San Anselmo de Aosta por Ermes Dovico
REPORTAJE

Entre los escombros de Dahiyeh, el barrio periférico del sur de Beirut destruido por los israelíes

La periferia sur de Beirut, la dahyie, una zona de la capital libanesa que hoy en día es mayoritariamente chiíta, ha sufrido la mayor parte de los bombardeos israelíes durante el último mes de conflicto. Hacemos un recorrido entre sus escombros en este momento de tregua para observar de cerca el verdadero precio de la guerra.

Internacional 21_04_2026

Pocos días después del anuncio del alto el fuego entre el Líbano e Israel, el ejército del País de los Cedros ha vuelto a abrir las fronteras de la dahyie, la periferia sur de la capital, que desde finales de los años ochenta se ha convertido en el bastión de Hezbolá. Compuesta por una red de barrios al norte del aeropuerto Rafik Hariri —entre los que se encuentran Hadath, Haret Hreik, Leilaki, Chiah, Hay el Salloum, Bourj el Barajneh y Ousai—, esta zona densamente poblada ha sufrido intensos bombardeos durante el último mes y medio de agresión israelí. Según las autoridades, a raíz de los repetidos ataques aéreos y de las órdenes de evacuación de las FDI, unas cuatrocientas mil personas han abandonado sus hogares en la dahyie. Además, por el momento resulta difícil cuantificar el número de víctimas.

A primera hora de la mañana salimos del este de Beirut hacia la periferia sur: queremos comprobar la magnitud de los daños. A medida que nos acercamos a nuestro destino, nos encontramos con un número cada vez mayor de tiendas de campaña posicionadas en las aceras: son los desplazados que han decidido quedarse en Beirut. Un bar al aire libre ha colocado sillas de plástico a lo largo de cien metros para acoger a quienes duermen en el coche y desean el consuelo de un café caliente y una pipa de agua. Al pasar por el barrio de Ghobeiry, en los límites de la dahyie, entramos a pie en el barrio de Haret Hreik por una calle transversal de la autopista que conduce al aeropuerto. A ambos lados de la calle, por la que circulan solo algunos coches y alguna moto, vemos montones de escombros que se alternan con edificios que aún se mantienen en pie.

A los pocos pasos nos encontramos con los primeros centinelas de Hezbolá, de guardia frente a un edificio dañado: nos identificamos y pedimos permiso para hacer algunas fotos. Mientras se cumplen los trámites obligatorios en estos casos —control de pasaporte, control de la tarjeta de prensa, control de la cámara fotográfica—, echamos un vistazo a nuestro alrededor. Al parecer, la planta baja de un edificio semidestruido albergaba una guardería: se ven juguetes, sillas y mesas de colores a medida de los niños, que ya no quedan ocultos tras la fachada, sino que están en la acera hechos pedazos. Del edificio contiguo, menos dañado, salen dos ancianos con bolsas llenas de enseres que han recuperado de su apartamento. Al otro lado de la calle una bombona de gas intacta asoma en el aire, encajada en lo que queda de un muro: ha sobrevivido a la explosión, qué triste ironía. Ante nosotros pasa un grupo de niños maltrechos, y uno de los hombres que nos retiene los ahuyenta con malas palabras. Le preguntamos quiénes son y por qué se ha ensañado así con ellos. “Son ladrones”, se justifica. “Los mandan a hurgar entre los escombros y a recuperar objetos de valor”. Vemos la caja vacía de un Rolex entre los escombros e suponemos que los ladrones ya han pasado por allí antes. “Oh, no, eso es una falsificación”, rebate nuestro interlocutor. Recoge la caja, la abre y nos explica por qué no puede contener un Rolex auténtico. Todo es increíblemente surrealista.

Mientras tanto, nuestros documentos han pasado por varias manos y finalmente nos dan la respuesta, que es negativa: no tenemos permiso para fotografiar allí. Sin embargo, el experto en relojes que resulta ser un soldado del ejército libanés, añade amablemente que, si lo deseamos, podemos participar en una “visita guiada” para la prensa organizada por Hezbolá en los alrededores de la iglesia maronita de Mar Mkayel, a un par de kilómetros de distancia. No nos lo tienen que repetir dos veces: al comprobar que no tenemos coche, nuestro guía para un taxi y le ordena que nos lleve. El taxista no parece nada contento de haber aceptado el servicio, es más, parece bastante nervioso; así que le preguntamos si no simpatiza con la milicia chií. “¡Para nada!”, nos responde. Es suní, viene de la región de Akkar, en el norte del país, y se ha desplazado hasta la dahyie porque tiene que ganarse la vida. “¡Hezbolá no ama el Líbano!” —se desahoga—. “Verán que tras los diez días de tregua no volverá la guerra de antes, sino una mucho, mucho peor”.

Mar Mkayel, construida en la primera mitad del siglo XIX, es una de las numerosas iglesias que se encuentran en el territorio de la dahyie, testigos silenciosos del pasado de la zona, donde se asientan pueblos agrícolas de mayoría cristiana. El expresidente de la República Michel Aoun, maronita, nació por esta zona. Actualmente, la periferia sur es mayoritariamente chiíta, con minorías cristiana y suní, también debido a la presencia de refugiados sirios y palestinos. La iglesia de Mar Mkayel fue escenario de violentos combates durante la guerra civil que asoló el Líbano entre 1975 y 1990, cuando se encontraba en la línea de demarcación entre las partes beligerantes. A pesar de los daños sufridos, fue reconstruida y domina el barrio con cierta imponencia. El taxista nos deja donde se le ha indicado; nos encontramos con varios periodistas que, acompañados por ángeles de la guarda vestidos de negro, avanzan entre las ruinas. Nos unimos a dos amables colegas y por fin comenzamos nuestro recorrido. Lo que vemos nos recuerda los daños de un terremoto: edificios derrumbados, cristales rotos apartados a las aceras para despejar la calle, coches destrozados. Aquí también vemos a gente que entra por las puertas de los edificios aún intactos y sale con bolsas llenas. Y aquí también percibimos lo absurdo de la guerra: un sofá debería adornar un salón, no un montón de escombros. El letrero de una cafetería no debería estar entre la basura. Un zapato debería calzar un pie. Y en cambio...

 

A pesar de todo, la vida sigue. Sobre un montón de escombros se ha colocado un cartel en el que, sobre fondo amarillo, se lee en verde: “Aunque se derrumbe la montaña, nosotros seguiremos en pie”. Un lado de la carretera que lleva a Mar Mkayel está completamente destruido: al principio y al final del enorme montón de escombros alguien ha plantado dos banderas, la libanesa y la amarilla de Hezbolá, como para señalar con orgullo su identidad a pesar del golpe sufrido. Naim Qassem, veterano líder de Hezbolá, ha anunciado en un comunicado reciente que la milicia chií está dispuesta a “cooperar con las autoridades libanesas para un nuevo capítulo” que reafirme la soberanía del país en un marco de unidad, concordia y uso de todos los medios y estrategias disponibles para garantizar la seguridad nacional. Qassem ha propuesto cinco puntos sin los cuales las “negociaciones de paz” entre el Líbano e Israel serán inútiles: cese definitivo de los ataques al territorio libanés por aire, tierra y mar; retirada del ejército israelí de los territorios que ha ocupado y de las fronteras; liberación de los prisioneros; regreso de los desplazados a sus pueblos, hasta la frontera; reconstrucción del país con apoyo internacional y supervisión libanesa. Que el Estado judío acepte o siquiera considere propuestas similares es tan poco realista como el grito de victoria que la milicia chiíta lanzó cuando se anunció la tregua.