el nuevo objetivo del magisterio de suscitar dudas, desmontar las rigideces, poner en aprietos las certezas, alimentar preguntas y evitar respuestas.

Está claro que el tema del lenguaje es de gran alcance, pero podemos circunscribir el discurso a un breve examen de la Magnifica humanitas, preguntándonos si en ella hay expresiones que puedan haber alimentado la diversidad de juicios.

En primer lugar, hay que tener presente que, a estas alturas, detrás de algunas expresiones se esconden contenidos muy diversos. Tanto Juan Pablo II como León XIV consideran que la Doctrina social de la Iglesia se inscribe en el marco de la “teología moral”, a pesar de que uno la llame “corpus doctrinal” y el otro “discernimiento comunitario”. Sin embargo, entretanto, la teología moral ha cambiado desde la Veritatis splendor hasta nuestros días, de modo que su significado ya no está claro: ¿a qué teología moral se hace referencia? ¿A la del “antiguo” Instituto Juan Pablo II o a la del “nuevo”? ¿En qué medida ha entrado el “discernimiento” en su nuevo sentido en la definición de León XIV de la doctrina social de la Iglesia? ¿En qué medida se ve afectada por el cambio la nueva expresión “discernimiento comunitario”? ¿La palabra “naturaleza” con el adjetivo “natural” tiene el sentido de santo Tomás o de Heidegger?

Un segundo aspecto se refiere al lenguaje del Papa Francisco, que sigue influyendo en el de León XIV. A menudo se trata de expresiones crípticas que, en el fondo, siguen siendo ambiguas y que pueden dar lugar a interpretaciones muy diversas. En el párrafo 25 se habla de la verdad “como un don que hay que compartir y no como una posesión que hay que reivindicar”. El mensaje no es claro. Que la verdad sea para todos es cierto porque es precisamente ella la que une, pero que la Iglesia no pueda reivindicarla, en el sentido de defenderla y enseñarla, parece erróneo. De esta frase se pueden deducir diferentes actitudes, hasta llegar a pensar que lo que constituye la verdad es el compartir, en lugar de lo contrario. Se anularía así la apologética.

También es interesante señalar que la Rerum novarum tenía menos de un tercio de la extensión de la nueva encíclica, y sin tener en cuenta las 224 notas… Esta amplitud plantea otros dos problemas relacionados con el lenguaje. El primero se debe a la exposición bastante detallada de aspectos técnicos, en este caso de la inteligencia artificial. La Rerum novarum, por seguir con el paralelismo, había hablado del sindicato, pero no había explicado cómo funciona un sindicato, al no considerarlo tarea del Papa. Francisco, por el contrario, había dedicado gran parte de Laudato si’ a explicar los aspectos de la cuestión medioambiental, basándose en su mayoría en las noticias de la prensa dominante de entonces, aunque tampoco fuera tarea del Papa. Así surgen textos muy largos y, al mismo tiempo, más frágiles y discutibles. De hecho, incluso sobre Magnifica humanitas llegan algunas críticas técnicas por parte de los expertos en inteligencia artificial.

El segundo problema de lenguaje relacionado con la excesiva amplitud se refiere al cuarto capítulo de la encíclica de León XIV. Aquí encontramos referencias a una multiplicidad de problemas sociales: crisis del multilateralismo, nuevos imperialismos, guerra y guerras asimétricas, carrera armamentística, desequilibrios económicos, lógica de la fuerza, investigación científica, diálogo y cultura de la negociación, violencia y terrorismo, guerra cibernética, organismos internacionales, inmigrantes, refugiados y minorías, cuidado de la creación, diálogo entre religiones, escuela y educación… y así sucesivamente. Son análisis particulares de corto alcance, demasiado dependientes de casos empíricos. Es difícil, al realizar estos análisis detallados, ceñirse al lenguaje magisterial y teológico sin caer en vaguedades, reduccionismos e incluso obviedades.

Obviamente, Magnifica humanitas no es solo lo que aquí hemos destacado, aunque estos aspectos están presentes. Es de esperar que León XIV se libere del lenguaje creado por otros, como ya se aprecia en algunas de sus intervenciones, porque poner orden en la Iglesia también pasa por ahí.