Santo Tomás de Aquino

“Aunque la verdad de la fe cristiana exceda la capacidad de la razón humana, no por eso las verdades racionales son contrarias a las verdades de fe”, enseñaba Santo Tomás de Aquino (1225-1274), el Doctor Angelicus como le llamaron sus contemporáneos

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“Aunque la verdad de la fe cristiana exceda la capacidad de la razón humana, no por eso las verdades racionales son contrarias a las verdades de fe”, enseñaba santo Tomás de Aquino (1225-1274), el Doctor Angelicus como le llamaron sus contemporáneos, el ejemplo más alto de la confianza que la Escolástica medieval ponía en la razón humana, que junto con la fe es don de Dios y por eso la una no puede contradecir a la otra. Su vastísima obra filosófica y teológica contiene gran parte de los fundamentos de la fe católica, y de lo que se ha dicho se comprende por qué Tomás sea, después de san Agustín, el escritor eclesiástico más citado en el Catecismo. En 1567 fue proclamado Doctor de la Iglesia por san Pío V, que dispuso la enseñanza de su Summa Theologiae en las universidades, sin olvidar que también el Concilio Vaticano II ha recomendado el estudio de su pensamiento en dos documentos, de los cuales uno sobre la formación de los sacerdotes, llamados a profundizar los misterios de la salvación “teniendo a santo Tomás por maestro”.

Tomás nació en el actual territorio de Roccasecca (en el Lacio) de los condes de Aquino, que a los cinco años le enviaron al monasterio de Montecassino, donde fue educado durante algún tiempo antes de ir a Nápoles por la vicisitudes relacionadas con el monasterio. En la ciudad campana frecuentó la universidad y conoció a los dominicos, que le impresionaron mucho. Entró así en la nueva Orden mendicante y en 1244 vistió el hábito, suscitando la reacción de los familiares que para hacer que desistiera llegaron a segregarlo en el castillo familiar, hasta que Tomás, firme en su decisión, fue libre (sobre el cómo hay varias versiones) de seguir el camino iniciado.

Una etapa decisiva en su formación fue la estancia en Colonia, donde en 1248 los dominicos habían creado un Estudio teológico bajo la dirección de Alberto Magno, el cual profetizará su grandeza. El joven Tomás asimiló las enseñanzas del maestro enfocadas en la armonía entre la ciencia y la fe. En la escuela de Alberto inició el estudio exhaustivo del pensamiento de Aristóteles, al que algunos se oponían por la interpretación que difundían los averroístas, y durante los siguientes años se convirtió en su comentarista más importante (un dominico le ayudó a traducir los textos directamente del griego), distinguiendo entre lo que era contrario a la razón y lo que, al contrario, el gran filósofo precristiano había enseñado correctamente. De este acuerdo entre una recta filosofía y la fe, Tomás comprendió que “la filosofía elaborada sin conocimiento de Cristo casi esperaba la luz de Jesús para ser completa”, como ha explicado Benedicto XVI en una catequesis sobre el santo.

Con apenas 27 años, por recomendación de Alberto, fue elegido como bachiller en la universidad de París, donde comenzó a enseñar y conoció a Raimundo de Peñafort, ya Maestro general de los dominicos, que le invitó a escribir una obra teológica para ayudar a los misioneros, hoy conocida como Summa contra Gentiles. La completó en 1264 (es decir, cinco años después de su primera vuelta a Italia), cuando Tomás recibió otro encargo importante: Urbano IV le pidió que compusiera el oficio para la solemnidad del Corpus Christi, instituida en toda la Iglesia después del milagro eucarístico de Bolsena. Nacieron así los espléndidos himnos eucarísticos cantados todavía hoy, entre los cuales el célebre Pange lingua y el Adoro Te devote. Y todavía hoy se conserva el crucifijo de madera ante el cual se postraba y que un día, cuenta la tradición, le habló: “Tomás, has escrito bien de mí. ¿Qué recompensa quieres?”. Y él respondió: “Nada más que a ti, Señor”.

En 1265 inició a escribir la Summa Theologiae, un monumental tratado de teología, metafísica y moral, en el que Tomás - partiendo de la Sagrada Escritura, de los Padres de la Iglesia y de las obras de otros autores de la antigüedad - habla de Dios, el misterio de la Trinidad, la jerarquía angélica, la creación, el pecado y el mal, la necesidad de observar la ley natural que es emanación de la ley eterna, la relación entre naturaleza humana y Gracia, y tantas otras cuestiones afrontados con un método deductivo. Dejó de trabajar en ella ocho años más tarde, dejando incompleta su tercera parte. La decisión improvisa maduró después de la Misa que Tomás celebró el 6 de diciembre de 1273. Sólo algunos días más tarde confió a Reginaldo de Piperno, su amigo y confesor, el porqué había abandonado la escritura: “No puedo más. Todo lo que he escrito me parece paja en comparación con lo que he visto”.

Tres meses después de esa Misa, Tomás volvió a la casa de Quien se le había manifestado. La profundidad de su teología no se puede explicar sin el amor por Dios, alimentado ante el sagrario y en la oración. Como esta que escribió él mismo: “Concédeme, te ruego, una voluntad que te busque, una sabiduría que te encuentre, una vida que te agrade, una perseverancia que te espere con confianza y una confianza que al final llegue a poseerte”.

Patrón de: teólogos, académicos, libreros, estudiantes

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