Exaltación de la Santa Cruz

Desde Oriente, donde es celebrada con una solemnidad equivalente a la Pascua, la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz llegó a Occidente

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La fecha de esta fiesta tiene su origen en la dedicación e inauguración, entre el 13 y el 14 de septiembre del año 335, de las dos iglesias del Martyrion y del Anastasis (Resurrección), que componían la basílica constantiniana del Santo Sepulcro, surgidas en el Calvario por impulso de  santa Elena. La tradición atribuye precisamente a la madre de Constantino el mérito de haber encontrado, pocos años antes, la Vera Cruz.

Las reliquias de la Vera Cruz estaban esparcidas por toda la cristiandad desde la época de las Catequesis (348-350) de san Cirilo de Jerusalén. En el año 614 se convirtió en botín de guerra de los persas. Pero en el 628 fue recuperada gracias a la victoria del emperador Heraclio, que a su regreso a Constantinopla celebró el triunfo el 14 de septiembre de ese año y restituyó después la reliquia al Santo Sepulcro. 

Desde Oriente, donde es celebrada con una solemnidad equivalente a la Pascua, la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz llegó a Occidente y, en particular, a Roma, donde hay testimonios de esta fiesta ya antes del final del siglo VII.

La fiesta de hoy, ya en su denominación, nos ayuda a recordar que la eternidad y la salvación del género humano pasan por la cruz, a través de la cual Nuestro Señor derrotó al pecado y la muerte, en contra de las expectativas del mundo. «¡Saludos, oh cruz, única esperanza!», canta la Iglesia en la liturgia, siguiendo la enseñanza dejada por Jesús en su apostolado terrenal, antes de vivir los dolores de la Pasión: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará» (Mt 16, 24-25). No puede existir, por tanto, cristianismo sin cruz, que es la premisa de la Resurrección y ha hecho descubrir a los fieles de cada época el sentido del sufrimiento en la tierra: «Este - se lee en el Catequismo - nos configura con Él y nos une a su pasión redentora» (CIC 1505).

San Andrés de Creta explicaba que la cruz «es, a la vez, patíbulo y trofeo de Dios. Patíbulo por su voluntaria muerte en ella. Trofeo porque con ella fue vencido el diablo y con el diablo fue vencida la muerte. Además, la potencia del infierno fue quebrantada y así la cruz se convirtió...». He aquí porque Jesús, antes de ser crucificado, anunciando Su glorificación a través de Su sacrificio, dijo: «Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32).

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