San Luis María Grignion de Montfort

"El conocimiento de Jesucristo y la llegada de su reino al mundo no serán más que la consecuencia necesaria del conocimiento y reinado de la Santísima Virgen, quien lo trajo al mundo la primera vez y lo hará resplandecer la segunda", escribe en el Tratado

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San Pío X no sólo recomendó leer el Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, una de las obras maestras de san Luis María Grignion de Montfort (1673-1716), sino que también concedió por escrito la bendición apostólica “a todos los que lean este Tratado”. En los años Cuarenta, el joven Karol Wojtyla, entonces obrero en las canteras de piedra de la Solvay, llevaba siempre consigo el librito de Montfort, del que aprendió el significado de la auténtica devoción a la Virgen: “Mientras antes me frenaba con el temor de que la devoción mariana hiciera sombra a Cristo en vez de abrirle el camino -escribirá después san Juan Pablo II- […] comprendí que en realidad sucedía lo contrario. Nuestra relación interior con la Madre de Dios es consecuencia orgánica de nuestra unión con el misterio de Cristo”. Y el Tratado inspiró al papa polaco el lema Totus Tuus, las dos palabras iniciales de la consagración a Jesús por manos de María.

Segundo de 18 hijos, Luis nació en Bretaña de una familia profundamente cristiana. Después de los estudios en el colegio de los jesuitas en Rennes, en 1692 se trasladó al seminario parisino de San Sulpicio: para ello el padre le ofreció el caballo, pero el joven prefirió recorrer a pie los casi 350 km entre Rennes y París. En el trayecto donó todo cuanto poseía a los mendigos. Fue ordenado sacerdote en 1700. El año siguiente fue a Poitiers, donde comenzó a trabajar como capellán del hospital, que también era hospicio para ancianos y vagabundos. Varias veces fue obligado a dejar el asilo y la ciudad por la hostilidad de algunos dirigentes. Contrapeso a esto era el afecto de los necesitados, que llegaron a escribir una carta al superior de Montfort: “Nosotros, cuatrocientos pobres, le suplicamos muy humildemente, por el más grande amor y la gloria de Dios, que haga que vuelva nuestro venerable pastor, el que tanto ama a los pobres, el padre Grignion”.

En este periodo conoció a María Luisa Trichet, la beata que se convirtió en la primera de las Hijas de la Sabiduría, la rama femenina monfortiana, a la que se unió después el masculino de la Compañía de María. En 1703 vio la luz su primera obra teológica, El amor de la Sabiduría Eterna, donde Montfort expone la centralidad de la cruz en la vida del cristiano, y explica que a Jesús se le ama poco porque se le conoce poco: “Saber a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, es saberlo todo; saberlo todo y no saber a Cristo es no saber nada”. Esto es un principio fundamental de su doctrina, porque ya indica en esto la verdadera devoción a María como “el más maravilloso de los secretos” y como la vía más sencilla y directa “para adquirir la Divina Sabiduría”, que consiste, justamente, en la pertenencia total a Cristo, punto de llegada necesario para desarrollar todas las potencias del alma.

Se hizo peregrino por consejo del Papa Clemente XI, que le nombró misionero apostólico, diciéndole: “En sus diferentes misiones, enseñe con fuerza la doctrina al pueblo y a los jóvenes, y haga renovar solemnemente las promesas bautismales”. Sus tierras de misión fueron sobre todo la natal Bretaña y la Vandea, donde el santo se prodigó en la enseñanza del catecismo y en grandes manifestaciones públicas de culto, que a menudo culminaban en la elevación de una cruz. También promovió reproducciones del Calvario, como el monumental de Pontchateau, terminado tras 15 meses de trabajo de centenares de personas provenientes de todas partes de Francia y del extranjero, antes de que sus enemigos convencieran al rey Luis XIV a hacer que lo destruyeran con el pretexto de la seguridad nacional. Fue reconstruido dos veces, la última después de la devastación de los revolucionarios franceses.

El apostolado de Montfort se reveló fundamental en una época en que el catolicismo era atacado en Francia por los jansenistas y diferentes confesiones protestantes, deístas y racionalistas. Combatió a todos los enemigos de la Iglesia con caridad y vigor, transmitiendo al pueblo las verdades de fe, incluso por medio de cantos populares que componía para encender todavía más el amor de Dios en los corazones. Y en todo esto su mariología, claramente cristocéntrica, ha sido decisiva: “Es, pues, seguro -escribe en el Tratado-, que el conocimiento de Jesucristo y la llegada de su reino al mundo no serán más que la consecuencia necesaria del conocimiento y reinado de la Santísima Virgen, quien lo trajo al mundo la primera vez y lo hará resplandecer la segunda”.

Para saber más: El Amor de la Sabiduría Eterna, Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen [en italiano], El secreto de María, El secreto admirable del Santo Rosario.

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