San Jaime de la Marca

De la enseñanza y el carisma de san Bernardino nació su devoción hacia el Santísimo Nombre de Jesús. Jaime predicó sobre todo en lengua vernácula, tratando temas como la superstición, el lujo, el juego, la blasfemia y la usura. Para ayudar a las personas con dificultades económicas y liberarlas de los usureros, promovió los Montes de Piedad

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San Jaime de la Marca (1393-1476) dedicó su vida al servicio de la Iglesia, convirtiéndose en el siglo XV en una de las figuras de renombre junto a sus amigos Bernardino de Siena y Juan de Capistrano. Junto a ellos contribuyó al desarrollo de la Observancia franciscana (en comparación con los “conventuales”, favorables a una regla más blanda) y a mantener viva la fe a través de la predicación.

Antes de entrar en los frailes observantes, se licenció en derecho en Perugia. Durante unos años ejerció como juez y notario en Toscana. Meditar sobre la Redención y la belleza de la oración hizo surgir en él su vocación religiosa.

De la enseñanza y el carisma de san Bernardino nació su devoción hacia el Santísimo Nombre de Jesús (que contribuyó a difundir). La predicación del maestro influyó también en sus técnicas vocales y gestuales, la estructura del sermón, la utilización de los ejemplos y de algunos contenidos morales. Jaime predicó sobre todo en lengua vernácula, tratando temas como la superstición, el lujo, el juego, la blasfemia y la usura. Para ayudar a las personas con dificultades económicas y liberarlas de los usureros, promovió los Montes de Piedad, que concedían pequeños préstamos a cambio de empeñar algo como garantía para la devolución. El santo le ofrecía a Dios continuas penitencias y se alimentaba frugalmente. Escribió libros, favoreció la construcción de iglesias, conventos y otras obras públicas como pozos y cisternas. Utilizó su competencia jurídica para redactar los estatutos de varias ciudades y proponer la creación de la figura institucional del pacificador.

Por su erudición y el celo demostrado en el cuidado de las almas se convirtió en hombre de confianza de varios pontífices. Entre los numerosos cargos que le fueron confiados estuvo también el de inquisidor. Se opuso a los movimientos heréticos de la época como los fraticelli (que contrataron a sicarios para atentar contra su vida y la de san Juan de Capistrano), los bogomilos y los husitas. Recorrió buena parte de Italia central y del norte y predicó en otras regiones europeas como Bohemia, Bosnia y Hungría. En más de una ocasión se le asignó la tarea de predicar la cruzada para defender a Europa. En 1456 los turcos asediaron Belgrado, pero fueron obligados a huir por las fuerzas reunidas bajo la guía del condotiero húngaro Juan Hunyadi y de Juan de Capistrano.

La última fase de su vida estuvo marcada por la enfermedad, que unió al sacrificio de Cristo. A pesar de ello, encontró tiempo para fundar una biblioteca en el convento de Santa María de las Gracias, en Monteprandone. Llegó a reunir casi doscientos códices (algunos de los cuales copiados personalmente), incluyendo textos bíblicos, exegetas y patrísticos. En su calvario recibió seis veces el sacramento de la extrema unción. Murió diciendo: «Jesús y María… bendita la Pasión de Jesús».

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