San Francisco Antonio Fasani

Entró siendo adolescente en los franciscanos asumiendo el nombre religioso de los dos santos de la orden a los que era más devoto. Pasaba varias horas al día en el confesionario, exhortaba a la Comunión diaria e instilaba en los corazones el amor por la Eucaristía

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«Quien quiera saber cómo era san Francisco [de Asís] en vida, que venga y vea al Padre Maestro». Así llamaban los habitantes de Lucera, su pueblo natal, en la Apulia, a san Francisco Antonio Fasani (1681-1742). Entró siendo adolescente en los franciscanos asumiendo el nombre religioso de los dos santos de la orden a los que era más devoto, Francisco de Asís y Antonio de Padua. Tras años de profundización de los estudios teológicos fue proclamado «doctor y maestro».

Sus padres eran de origen modesto. El padre era un jornalero agrícola, que murió cuando el santo aún era niño. Su vocación encontró terreno fértil precisamente en la familia, que cada noche se reunía para recitar el Rosario ante una imagen de la Inmaculada. La proclamación del dogma tuvo que esperar hasta 1854, pero la devoción por la Inmaculada ya se había difundido y el cuadro teológico era cada vez más claro. Por ello, Clemente XI, en 1708, extendió a toda la Iglesia la fiesta de la Inmaculada, que ya se celebraba en Roma y en otros lugares de la cristiandad.

San Francisco Antonio, por su parte, se definía «el pecador de la Inmaculada» porque veía en la Inmaculada Concepción un signo del esplendor de María, refugio de los pecadores y guía segura para mantenernos alejados de las tinieblas. Por esto distribuía estampillas de la Virgen Inmaculada y escribía cantos marianos para difundir su culto. Como refirió un testigo de la época, «hablaba de la Santa Madre de Dios con tanta devoción y ternura y una expresión tan afectuosa en el rostro, que parecía haber tenido un coloquio cara a cara con Ella». No presumía de su cultura, pero la utilizaba para que todos le entendieran. En sus sermones les decía a los fieles que imitaran las virtudes de María para pertenecer totalmente a Cristo. Deploraba los vicios, sin temer atraer la hostilidad de los demás.

Puesto que la salvación de las almas era su principal preocupación, pasaba varias horas al día en el confesionario, exhortaba a la Comunión diaria e instilaba en los corazones el amor por la Eucaristía. Celebraba el sacrificio de la Misa con solemnidad. Visitaba a los detenidos y a los condenados a muerte, a los que acompañaba hasta el patíbulo para consolar su espíritu y ayudarlos a morir en gracia de Dios.

Era padre para todos y, aún más, para los enfermos. Ayudaba a los pobres directamente con sus pocos medios (un día se quedó solo con el sayo porque donó todos sus vestidos a un mendigo semidesnudo) o pidiendo limosna por las casas. Acogió la enfermedad que lo llevó a la muerte con las palabras que habían marcado toda su existencia: «Voluntad de Dios, Paraíso mío».

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