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Turquía, un gigante político con una economía tambaleante

Ejerce una influencia muy fuerte en los Balcanes; en el conflicto ucraniano es el único que puede desempeñar el rol de mediador; en África y Libia ya es un actor protagonista; por sí sola, afecta las políticas de apertura de la OTAN y ahora su apoyo a la enésima crisis en Siria corre el riesgo de irritar tanto a los EE. UU. como a Rusia. Pero la Turquía de Erdogan vive un momento de incertidumbre económica, mientras que es cada vez más dominante en el ámbito internacional.

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Turquía está contra la pared desde 2018, con una crisis económica que ha llevado la inflación anual al 73,5% y la lira turca a un mínimo histórico del 16,5% en el tipo de cambio con el dólar. Aunque en los últimos meses hay señales positivas como el aumento del PIB en el primer trimestre de 2022 de 7,3 por ciento, en comparación con el mismo período de 2021, impulsado por las crecientes exportaciones.

Las exportaciones parecen ser la carta en la que Recep Tayyp Erdogan punta para reactivar la economía turca, favorecida por los bajos costes laborales, por un intercambio monetario que reduce los costes de las mercancías turcas, pero también por una política internacional en la que Ankara juega un papel protagonista en varios tableros de ajedrez internacionales.

El axioma que dice el poder político y militar de una nación depende de su estatus económico parece ser desmentido por Turquía, que tiene un PIB igual a un tercio del italiano, pero juega un rol en el Mediterráneo de primer plano, mayor que Italia, y en muchas otras áreas y mercados.

Es muy fuerte la influencia política y comercial turca en los Balcanes, así como en las repúblicas asiáticas exsoviéticas, una vez parte del Imperio Otomano; pero también en el Medio Oriente, donde Ankara ha podido enmendar las relaciones con las monarquías del Golfo, yendo más allá de la relación privilegiada con Qatar.

En África, Ankara ha sido capaz de conquistar mercados y áreas de influencia, así como una penetración militar nada desdeñable, desde Libia hasta Somalia, casualmente antiguas colonias italianas.

Protagonista del conflicto civil libio junto a Trípoli, Turquía aprovechó las vacilaciones italianas para tomar partido contra el general Khalifa Haftar, para convertirse en una potencia hegemónica en el oeste libio, equilibrando el peso de Rusia y Egipto en Cirenaica.

La rivalidad con Moscú, desde Libia hasta el Cáucaso y Siria, se ha convertido en un acuerdo bilateral que, a pesar de los desacuerdos y malentendidos, ha llevado a Erdogan y Putin a gestionar la crisis líbica congelando el conflicto, estabilizando Siria al menos temporalmente y resolviendo la guerra en Nagorno-Karabaj entre armenios y azeríes.

La gestión conjunta de las crisis en las que el resto de las potencias, incluidas Europa y Estados Unidos han quedado efectivamente cercenadas, permitiendo a Ankara enfrentarse con dureza a Europa en expedientes espinosos como los flujos migratorios ilegales o los intereses marítimos y energéticos opuestos a los de Grecia y Chipre en el Mediterráneo Oriental.

Incluso en el conflicto que se prolonga desde hace 100 días en Ucrania, Turquía ha mostrado más capacidades diplomáticas, políticas y estratégicas que toda Europa, situándose como el único interlocutor creíble capaz de mediar.

Gran comprador de la producción agrícola rusa, Ankara se ha negado a imponer sanciones a Moscú y este verano será uno de los destinos (junto con Egipto) del turismo de masas ruso. Sin embargo, al mismo tiempo, Turquía es un importante proveedor de armas para Ucrania, vendidas no a bajo precio, como los drones armados Bayraktar TB2 que Kiev sigue encargando y pagando a la empresa turca Baykar.

Gracias a este balance, marcado por los negocios, Ankara casi había conseguido hacer despegar las negociaciones entre Moscú y Kiev, que seguramente incluían la retirada rusa de los alrededores de Kiev (ejecutada) y probablemente la retirada del ejército ucraniano del Donbass.

La base de negociación luego se desvaneció en la ola emocional de la controvertida masacre de Bucha.

Incluso hoy, cuando el mundo mira con preocupación el cese de las exportaciones de trigo ucraniano y ruso, al parloteo de la UE y Estados Unidos, el gobierno turco ha respondido con una iniciativa pragmática y eficaz que prevé la recuperación de los campos de minas establecidos por parte de los ucranianos para evitar que la flota rusa se acerque a la costa (y ya parcialmente eliminada por los rusos que han creado corredores marítimos seguros). Así como la escolta por parte de la Marina Turca desde Odessa y desde los puertos ucranianos en manos rusas de buques mercantes cargados de grano y dirigidos hacia los estrechos del Bósforo y los Dardanelos.

Por supuesto, Rusia parece querer capitalizar esta disponibilidad canjeándola por una reducción de las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos y Europa, pero también en este caso Turquía parece ser la nación mejor posicionada para tratar con Moscú.

Por tanto, Ankara está jugando un papel en el conflicto en Ucrania que Italia podría haber jugado si hubiera mantenido la fe en su papel tradicional como “puente” entre Occidente y Rusia, manteniéndose lejos de las sanciones, embargos y donaciones de armas a Kiev.

Ciertamente, no faltaron las fricciones entre rusos y turcos, comenzando con el derribo del bombardero ruso Sukhoi Su-24 por un caza turco F-16 en noviembre de 2015 en Siria. La crisis se superó entonces cuando fue la inteligencia rusa quien reveló a Erdogan sobre el Golpe de Estado que algunos militares habían organizado para derrocarlo, quizás con algún apoyo en Occidente, en el verano de 2016.

Posteriormente, las relaciones turco-rusas se cimentaron en torno a un eje que, de hecho, recompensó a ambos al permitir que las demás potencias quedaran excluidas del juego. Además, Erdogan debe gran parte de su autonomía estratégica a las relaciones con Moscú y desde Washington, lo que le permite impedir o retrasar el acceso a la Alianza Atlántica de Suecia y Finlandia en nombre de la seguridad y los intereses nacionales turcos.

Si la compra del sistema de defensa antiaérea ruso S-400 llevó a los Estados Unidos a sancionar a los turcos renunciando a venderles los cazas F-35, hoy la necesidad de tener luz verde también de Ankara para la entrada de los dos países escandinavos en la OTAN podría llevar a Washington a suavizar su actitud.

En los últimos días, la enésima crisis de Siria amenaza en cambio de acentuar las tensiones entre Moscú y Ankara. Erdogan ha anunciado que quiere golpear a los kurdos sirios en Manbij y Tal Rifat, en el norte de Siria (donde hoy los turcos aseguran haber matado a 9 milicianos kurdos) amenazando así con ampliar esa franja de territorio fronterizo ya ocupado desde hace años por las tropas turcas en diferentes sectores a partir del de Afrin. Para Ankara, las milicias kurdas de YPG, apoyadas por los estadounidenses bajo el nombre de Fuerzas Democráticas Sirias (SDF), son terroristas aliados del PKK (Partido de los Trabajadores Kurdos).

La zona de Tal Rifat es de reducidas dimensiones y ya está casi rodeada por los territorios controlados por Ankara, mientras que por el sur está cerrada por las tropas del presidente Assad apoyadas por Moscú. La situación es diferente en Manbij, un área más grande y sobre todo contigua a otros territorios sobre los que los kurdos aún mantienen el control, como la zona este del río Éufrates y la ciudad de Kobane que en 2015 se convirtió en un símbolo de resistencia contra el Estado Islámico.

Los bombardeos conjuntos que la artillería del gobierno sirio y kurdo llevaron a cabo contra las posiciones de los rebeldes yihadistas respaldados por Ankara cerca de al-Bab al este de Alepo también contribuyen a las tensiones. Por una vez, Rusia y Estados Unidos coinciden en que una nueva operación militar turca en territorio sirio es peligrosa y fuera de lugar.

El secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, dijo que se opondrían a una operación que “socavaría la estabilidad regional y pondría en peligro a las fuerzas estadounidenses”, presentes al este del río Éufrates. Mientras que la portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Moscú, Maria Zakharova, pidió a Turquía que “evite” una acción que podría empeorar la situación en Siria y que generaría “una violación directa de la soberanía y la integridad territorial de la República Árabe Siria y provocaría una nueva escalada de tensión en el país”.

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