San Cayetano Errico

En la homilía de beatificación Juan Pablo II lo definió «verdadero mártir del confesionario». A la gran atención que prestaba al sacramento de la Confesión unía la atención a los pobres, enfermos, encarcelados. Alimentaba su alma permaneciendo largo tiempo arrodillado ante el Santísimo Sacramento

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«Dios te ama, ¿cuándo nos vemos?», les decía san Cayetano Errico (1791-1860), fundador de los Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús y María, a las personas con las que se encontraba por la calle en el barrio de Secondigliano (Nápoles). De hecho, era consciente de que el confesionario es el lugar privilegiado para curar las heridas del alma y reconciliarse con Dios. Pasaba en él muchas horas, tantas que en la homilía de beatificación Juan Pablo II lo definió «verdadero mártir del confesionario». A la gran atención que prestaba al sacramento de la Confesión unía la atención a los pobres, enfermos, encarcelados, a los que dedicaba por entero su energía haciendo todo tipo de sacrificios e instilando en ellos la conciencia de ser amados de manera única por el Padre. Los jueves visitaba el Hospital de los Incurables de Nápoles y los domingos se paseaba con el crucifijo buscando a niños para enseñarles el catecismo.

Creció en una familia pobre y numerosa. Era hijo de un productor de pastas alimenticias y una tejedora. Los signos de su santidad eran ya visibles en su juventud. Cada día hacía kilómetros a pie para ir al seminario y la gente que lo veía solía decir: «Está pasando san Cayetano». En 1818, mientras estaba recogido en oración, se le apareció san Alfonso María de Ligorio que le preanunció que se convertiría en el fundador de una congregación y que Dios quería la construcción de una iglesia en Secondigliano dedicada a la Virgen de los Dolores. Tras superar algunas resistencias, el santo consiguió hacer construir la iglesia. Al final de los trabajos le encargó a Francesco Verzella una talla de madera de la Dolorosa con tres ángeles. Solo después de diecisiete intentos por parte del artista de esculpir el rostro de la Virgen, Cayetano exclamó satisfecho, ligeramente ruborizado: «¡Así era Ella!».

Las visiones eran solo una parte de su vida. Se fortalecía con la penitencia, con el ayuno a pan y agua los miércoles y una simple sopa entre el viernes y el sábado. Se mortificaba de distintas maneras. «Ahora me haces sentir ese dolor que no sentí cuando te llevaba en mi seno y te parí», le dijo un día su madre mientras le lavaba la vestimenta manchada de sangre. Alimentaba su alma permaneciendo largo tiempo arrodillado ante el Santísimo Sacramento. Precisamente en uno de esos momentos, el Señor le manifestó que la congregación que le había anunciado años antes «debe ser instituida en honor de los Sagrados Corazones de Jesús y María». La fundó en 1833. A partir de entonces, su apostolado se orientó a difundir la devoción a los Sagrados Corazones en esa fase crucial que llevaría a la Unidad de Italia y a la acelerada secularización que siguió a la misma.

Sus misioneros están presentes también fuera de Italia y a cada uno de ellos san Cayetano (‘o Superiore como lo llaman los habitantes de Secondigliano) le dejó este testamento: «Amaos entre vosotros y observad fielmente las Reglas».

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