Trump y Netanyahu tienen un problema moral
¿Quién está ganando la guerra en Oriente Medio? Hay opiniones diversas, pero antes de cualquier otro análisis hay que dejar claro lo que ha dicho el Papa: la amenaza de aniquilar a todo un pueblo es moralmente inaceptable.
Tras dar un suspiro de alivio por el anuncio del acuerdo entre Irán y Estados Unidos de un alto el fuego de dos semanas, a noventa minutos de que expirara el ultimátum lanzado por el presidente estadounidense Donald Trump, ha comenzado inmediatamente el debate sobre quién ha ganado y quién ha perdido. Tanto el presidente estadounidense como los líderes iraníes se han atribuido la victoria inmediatamente, y los comentaristas también se han dividido como si se tratara de una cuestión de partidismos.
Son análisis sin duda legítimos y necesarios, pero hay una consideración que es prioritaria y ofrece el horizonte adecuado para cualquier otro juicio. Hablamos de lo que ha dicho el Papa León XIV el 7 de abril al comentar las palabras con las que Trump anunció el ultimátum a Irán. El presidente estadounidense había dicho: “Toda una civilización morirá esta noche para no volver jamás a la vida. No quiero que eso ocurra, pero probablemente sucederá”. Eran frases que hacían temer escenarios apocalípticos, por lo que el Papa advirtió que esta “amenaza contra todo el pueblo de Irán no es aceptable, (…) es una cuestión moral”. En esas mismas horas, el presidente de los obispos estadounidenses, Paul Coakley, afirmaba de manera análoga que “la amenaza de destruir toda una civilización (…) no puede justificarse moralmente”.
He aquí la cuestión: por encima de todas las consideraciones políticas y estratégicas está el hecho de que la amenaza planteada es inmoral y no puede justificarse de ninguna manera. Un eventual éxito militar o político nunca hará, en cualquier caso, aceptable o justificable la amenaza de “devolver a la Edad de Piedra” a todo un pueblo y borrar una civilización de la noche a la mañana. Del mismo modo que no puede tener ninguna justificación moral la matanza perpetrada ayer por el ejército israelí en el Líbano (de la que informamos aparte), con la excusa de que no entraba dentro del acuerdo de alto el fuego. El balance –aún provisional– ya se sitúa en el orden de cientos de muertos y miles de heridos, en su mayoría civiles. Una operación que parecía más destinada a sembrar el terror que a alcanzar objetivos militares.
No se trata aquí de detenerse en aspectos secundarios respecto a lo que se considera esencial, es decir, ganar la guerra. Al contrario, el desprecio por los civiles y por pueblos enteros –y, sobre todo, ignorar el orden querido por Dios– pasa factura tarde o temprano.
Esto incluye también basar la propia seguridad exclusivamente en la fuerza, en la capacidad militar de imponerse a los enemigos. Y cuando uno se siente fuerte, a menudo se llega a sobrevalorar las propias posibilidades. Y parece que ha sido precisamente éste el caso de Israel y Estados Unidos, tal y como demuestra la reconstrucción de las reuniones y análisis que llevaron a Trump y Netanyahu a desencadenar la guerra contra Irán el pasado 28 de febrero.
El New York Times ha publicado, de hecho, un avance del libro escrito por Jonathan Swan y Maggie Haberman, Regime Change: Inside the Imperial Presidency of Donald Trump, en el que se cuenta que el 11 de febrero, en la Casa Blanca, Netanyahu convenció a Trump basándose en un análisis de cuatro puntos: las grandes protestas y la represión que las había caracterizado en los meses anteriores demostraban que había llegado el momento de un cambio de régimen en Teherán y de una transición que pondría fin a la teocracia islámica; el programa de misiles balísticos podía ser eliminado en pocas semanas; el régimen no tendría así la fuerza para bloquear el estrecho de Ormuz; se reanudarían las protestas callejeras, alimentadas también por los servicios secretos israelíes, lo que facilitaría la caída del régimen. Sobre esta base, el presidente estadounidense, a pesar de las advertencias de los servicios de inteligencia, de su vicepresidente J.D. Vance y del secretario de Estado Marco Rubio, habría decidido dos semanas después pasar a la acción, con el apoyo entusiasta únicamente del ministro de Defensa Pete Hegseth.
Se trata de una reconstrucción que cobra credibilidad gracias a las declaraciones de Trump al inicio de la guerra, cuando hablaba insistentemente de cambio de régimen y de tres o cuatro semanas de bombardeos para alcanzar la victoria absoluta, invitando a la población a sublevarse contra los ayatolás.
A cuarenta días del inicio de los ataques israelo-estadounidenses podemos constatar cómo han ido realmente las cosas: el régimen sigue en su sitio a pesar del asesinato del líder supremo Alí Jamenei y de otros líderes destacados; el estrecho de Ormuz está bajo el control de Irán (y el propio acuerdo de alto el fuego lo reconoce de hecho); la potencia misilística se ha debilitado sin duda, pero está lejos de haber desaparecido; y de levantamientos populares no hay ni rastro. En cambio, la guerra contra Irán está provocando una crisis energética mundial y está sumiendo en graves dificultades económicas y políticas incluso a los países árabes suníes que albergan bases militares estadounidenses.
El problema es que para Trump ahora se ha vuelto muy complicado conseguir lo que anunció al inicio de la guerra y, al mismo tiempo, encontrar una estrategia de salida que le permita salvar las apariencias. Por su parte, Netanyahu no tiene intención de detenerse y, si debe aceptar a regañadientes la suspensión de las operaciones en Irán, se toma sus libertades en el Líbano, Siria y Cisjordania. El régimen de Teherán, por su parte, se siente fortalecido por la situación, aunque, dada la presión de China y Pakistán, ha tenido que aceptar una tregua temporal que hasta hace dos días descartaba de manera categórica.
Todo esto, sin embargo, da una idea de lo frágil que es este alto el fuego. El viernes o el sábado deberían comenzar en Islamabad (Pakistán ha actuado como mediador con el discreto apoyo de China) las conversaciones directas entre EE. UU. e Irán para llegar a un acuerdo duradero, pero ya ayer por la noche todo parecía poder volver a ponerse en tela de juicio. El presidente del Parlamento iraní, Mohammad Baqer Qalibaf, ha publicado una declaración en la que denuncia la violación de tres cláusulas clave de las diez que Irán ha puesto como condición para las negociaciones: la violación del alto el fuego en el Líbano, la entrada de un “drone intruso” en el espacio aéreo iraní y la negación del derecho de Irán al enriquecimiento de uranio. “En esta situación —concluye el comunicado— no tiene sentido ni un alto el fuego bilateral ni las negociaciones”.
Ahora habrá que ver si a partir de hoy se reanudará realmente el tránsito de buques por el estrecho de Ormuz, aunque sea “en coordinación con las Fuerzas Armadas iraníes”, tal y como prevé el acuerdo. Sería, al menos, un primer paso positivo.
