“La vacuna anticovid me provocó la ceguera: echo de menos el mar y el ejército me ha abandonado”
La Brújula Cotidiana entrevista a Remo Esposto, el militar que se quedó ciego tras la vacuna y al que el Estado tendrá que indemnizar: “Vivo en la cama, todo es imposible, mi madre es mis ojos”. Denuncia además el abandono por parte del ejercito: ”Me sorprendió porque me echaron sin ninguna humanidad”. Y reconoce que en la oración ha encontrado consuelo: “Solo la fe me ayuda. Y también Padre Pío, que un día me salvó la vida”.
“¿Qué echo de menos? Ver el mar”. Remo Esposto es un soldado de 28 años de San Severo que se quedó completamente ciego a los 24 años a causa de la vacuna Pfizer. La Brújula Cotidiana (La Nuova Bussola Quotidiana en su edición original en italiano) ha contado en los últimos días su historia y la indemnización que su abogado, Gianluca Ottaviano, ha conseguido obtener como víctima de la vacuna. Su vida depende completamente de los cuidados de su madre, Rosa. “Ella es mis ojos, me ayuda en todo y me acompaña a todas partes. Pero el mar no me lo puede contar, el mar hay que verlo, el mar del Gargano y los amaneceres en Mattinata, y eso es lo que echo terriblemente de menos”.
Remo ha decidido abrirse a la Brújula Cotidiana y contar su historia, la dramática historia de uno de los muchos damnificados por la vacuna contra la COVID-19 a los que el Estado les ha cerrado literalmente la puerta en las narices, primero ignorando su enfermedad y luego obligándoles a librar una penosa y agotadora batalla judicial para que se les reconozca una indemnización a la que, esperemos, pronto se sumará una compensación. Pero en el caso de Remo hay otra puerta que se le ha cerrado en las narices: la del Ejército italiano, al que había decidido dedicar su vida y que le ha dejado sin trabajo sin siquiera preguntarse cómo podría emplearlo en la situación actual.
¿Por qué creía usted en el Ejército?
Era mi vida. Antes de la vacuna, acababa de ganar el concurso para ser trasladado desde Treviso y había recibido un nuevo destino como operador de sistemas de armas. Era un sueño que por fin se hacía realidad, desde que era niño y veía a mi tío con el uniforme.
¿Y qué pasó?
A medida que se intensificaban las hospitalizaciones, yo estaba cada vez peor. Hasta que los médicos de San Giovanni Rotondo me dieron la noticia que temía: nunca iba a recuperar la vista.
Cuéntenos este calvario...
El 10 de septiembre de 2021 recibí la primera dosis de Pfizer. El día 16, después de la ceremonia de izada de bandera, me encuentro mal, me caigo al suelo y empiezo a vomitar a chorros. Me trasladan de la enfermería a Urgencias en Treviso. Me dan el alta con un diagnóstico de cefalea. Vuelvo al cuartel y me encuentro mal. El 30 de septiembre tengo un síncope reflejo. Pero después de esos episodios, parecía que había vuelto a la normalidad.
¿Y luego?
El 19 de octubre de 2021 me pongo la segunda dosis de Pfizer. Al día siguiente me despierto y veo doble, me asusto, contacto con todos los oftalmólogos de Treviso para una visita urgente. Por la noche, finalmente encuentro uno que me dice: “Corre inmediatamente al hospital, tienes un papiledema bilateral”.
¿Había estado alguna vez en el hospital?
Nunca había estado ingresado, nunca nada de nada. En el hospital me diagnosticaron una trombosis de los senos cerebrales junto con una neuropatía óptica bilateral. Permanecí ingresado hasta el 8 de noviembre, luego me enviaron a casa y el ejército me puso en convalecencia. Pero el 16 de diciembre mi vista empeoraba cada vez más, tenía dolores de cabeza muy fuertes y un zumbido continuo en los oídos. Me ingresaron en San Giovanni Rotondo, en la Casa Sollievo della Sofferenza, donde permanecí hasta el 24 de febrero del año siguiente. Me sometí a varias intervenciones, la patología también me había provocado hipertensión endocraneal, que me dañó el nervio óptico al aplastarlo.
¿Y fue allí donde comprendió que ya no volvería a ver con sus propios ojos?
Llegué caminando y viendo, y dos meses después salí en silla de ruedas completamente ciego.
¿Algún médico mencionó alguna vez la vacuna contra la COVID?
A regañadientes, nunca de forma explícita. Hubo un médico que, hablando con mis padres, dijo: “En 40 años nunca había visto algo así”. Pero ahora, tras el dictamen de la Comisión Médica Hospitalaria de Bari, la vacuna está claramente confirmada como la causa predominante.
¿Ha acudido a otras consultas?
Sí, y me lo han confirmado todo. He estado en Milán, en el Instituto Besta, que es un centro de excelencia en neurología. Y allí se dieron cuenta de que el sistema de desviación que tenía en la columna vertebral no funcionaba correctamente, drenaba poco. Me implantaron una válvula en los ventrículos cerebrales que me mantiene con vida, pero el cuadro ha permanecido inalterado.
¿Cómo es su día a día?
Necesito asistencia continua, mi madre me ayuda a hacer todo, es mi sombra. Tiene 50 años y ha dejado su trabajo para cuidarme. Mi padre, en cambio, es carpintero. Pero tengo problemas de equilibrio, así que paso la mayor parte del tiempo en la cama porque si estoy demasiado tiempo de pie, me aumenta el zumbido en los oídos.
¿Qué ve exactamente?
No veo nada con el ojo derecho. En el izquierdo me queda un porcentaje bajo de campo visual y solo veo dos décimas. En ese pequeño radio desde el que veo, es como mirar el mundo a través de la mirilla de una puerta: el contorno es todo negro, pero veo borroso y doble. En la práctica, ya no veo nada porque en el ojo izquierdo tengo todos los trastornos relacionados con el nervio óptico: diplopía, veo destellos, no distingo los colores, llevo siempre gafas de sol porque soy fotosensible, la luz se vuelve blanca y no percibo de dónde viene.
¿Y para realizar las acciones más elementales?
Cuando tengo que firmar algún documento, me ponen el bolígrafo en la mano y la mano sobre el papel en el lugar donde tengo que firmar. Todo lo demás se lo puede imaginar.
¿Podemos hablar de los momentos de desánimo?
Son permanentes, tenía una vida activa y ahora soy una carga para todo. Es una situación difícil de describir y muy penosa.
¿Ha vuelto al mar?
Sí, pero es muy frustrante, también porque no me resulta fácil moverme, como he dicho, me cuesta estar de pie porque me aumenta los acufenos, por lo que prácticamente tengo que estar siempre tumbado.
¿Y cómo intenta superar el desánimo?
Mis padres me dan mucha fuerza. Y también mi primo, que viene a visitarme casi todos los días.
¿Amigos?
Creía que los tenía.
¿Tiene novia?
Es un tema del que prefiero no hablar. Pero hay una cosa que me ayuda...
¿Qué?
La fe. Creo que la fe y la oración me están ayudando. Sin duda me ayudaron cuando estaba en Milán.
Cuéntenoslo.
Cuando estaba en San Giovanni Rotondo, mi madre salía del hospital y, al pasar junto al comedor, en lugar de oler la comida, sintió un fuerte aroma a incienso y rosas.
¡Padre Pío!
Fue su mano, estoy convencido.
¿Qué pasó?
Cuando me ingresaron en Milán, la presión intracraneal empezó a subir hasta tal punto que estaba entrando en coma, era una situación casi irreversible porque corría un grave riesgo de morir o, como mínimo, de dejar de caminar. En un momento dado, los valores empezaron a estabilizarse. Sentía frío a mi alrededor, los médicos se sorprendían de que pudiera seguir en pie.
¿Qué opina del Estado hoy en día?
Me ha sorprendido: me han tratado como a un número. El Ejército no se lo pensó dos veces antes de darme de baja.
Se trata, al fin y al cabo, de una patología grave...
Claro, pero he visto poca humanidad. Me han tratado como a uno más.
¿Es posible que no haya vías de inserción laboral para quienes se encuentran en su situación?
No lo sé, el caso es que de repente me encontré dado de baja. Adiós al uniforme.
¿Tiene miedo del futuro?
Sí, porque vivo con el temor de que este sistema que me han implantado deje de funcionar y pueda tener problemas graves. Si antes el cuerpo aguantaba, ahora no lo sé.
Ahora usted es oficialmente un discapacitado y nadie puede cuestionarlo, pero ¿sabe que todavía hay quienes niegan los efectos adversos de la vacuna?
Por desgracia, sí. De vez en cuando me leen los mensajes que escriben contra nosotros: “El paracetamol también hace daño”; o “No se puede estar seguro de que haya sido la vacuna”. Afortunadamente, no puedo leerlos, así me protejo y no me los cuentan (sonríe, nota del editor).
¿Le han dicho alguna vez que siempre podría haberse negado a vacunarse?
Sí, pero quien lo dice no entiende la vida militar. Yo fui uno de los últimos en vacunarme, solo le diré que quien no estaba vacunado no podía dormir en el cuartel y comía fuera del comedor con una lata de atún y un bocadillo. No se podía seguir así mucho tiempo, así que cedí.
Si fuera convocado por la Comisión Bicameral Covid, ¿qué diría?
Pediría que se investigara la mutación genética que me han detectado y que tiene gran parte de la población en Europa. Según los médicos, junto con la vacuna, es una de las causas del efecto adverso. Me pregunto qué habría pasado si realmente hubieran investigado bien antes de administrárnosla. Quizás no me habrían obligado a vacunarme.
¿Qué haría si, por milagro, pudiera volver a ver?
Correría al mar y por fin volvería a ver las olas romper contra las rocas.
