El Papa denuncia ante el cuerpo diplomático la deriva orwelliana de la política actual
León XIV no se ha andado con rodeos ante los embajadores en la tradicional reunión de principios de año. Los puntos centrales han sido la defensa de la vida, la familia y la libertad religiosa, pero también crítica a los “llamados nuevos derechos” y a un lenguaje tan inclusivo que excluye a quienes no se ajustan a las ideologías.
“La ciudad de Dios” y la visión de san Agustín sobre el mundo del siglo V son el punto de partida de León XIV para su panorama de la situación internacional en el tradicional discurso al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede. Un discurso que ha pronunciado en inglés con una breve parte en italiano.
El Papa saca a relucir temas y palabras a los que el mundo de lo políticamente correcto es alérgico. La Iglesia y el Estado no son antagónicos, y la correcta interpretación de la idea agustiniana de la ciudad de Dios y la ciudad terrenal lo demuestra. El santo de Hipona propone en su famosa obra unas advertencias que, según Prevost, siguen siendo válidas para la vida política: las “falsas representaciones de la historia”, el “nacionalismo excesivo” y la “distorsión del ideal del estadista”. El Papa lamenta la “debilidad del multilateralismo”, un punto de vista coherente con la política exterior tradicional de la Santa Sede. “La diplomacia que promueve el diálogo y busca el consenso –observa León- entre todas las partes está siendo sustituida por una diplomacia basada en la fuerza, ya sea por parte de individuos o de grupos de aliados.”. Esto ocurre en un contexto en el que “la guerra vuelve a estar de moda y el entusiasmo bélico se extiende”, ya que “se ha roto el principio establecido tras la Segunda Guerra Mundial, que prohibía a los países utilizar la fuerza para violar las fronteras ajenas”.
Sin embargo, a esta parte “diplomática” ha seguido una reflexión probablemente menos agradable para muchos gobiernos y organismos internacionales. Prevost, de hecho, se ha dirigido con especial énfasis a las Naciones Unidas, que no solo deben esforzarse por reflejar “la situación del mundo actual y no la de la posguerra”, sino que las anima a hacer que estos esfuerzos sean más orientados y eficaces en la “persecución no de ideologías, sino de políticas orientadas a la unidad de la familia de los pueblos”. Ideología es una palabra que se repite a menudo en el texto pronunciado ayer, como cuando el Papa ha criticado a Occidente por la reducción de “el espacio para la verdadera libertad de expresión. Al mismo tiempo, se está desarrollando un nuevo lenguaje al estilo orwelliano que, en un intento por ser cada vez más inclusivo, acaba excluyendo a quienes no se ajustan a las ideologías que lo alimentan.”.
León XIV ha planteado el problema de la libertad de conciencia amenazada. A este respecto, el Papa defiende la objeción de conciencia que “permite al individuo rechazar obligaciones de naturaleza legal o profesional que entren en conflicto con principios morales, éticos o religiosos profundamente arraigados en sus vidas personales”. El Papa cita los casos de “la negativa al servicio militar en nombre de la no violencia” y de “la negativa a prácticas como el aborto o la eutanasia por parte de médicos y profesionales sanitarios”. Contra la tendencia a criminalizarla, Prevost ha dicho que “la objeción de conciencia no es una rebelión, sino un acto de fidelidad a uno mismo” y que “en este momento de la historia, la libertad de conciencia parece ser cada vez más cuestionada por los Estados, incluso por aquellos que dicen basarse en la democracia y los derechos humanos”.
Entre los derechos fundamentales amenazados en la actualidad, el discurso del Papa cita la libertad religiosa, definida por Benedicto XVI como el primero de los derechos humanos. Prevost se ha referido a todas las comunidades religiosas, pero también ha precisado que “no se puede pasar por alto que la persecución de los cristianos sigue siendo una de las crisis de derechos humanos más extendidas en la actualidad, que afecta a más de 380 millones de creyentes en todo el mundo, que sufren niveles elevados o extremos de discriminación, violencia y opresión debido a su fe”. En 2025, la situación ha empeorado, recuerda el Pontífice, “debido a los conflictos en curso, los regímenes autoritarios y el extremismo religioso”. En este momento ha tenido un recuerdo para las “las numerosas víctimas de la violencia, incluida la violencia por motivos religiosos en Bangladesh, en la región del Sahel y en Nigeria, así como a las víctimas del grave atentado terrorista perpetrado el pasado mes de junio contra la parroquia de San Elías, en Damasco, sin olvidar tampoco a las víctimas de la violencia yihadista en Cabo Delgado, Mozambique”.
De este modo, ha reconocido la connotación religiosa de las persecuciones y asesinatos que se registran contra los cristianos en esas regiones.
Sin embargo, el Pontífice no ha callado la “una forma sutil de discriminación religiosa contra los cristianos, que se está extendiendo incluso en países donde son mayoría, como en Europa o América. Allí, a veces se les restringe su capacidad de proclamar las verdades del Evangelio por razones políticas o ideológicas, especialmente cuando defienden la dignidad de los más débiles, los no nacidos, los refugiados y los migrantes, o promueven la familia”.
Además de los migrantes, los refugiados y los presos, el discurso del Papa se ha centrado en la familia y los no nacidos. “La vocación al amor y a la vida, que se manifiesta de manera importante en la unión exclusiva e indisoluble entre una mujer y un hombre, implica un imperativo ético fundamental para que las familias puedan acoger y cuidar plenamente la vida por nacer –observa Prevost-. Esto es cada vez más una prioridad, especialmente en aquellos países que están experimentando un dramático descenso de la natalidad”.
Un Papa provida que ha precisado que “la visión de la vida como un don que hay que cuidar y de la familia como su guardiana responsable impone el rechazo categórico de las prácticas que niegan o instrumentalizan el origen de la vida y su desarrollo”. “Entre ellas —ha señalado— se encuentra el aborto, que interrumpe una vida naciente y niega la acogida del don de la vida”. Por esta razón, el Papa ha reiterado la posición de la Santa Sede, que “expresa su profunda preocupación por los proyectos destinados a financiar la movilidad transfronteriza con el fin de acceder al llamado ‘derecho al aborto seguro’. Asimismo, considera deplorable que se asignen recursos públicos para suprimir la vida, en lugar de invertirlos en apoyar a las madres y las familias”. En este sentido, en nombre de la protección de todo niño por nacer y del apoyo efectivo a la mujer, Prevost también ha condenado la gestación subrogada, diciendo que transforma “Al convertir la gestación en un servicio negociable, se viola la dignidad de ambos, tanto del niño, que queda reducido a un ‘producto’, como de la madre, al explotar su cuerpo y el proceso generativo y alterar la vocación relacional original de la familia”. También ha condenado la eutanasia, considerada una forma de “compasión ilusoria”.
El Papa ha repetido que “la protección del derecho a la vida constituye el fundamento imprescindible de cualquier otro derecho humano” y, por lo tanto, “una sociedad solo está sana y desarrollada cuando protege la sacralidad de la vida humana y se esfuerza activamente por promoverla”. Un pasaje aún más indigesto para muchos es aquel en el que León ha lamentado “un verdadero ‘cortocircuito’ de los derechos humanos” en el que “el derecho a la libertad de expresión, a la libertad de conciencia, a la libertad religiosa e incluso a la vida, sufren limitaciones en nombre de otros supuestos nuevos derechos”.
Al referirse a las situaciones de crisis internacional actuales, el Papa ha recordado Ucrania, Tierra Santa, Haití, Myanmar y Venezuela con su “llamamiento a respetar la voluntad del pueblo venezolano”. El discurso ha reafirmado las posiciones de siempre de la Iglesia católica y la política de la Santa Sede en defensa de la paz y la Verdad.
