San Anselmo de Aosta

Fides quaerens intellectum, «la fe busca el entendimiento», fue el principio que guió a san Anselmo de Aosta o Canterbury (1033-1109). Llamado Doctor Magnificus, ideó un argumento celebérrimo sobre la existencia de Dios

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Fides quaerens intellectum, «la fe busca el entendimiento», fue el principio que guió a san Anselmo de Aosta o Canterbury (1033-1109). Llamado Doctor Magnificus, ideó un argumento celebérrimo sobre la existencia de Dios, estudiado por generaciones de filósofos y teólogos. Anselmo, considerado por algunos como el fundador de la Escolástica y anillo de conjunción entre san Agustín y santo Tomás de Aquino, se distinguió por su capacidad de combinar el rigor lógico con una tensión constante hacia Dios. Su teología alcanzó niveles altísimos a través de los estudios, pero ante todo se basó en la oración, la humildad y la prioridad de la fe. «No intento, Señor, penetrar tu profundidad, porque de ninguna manera puedo comparar con ella mi inteligencia; pero deseo comprender tu verdad, aunque sea imperfectamente, esa verdad que mi corazón cree y ama. Porque no busco comprender para creer, sino que creo para llegar a comprender».

Anselmo nació en Aosta de familia noble. El padre era un longobardo pródigo y disipado mientras que la madre era una piamontesa profundamente religiosa. De niño, según cuenta su amigo y biógrafo Eadmero, imaginaba que Dios vivía en la cima de los Alpes: una noche soñó con ser invitado a Su espléndido palacio, donde conversó amigablemente con Él y al final se vio a sí mismo recibiendo “un pan blanquísimo”. A los 15 años pidió unirse a los benedictinos, pero el padre se opuso porque quería que heredara sus bienes. Su ardor hacia Dios se fue enfriando poco a poco y el joven terminó sucumbiendo a las pasiones terrenales y los intereses materiales. Quedó huérfano de madre y, al ver que las relaciones con su padre no mejoraban, a los 23 años dejó su tierra natal y emprendió un viaje por toda Francia. Después de varias experiencias, acudió a la abadía benedictina de Bec para conocer a su famoso prior, el teólogo Lanfranco de Pavia. Fue un encuentro decisivo.

Entonces volvieron a despertar en él tanto su pasión por los estudios como su vocación religiosa. Vistió el hábito monástico en 1060 y se convirtió en el alumno predilecto de Lanfranco. Sólo tres años después, cuando el maestro fue nombrado abad en otro monasterio, Anselmo le sucedió como prior y, también, como director de la escuela de clausura de Bec. De este periodo es su primer escrito importante, el Monologion, en el que elaboró ​​una demostración a posteriori de la existencia de Dios, a partir de los diferentes grados de perfección de las cosas del mundo. Justo después escribió su obra más conocida, el Proslogion, que contenía el «argumento ontológico» (así lo definió Kant) con el que Anselmo quiso dar otra demostración, esta vez a priori, de la existencia de Dios: «Oh Señor , Tú no sólo eres aquel de quien no se puede pensar nada mayor, sino que eres más grande de todo lo que se puede pensar. [...] si no fueras tal, se podría pensar algo más grande, pero esto es imposible».

Anselmo exigía la observancia de la regla, pero los monjes lo amaban por sus modales afables y en 1078, cuando murió el abad de Bec, insistieron para que fuera él quien tomara las riendas. A pesar de estar siempre muy ocupado, el santo nunca descuidó el recogimiento espiritual, llegando incluso a velar durante la noche. Toda su vida religiosa, incluida la actividad intelectual, estuvo orientada a «elevar la mente a la contemplación de Dios». Como escribió Juan Pablo II en su Fides et Ratio, «san Anselmo acentúa el hecho de que el intelecto debe ir en búsqueda de lo que ama: cuanto más ama, más desea conocer. Quien vive para la verdad tiende hacia una forma de conocimiento que se inflama cada vez más de amor por lo que conoce», donde este amor y esta verdad se encuentran claramente en Dios. Para el ascenso de su alma Anselmo fue ayudado por la tierna devoción a Nuestra Señora: «María, mi corazón quiere amarte, mi lengua anhela alabarte».

En 1093, cuando su fama ya se había extendido por toda Europa, fue elegido arzobispo de Canterbury. Era la época de la lucha por las investiduras y Anselmo, cual firme defensor de la libertad de la Iglesia, se enfrentó primero con el rey Guillermo el Rojo y después con Enrique I: prefirió el exilio dos veces antes que ceder a la interferencia de los soberanos. Después de largas negociaciones, en 1107 pudo regresar definitivamente a Canterbury. En su última fase terrenal, continuó la labor de reforma moral del clero. Ya incapacitado para caminar, se hacía llevar a la iglesia todos los días para la Misa. Murió el 21 de abril de 1109, Miércoles Santo, cuando el Evangelio del día llamaba a la memoria su sueño de infancia: «Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo preparo para vosotros el reino como me lo preparó mi Padre a mí, de forma que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino […]» (Lc 22, 28-30).

Más información en:

Catequesis de Benedicto XVI sobre San Anselmo (Audiencia general del 23 de septiembre de 2009)

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