Santa Julia Billiart por Ermes Dovico
LA DIFERENCIA

En tiempos oscuros, la verdadera Esperanza se escribe con mayúscula

Hay quienes confían en tal o cual líder y quienes lo hacen en un improbable katéchon para derrotar la podredumbre que arrasa el mundo y que ni siquiera perdona a la Iglesia. Ante la próxima catástrofe corren a refugiarse, olvidando que la salida de cualquier crisis no está en los poderes humanos, sino en las promesas de Cristo.

Ecclesia 08_04_2026 Italiano

Vivimos tiempos interesantes: guerras por todas partes, pandemias gestionadas de forma extraña, la Iglesia que parece haber olvidado su misión… Todo esto nos preocupa y nos asusta: ¿qué otra catástrofe nos espera, y cuándo? ¿Cómo podemos prepararnos para afrontarla y superarla? ¿Cómo podemos tener un atisbo de esperanza?

¿Qué es la esperanza? Tener confianza en que el día de mañana las cosas irán mejor: que cesen las guerras, que la vida (también la económica) vuelva a ser tranquila, que los malos se vean en condiciones de no hacer más daño. ¿Qué no daríamos por un atisbo de esperanza, por poder creer que llegará un mesías para salvarnos, para castigar a los pecadores, para consolar a los afligidos?

Probablemente muchos, en tiempos de Jesús, albergaban la misma esperanza: oprimidos, acosados, atormentados económicamente y privados de libertad, esperaban con ansia al mesías. ¿Será quizá éste? ¿O será aquel otro? Pero estaban seguros de que un mesías llegaría, liberaría y redimiría al pueblo, y traería consigo un periodo de paz y prosperidad. Lo necesitaban, al igual que necesitaban un poco de esperanza.

Hoy veo el mismo fenómeno. ¿Será quizá Trump el mesías que meterá en la cárcel a todos los políticos corruptos y perversos? ¿Traerá libertad y prosperidad? ¿Son las guerras que está iniciando —algunas de las cuales parecen completamente absurdas— quizá una parte dolorosa y necesaria de un gran plan providencial, demasiado grande y refinado para comprenderlo, para salvar al planeta del miedo y la pobreza? ¿Quizás Putin, que derrotará a un Occidente podrido y corrupto hasta la médula? ¿Y si fuera algún partido o coalición política italiana? ¿O será un katéchon refinado e implacable, ideado por el Papa Benedicto XVI, para sacar a la luz a los enemigos de la Iglesia infiltrados en su seno?

En cualquier caso, mejor estar preparados para el gran cambio que nos espera: antes de la luz nos espera la oscuridad del túnel, un periodo de angustia y tribulación. Así que mejor recurrir al prepping: acumular sal y jabón, preparar velas, paneles solares y generadores diésel.

Lo he escrito y lo repito: todo es comprensible. Estamos en un periodo de crisis y angustia, con una Unión Europea que se hunde arrastrándonos con ella; un Occidente que revela cada vez más su verdadero rostro feroz que, al menos en las décadas anteriores, se preocupaba por ocultar por decencia; una Iglesia en la que muchos católicos ya no pueden confiar. Es comprensible alimentar la esperanza de que esta realidad oscura cambie y se abra hacia un futuro mejor. Solo tengo la duda de que esta actitud traerá decepciones aún más amargas y dramáticas, una desesperación aún más feroz y profunda.

Volvamos a los tiempos de Jesús. Muchos esperaban un mesías, como hemos dicho; pero un mesías terrenal, que traería autonomía administrativa, alivio económico y un poco de libertad. Quizás incluso Judas estaba entre ellos. Judas, que, herido por haber depositado estas esperanzas en Jesús, probablemente se sintió traicionado, engañado; que, probablemente, volcó su odio no hacia sí mismo, hacia su propia ingenuidad y sencillez, sino hacia el propio Jesús. Y lo castigó, desdichado. Y lo mismo hicieron los judíos, que en pocos días pasaron del hosanna al crucifícalo.

Porque no tuvieron como mesías a un Trump, a un Putin, a un katéchon; sino a un verdadero Mesías, humilde y pobre. Traicionado, vendido, juzgado y condenado injustamente; encarcelado, torturado, humillado, ridiculizado; finalmente crucificado como el último y más innoble de los malhechores. Él, el único hombre en la tierra que nunca cometió un pecado, que solo tuvo amor para todos. Decepcionó la esperanza, pero dio Esperanza. No la esperanza de que las cosas fueran un poco mejor; sino la Esperanza de vivir eternamente en el Paraíso y de ver a Dios. El Mesías que necesitábamos, pero que no merecemos.

De nuevo podemos establecer un paralelismo con la época actual. ¿El Mesías? Ya ha llegado, ya estamos salvados. ¿La Esperanza? Esa con mayúscula, la virtud teologal, no consiste en creer que las cosas vayan mejor, que llegue un mesías (en minúscula) para detener a los malos. ¿En qué consiste la virtud de la Esperanza? Leamos el Catecismo: “La esperanza es la virtud teologal por la cual deseamos el reino de los cielos y la vida eterna como nuestra felicidad, depositando nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo” (§ 1817). Repitamos: la virtud teologal de la Esperanza no consiste en creer que “todo irá bien” o “saldremos mejorados”: consiste en creer que iremos al Paraíso.

¿Y el prepping? ¿Existe un prepping católico? Por supuesto: “Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las acechanzas del Diablo. Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas. Tomad, pues, la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneros firmes. ¡En pie!, pues, ceñida vuestra cintura con la Verdad y revestidos de la Justicia como coraza, calzados los pies con el Celo por el Evangelio de la paz, siempre en la mano el escudo de la Fe, para que podáis apagar con él todos los dardos encendidos del Maligno. Tomad también el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios. Orad además sin cesar con toda clase de oraciones y súplicas en el Espíritu, velando para ello con toda perseverancia y orando por todos los santos” (Ef 6,11-18).

Por lo demás, el mismo Mesías ya nos ha instruido: “No temáis a los que matan el cuerpo y después no pueden hacer nada más” (Lc 12,4; Mt 10,28); “Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora” (Mt 25,13). Que la santa Pascua nos traiga un poco más de confianza en el verdadero Mesías y nos aleje de los falsos.