San Casimiro por Ermes Dovico
TERCERA GUERRA DEL GOLFO

Tensiones en Israel: la guerra también pasará factura a Netanyahu

Detrás de la aparente cohesión en torno al primer ministro, hay una sociedad israelí profundamente dividida cuya estabilidad dependerá en gran medida del resultado de la guerra contra Irán. En los territorios palestinos también existe inquietud e incertidumbre. Y el Patriarcado Latino, por motivos de seguridad, cierra el Santo Sepulcro en Jerusalén.

Internacional 04_03_2026 Italiano English

Israel es un polvorín: la guerra que ha desencadenado con Estados Unidos contra Irán ha hecho añicos toda certeza. La cohesión nacional es una máscara detrás de la cual se esconden nerviosismos y tensiones que amenazan con estallar en cualquier momento. Netanyahu galvaniza la Knesset, enarbola la bandera de la “defensa existencial” y ha transformado el Parlamento en una fortaleza de unanimidad y concordia. Pero bajo estas apariencias, el país está atravesado por profundas divisiones. Los israelíes viven entre el orgullo y el terror. El futuro es una ruleta rusa: no solo está en juego la seguridad nacional, sino la propia supervivencia de la nación.

En las calles resuena un silencio tenso. En las escuelas, en los mercados, en las familias de los 50.000 reservistas movilizados: en todas partes se respira tensión y un aire cargado de inquietud. La gente se une, se moviliza, construye redes de apoyo psicológico. Pero el coste es muy alto: incertidumbre que desgasta, cansancio que paraliza, tensión que quema. Cada día es un salto al vacío, cada noche una vigilia con la pesadilla de nuevos ataques. La cuerda por la que camina la sociedad es débil y está a punto de romperse (en la foto de LaPresse, ciudadanos israelíes se refugian al son de las sirenas que advierten de los ataques con misiles iraníes).

Pero no todos se rinden. Activistas, académicos y antiguos altos cargos de seguridad lanzan la alarma: una guerra abierta contra Irán puede aislar a Israel, destruir su economía, radicalizar el conflicto y multiplicar el número de muertos. Las manifestaciones rompen la aparente calma y recuerdan que el consenso nunca es total. En los pocos espacios de debate público se insinúa el temor de que Israel haya emprendido un camino sin retorno. La guerra no es solo una cuestión militar, sino también social y psicológica. El futuro se juega entre la fuerza de la cohesión y el peso insostenible de una nueva escalada regional. Además, también existe miedo a los atentados. No solo en Israel, sino en todo el mundo.

El primer ministro Netanyahu suele dividir a la sociedad, pero en momentos de crisis recaba un apoyo que en tiempos de paz se desvanece como la nieve al sol. La historia se repite: la amenaza externa produce cohesión interna. Pero bastará con que la emergencia se prolongue para que resurjan las grietas, las críticas y las fracturas. Entre los partidos de derecha el apoyo es férreo y la línea dura es un dogma. Incluso en los sectores del centro, el miedo empuja a cerrar filas en torno al Gobierno. Pero la confianza es frágil y puede desvanecerse si la guerra se prolonga indefinidamente.

El ejército cosecha respeto y confianza. Cada familia tiene un vínculo directo: el servicio obligatorio ayuda a la cohesión social. En estos primeros días del conflicto, el apoyo es sólido, casi ritual. La amenaza existencial empuja a la sociedad a distinguir entre política y operaciones militares. El ejército es visto como el único baluarte. Las encuestas lo consagran como una de las instituciones más estimadas, mucho más que los partidos o el gobierno. Pero el consenso no es eterno: los errores, las pérdidas y la falta de resultados podrían minar esta fe inquebrantable. Todo dependerá de la evolución de la guerra.

El nuevo frente con Irán ya ha aplastado la economía israelí, doblegada por años de tensiones e inestabilidad. Netanyahu toma medidas: movilización de reservistas, fondos de emergencia, apoyo a las empresas y a los trabajadores afectados. El Ministerio de Finanzas abre líneas de crédito y da garantías a las empresas de las zonas en riesgo de misiles. Pero cada día de guerra es una herida abierta: el gasto público se dispara, el presupuesto se tambalea. Israel está al borde del precipicio porque la guerra no perdona.

El inicio del conflicto ha tenido una repercusión inmediata también en los territorios palestinos, donde la reacción se mueve en varios niveles: político, militar, pero sobre todo social. En un contexto ya marcado por la fragilidad económica y las tensiones crónicas, la confrontación entre Israel e Irán se percibe como un factor adicional de inestabilidad.

En Gaza, el primer efecto tangible ha sido el aumento de la ansiedad colectiva. La población teme que el conflicto se traduzca en nuevos cierres de pasos fronterizos, restricciones a la circulación y bloqueos de suministros. En un territorio donde el acceso a los bienes esenciales es precario, cualquier crisis regional se refleja inmediatamente en la vida cotidiana. En los mercados se aceleran las compras de alimentos básicos, mientras las familias tratan de prepararse para posibles interrupciones prolongadas.

En el plano político, el movimiento Hamás ha condenado enérgicamente la acción militar israelí, calificándola de agresión que desestabiliza aún más toda la región. El grupo islamista que gobierna Gaza ha expresado su solidaridad con Teherán, subrayando el vínculo político y estratégico construido a lo largo de los años. La retórica oficial habla de un frente común contra lo que se describe como una expansión militar israelí. Otras facciones, como la Yihad Islámica Palestina, han utilizado las mismas palabras, reiterando su apoyo a Irán y denunciando el riesgo de un conflicto a mayor escala.

En Cisjordania, la situación parece igualmente tensa. En las ciudades y los campos de refugiados se respira un clima de preocupación por las posibles repercusiones sobre el terreno: aumento de los controles, incursiones militares, enfrentamientos con los colonos israelíes. La Autoridad Nacional Palestina mantiene una posición más prudente en el plano diplomático, pero en la sociedad civil prevalece un sentimiento de desconfianza hacia cualquier dinámica que pueda agravar las ya difíciles condiciones de vida.

Entre los ciudadanos de a pie predomina sobre todo la incertidumbre. Muchos temen que el conflicto entre Israel e Irán acabe por eclipsar aún más la causa palestina en el plano internacional, mientras que otros ven en la crisis un elemento potencial para redefinir el equilibrio regional. En Ramala, Belén y Beit Sahour, los debates oscilan entre el temor a nuevos sufrimientos y la esperanza de que la atención mundial pueda volver a situar la cuestión palestina en el centro de la agenda diplomática. La reacción palestina no es homogénea: condena rotunda de Israel por parte de los grupos armados, cautela de las instituciones, inquietud generalizada entre la población. En un territorio que ya está marcado por años de conflicto, esta guerra se vive como un posible acelerador de la inestabilidad, capaz de afectar directamente a la vida cotidiana y al equilibrio futuro de la región.

En una reciente intervención, el patriarca de Jerusalén de los Latinos, el cardenal Pierbattista Pizzaballa, ha lanzado un emotivo llamamiento para que todos los pueblos de Oriente Medio “puedan vivir una vida digna”, vinculando la dramática situación regional —con especial referencia a los acontecimientos que afectan a Irán y a los conflictos en curso— a la necesidad universal de justicia, paz y dignidad. Según el patriarca, ni siquiera la guerra y las tensiones pueden borrar el deseo humano de una sociedad basada en valores esenciales, por lo que ha instado a buscar soluciones pacíficas que eviten una degeneración de la violencia. Su declaración resuena como una invitación a no perder la esperanza y a seguir con determinación el camino del diálogo y la reconciliación.

En este clima de tensión, el Patriarcado ha comunicado el cierre temporal del Santo Sepulcro por razones de seguridad. La decisión tiene un impacto directo en las comunidades cristianas que viven en Jerusalén, obligadas a adaptarse a un contexto cada vez más inestable y peligroso. El cierre del lugar sagrado es una señal tangible de las dificultades que la crisis de Oriente Medio está imponiendo también a la dimensión espiritual y religiosa de las poblaciones locales, y no solo a ellas, lo que pone de relieve la urgencia de detener el conflicto antes de que sea demasiado tarde.