El camino del cáliz
El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor (Mt 20,26)
En aquel tiempo, subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino:
«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará».
Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición.
Él le preguntó:
«¿Qué deseas?».
Ella contestó:
«Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».
Pero Jesús replicó:
«No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?».
Contestaron:
«Podemos».
Él les dijo:
«Mi cáliz lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre».
Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra los dos hermanos. Y llamándolos, Jesús les dijo:
«Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.
Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos».
(San Mateo 20, 17-28)
En el camino hacia Jerusalén, Jesús anuncia la cruz mientras los discípulos sueñan con honores. El contraste es claro: a la lógica del poder, Él opone la del don. El «cáliz» es el sufrimiento aceptado por amor. La verdadera grandeza no es dominar, sino servir; no retener la vida, sino ofrecerla. Solo así la cruz se convierte en camino de resurrección. ¿Qué lugar buscas concretamente en tu vida cotidiana: el del honor o el del servicio? ¿Estás dispuesto a beber el cáliz amargo de cada día para amar verdaderamente a tu prójimo?
