Líbano: ha llegado el alto el fuego, una nueva misión inconclusa de Netanyahu
Alto el fuego en el Líbano. Las operaciones israelíes se suspenden durante diez días. Trump se dispone a recibir en la Casa Blanca al jefe de Estado libanés y al primer ministro israelí. Sobre Netanyahu se ciernen nubes negras políticas: el Líbano, al igual que Irán y tras Gaza, supone otra guerra sangrienta concluida sin resultados decisivos. Los opositores afilan las armas.
En pocas horas, primero el rechazo a la negociación por parte del presidente libanés Joseph Aoun, luego el giro: el Líbano e Israel han acordado un alto el fuego a partir de las 23:00 de ayer (hora española del 16 de abril). Así lo ha anunciado el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en una publicación en la red social Truth, especificando que había hablado tanto con el jefe de Estado libanés como con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y que quería invitarlos a ambos a la Casa Blanca para mantener “conversaciones significativas” entre los dos países. El inquilino de la Casa Blanca no ha mencionado a Hezbolá. Poco después, Netanyahu ha confirmado que había aceptado el alto el fuego de diez días.
Netanyahu parece hoy más conciliador, obligado a intentar poner fin a otra guerra sin haberla ganado. A pesar de las grandilocuentes declaraciones, no se vislumbra ningún giro estratégico, sino solo una frágil tregua plagada de promesas. Netanyahu, mientras pedía iniciar conversaciones de paz durante una reciente visita a las tropas en el sur del Líbano, ha declarado con gran énfasis: “No daremos marcha atrás ante las amenazas, nuestras operaciones continuarán mientras sea necesario para proteger a los ciudadanos israelíes”.
Pero tras las declaraciones oficiales afloran valoraciones cada vez más escépticas. De hecho, en los círculos del Gabinete de Seguridad israelí se considera improbable que los combates puedan prolongarse hasta alcanzar los objetivos fijados por el primer ministro israelí. El panorama que se perfila es el de un posible giro impuesto desde el exterior. Y la Casa Blanca basa su narrativa en dos pilares: el supuesto cese del enriquecimiento de uranio por parte de Irán y la reapertura del estrecho de Ormuz. Pero ambos pilares se están resquebranjando. No hay señales concretas de concesiones iraníes en materia nuclear; y en las futuras conversaciones, previstas en breve, Teherán podría pedir a cambio la revocación definitiva de las sanciones, con una afluencia de decenas de miles de millones de dólares. En cuanto a Ormuz, Irán apunta ahora a imponer peajes a los buques en tránsito, con ingresos potencialmente cuantiosos.
Teherán sale del conflicto afectado, pero no doblegado. Sus capacidades militares siguen siendo recuperables, sobre todo con la llegada de nuevos recursos económicos. A pesar de los bombardeos, Irán mantiene la capacidad de atacar a Israel y a los países árabes, y sigue ejerciendo presión sobre el tráfico marítimo mundial. También las milicias aliadas, aunque debilitadas, siguen operativas. Pero la factura podría llegar pronto para Netanyahu. En seis meses están previstas las elecciones y la opinión pública israelí deberá evaluar la conclusión de otra guerra sin un resultado claro. El primer ministro sigue prometiendo que los objetivos se alcanzarán “con un acuerdo o con la reanudación de los combates”, pero la credibilidad de esta línea parece cada vez más débil.
El precedente de Gaza pesa y está a la vista de todo el mundo. Tras un alto el fuego mediado por Trump, Netanyahu había prometido el desarme de Hamás y la desmilitarización de la Franja. Objetivos que se han quedado en el papel: el movimiento islamista conserva el control de gran parte del territorio de la Franja y no muestra ninguna intención de deponer las armas. También en el Líbano, a pesar de los duros golpes infligidos, Hezbolá no ha sido derrotado; respaldado por Irán, sigue siendo capaz de amenazar el norte de Israel con misiles y drones. Las propias Fuerzas Armadas israelíes admiten que las operaciones terrestres no eliminarán definitivamente el peligro. En cuanto al dossier iraní, ahí se concentra el nudo central. Las operaciones militares del último año han producido resultados tácticos, pero no estratégicos. Ni siquiera el escenario ideal —una guerra librada junto a Estados Unidos— ha permitido a Netanyahu alcanzar el objetivo fundamental: reducir de forma definitiva la amenaza iraní o propiciar un cambio de régimen en Teherán.
Las previsiones de un inminente levantamiento popular no se han materializado. Y la referencia bíblica a las “diez plagas”, evocada por el primer ministro en vísperas de Pesaj, la Pascua judía, sigue siendo una metáfora inconclusa: a diferencia del relato del Éxodo, aquí no ha habido ningún desenlace definitivo. Israel ha golpeado duramente a sus adversarios, pero la victoria final sigue escapándosele. En su lugar, el Gobierno propone una estrategia de resultados parciales y conflictos intermitentes, con la posibilidad de volver a combatir en el futuro. Una opción que no se descarta en absoluto. Con las elecciones estadounidenses a la vuelta de la esquina, es difícil que Trump pueda permitirse reabrir un nuevo conflicto. Y tampoco es seguro que un posible sucesor en la Casa Blanca garantice el mismo nivel de apoyo militar.
En Israel la guerra ya no es solo una cuestión de seguridad: se ha convertido en un campo de batalla político interno. Y esta vez el frente más insidioso para Benjamin Netanyahu no está ni en Gaza ni en la frontera libanesa. Está en casa. Desde Tel Aviv hasta Jerusalén, miles de manifestantes vuelven a las calles con consignas que no dejan lugar a interpretaciones: “Basta de guerra, basta de promesas incumplidas, basta de liderazgo sin resultados”: así rezaban las pancartas expuestas el pasado sábado durante una manifestación en la capital. Por lo tanto, no se trata solo de disconformidad: es una desconfianza creciente y transversal. Familias de reservistas, exmilitares, estudiantes, trabajadores. Un mosaico que refleja un país cansado de luchar sin ganar. Las imágenes lo dicen todo: banderas israelíes ondeando junto a pancartas contra el Gobierno, cánticos que piden elecciones anticipadas, acusaciones directas a un ejecutivo percibido como incapaz de poner fin a los conflictos que desata. La palabra más recurrente es una sola: fracaso.
En el punto de mira está la estrategia de Netanyahu, acusado de arrastrar al país a una secuencia infinita de conflictos sin resultado. Gaza, Líbano, Irán: frentes diferentes, mismo resultado. Una lógica que muchos israelíes ya no aceptan. «No se puede vivir en guerra permanente», gritan los manifestantes. Y detrás de las protestas hay meses de movilización, una economía bajo presión, comunidades del sur y del norte aún expuestas a amenazas reales. La promesa de seguridad total se ha transformado en una percepción generalizada de inestabilidad crónica.
Y Netanyahu parece cada vez más aislado. Su discurso —el de la firmeza, la seguridad, la victoria inminente— cuesta mantener y que se le crea. El riesgo político es real. Con las elecciones en el horizonte, el descontento podría traducirse en un voto de castigo. Y para un líder que ha construido su imagen en torno a estos temas, ser percibido como incapaz de garantizar la victoria prometida supone un golpe directo a su legitimidad. Israel sigue siendo un país en guerra. Pero cada vez más israelíes comienzan a hacerse una pregunta: ¿por qué? Y sobre todo: ¿hasta cuándo?
