San Ricardo de Chichester

Generoso con los pobres y consciente del inmenso valor de la Misa, defendió a la Iglesia de las injerencias del rey y promovió una reforma enérgica del clero en su diócesis

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Generoso con los pobres y consciente del inmenso valor de la Misa, el inglés san Ricardo de Chichester o de Wych (1197-1253) defendió a la Iglesia de las injerencias del rey y promovió una reforma enérgica del clero en su diócesis. Conoció desde joven la dureza de la vida. Se quedó huérfano de ambos progenitores muy pronto y, con su hermano, trabajó duramente en la granja. Sus amigos intentaron concertar su matrimonio con una noble dama, pero él declinó la oferta. Estudió y enseñó en Oxford, dónde tuvo por maestro a san Edmundo de Abingdon. Después vivió en París y Bolonia, ciudades donde se distinguió por su competencia en derecho canónico; en Italia rechazó una segunda propuesta de matrimonio.

Volvió a Inghilterra en 1235. Dos años más tarde, Edmundo, que mientras tanto había sido nombrado arzobispo de Canterbury, lo quiso junto a sí como canciller. Más adelante, Ricardo lo siguió en su exilio francés. A su muerte, en 1240, Ricardo recibió en herencia un cáliz que se convirtió en su símbolo y que dio un giro a su vida. De hecho, decidió ser sacerdote. Estudió teología en los dominicos, en Orleans, y fue ordenado a los 45 años. Volvió de nuevo a su patria, donde ejerció durante un tiempo como párroco. El beato Bonifacio de Saboya lo nombró obispo de Chichester, en oposición al candidato favorito del rey Enrique III, considerado un ignorante en teología.

El soberano, irritado, confiscó todos los bienes de la sede episcopal durante casi dos años, durante los cuales el santo no se desalentó, siendo acogido por un amigo sacerdote y visitando a pie toda la diócesis. Enrique III devolvió las propiedades a la Iglesia sólo después de ser amenazado con la excomunión por Inocencio IV. Resuelta ya la difícil situación, Ricardo pudo dedicarse a la reforma del clero: redactó normas para garantizar el respeto del celibato; exhortó a los sacerdotes a llevar el hábito talar y a cuidar los objetos litúrgicos necesarios para la celebración de la Eucaristía, recomendando la utilización de cálices de plata y oro. Un día, se le cayó el cáliz ya consagrado, pero milagrosamente no se derramó ni una sola gota de la sangre de Cristo.

Predicó la necesidad de una nueva cruzada para liberar la Tierra Santa y permitir que las peregrinaciones fueran seguras. Vivió en un riguroso ascetismo, alimentándose de manera frugal y llevando el cilicio. Su piedad hacia los necesitados era bien conocida y se prodigó de manera muy especial durante la carestía de 1247. Considerado santo cuando vivía, fue canonizado apenas nueve meses después de su muerte. Las peregrinaciones a su sepulcro en Chichester, considerado fuente de milagros, alcanzaron un nivel de popularidad similar a la tumba de santo Tomás Becket; hasta cuando Enrique VIII, responsable del Cisma anglicano, ordenó en 1538 la destrucción del relicario de Ricardo. Al santo se le atribuye esta oración: “Gracias, Señor mío Jesucristo, por todos los beneficios que me has dado, por todos los dolores y los insultos que has soportado por mí. ¡Oh piadoso Redentor, amigo y hermano, haz que pueda conocerte más claramente, amarte con todo el corazón, seguirte de cerca!”.

Patrono de: los cocheros

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