El “método Ecône”: alardear de la fe para ocultar el cisma
El Dicasterio para la Doctrina de la Fe amenaza con sanciones y la Fraternidad responde mostrando su “autocertificación” de obediencia y catolicidad. Un estribillo edificante que se repite desde los tiempos de Lefebvre, y que silencia el distanciamiento de hecho respecto a la Iglesia, hasta el punto de rechazar sus sacramentos.
El pasado 13 de mayo, el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, ha publicado una declaración para confirmar que las consagraciones del próximo 1 de julio anunciadas por el superior de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Davide Pagliarani, acarrearán la excomunión latæ sententiæ.
Pagliarani ha respondido al día siguiente con una Declaración de fe católica dirigida directamente al Papa León, para expresar “su apego a la fe católica, sin ocultar nada ni a Su Santidad ni a la Iglesia universal”, considerada el “mínimo indispensable para poder estar en comunión con la Iglesia”. El superior de la FSSPX lamenta que no se le haya escuchado adecuadamente y que no ha recibido nunca una “respuesta efectiva” a las perplejidades planteadas a lo largo de los años. Por el contrario, “la única solución que la Santa Sede parece tomar en consideración verdaderamente es la de las sanciones canónicas. Para nuestro gran pesar, nos parece que el derecho canónico se utiliza no para confirmar en la fe, sino para alejar de ella”.
Quien conozca la forma en que la Fraternidad se ha relacionado con la Santa Sede a lo largo de todos estos años sabrá reconocer en esta declaración un rasgo bastante característico de estas relaciones, a saber, el de hacer creer al lector desprevenido que el problema es exclusivamente Roma, mientras que la Fraternidad es católica porque profesa “la fe de siempre” (algo que, por cierto, no es cierto, ya que hay errores importantes en la declaración). Y así, querido Papa, te presentamos esta declaración doctrinal para mostrarte que creemos lo que la Iglesia siempre ha creído; y por tanto, si nos excomulgas, excomulgas la Tradición de la Iglesia, demostrando que el cismático eres tú.
Monseñor Lefebvre hizo lo mismo en la famosa declaración del 21 de noviembre de 1974, texto “fundador” de la FSSPX, cuando proclamó: “Por eso nos aferramos firmemente a todo lo que se ha creído y practicado en la fe, las costumbres, el culto, la enseñanza del catecismo, la formación del sacerdote, la institución de la Iglesia, de la Iglesia de siempre, y codificado en los libros publicados antes de la influencia modernista del Concilio, esperando que la verdadera luz de la Tradición disipe las tinieblas que oscurecen el cielo de la Roma eterna”. Las tinieblas están en Roma, la luz en Ecône: el problema afecta, por tanto, a Roma, no a la Fraternidad.
Las declaraciones de este tipo no tienen más que un único objetivo: ante la comprensible desorientación y vacilación de muchos fieles por la amenaza de excomunión, especialmente de aquellos que han comenzado a frecuentar las capillas de la FSSPX en los últimos años, la Fraternidad necesita demostrar que es católica, y que la excomunión que necesariamente se derivará de las consagraciones es una maldad de Roma, una incomprensión suya o, mejor aún, la prueba de que Roma ha perdido la fe, porque junto con la Fraternidad, condenaría también la fe expresada en la declaración.
El razonamiento de Pagliarani es bastante evidente: nosotros proclamamos la fe católica, vosotros os limitáis a darnos golpes con el derecho canónico. Por un lado, la integridad de la fe; por otro, el legalismo canónico: planteada así la cuestión, ¿quién no simpatizaría con la FSSPX?
Pero la verdad es muy diferente. El objetivo de esta declaración es confundir a los lectores para que no vean el verdadero problema que subyace a la Fraternidad y a su decisión de consagrar obispos en contra de la voluntad expresa del Papa: el cisma. Y un cisma que se basa en una concepción insuficiente, y por tanto falsa, de la Iglesia. Ningún obispo puede ser un verdadero obispo católico si no es recibido en el colegio episcopal por el Papa, que es el jefe de dicho colegio. Ningún obispo puede ejercer legítimamente su ministerio si no es en la comunión de la Iglesia católica. No existe “estado de necesidad” que dispense de esta comunión jerárquica establecida por Jesucristo y confirmada por la Iglesia. La de siempre. Y quien no ha querido esta comunión ha sido, en repetidas ocasiones, la Fraternidad, que ha rechazado sistemáticamente toda propuesta de regularización canónica —sin la cual no hay comunión con la Sede Apostólica— para reivindicar una autonomía total respecto a la jerarquía católica, lo que, por definición, se llama cisma.
En cuanto a “no ocultar nada ni a Su Santidad ni a la Iglesia universal”, no queda más que sonreír. Porque la Fraternidad siempre olvida explicar al Papa y a la Iglesia por qué aconseja volver a ordenar a los sacerdotes de la “Iglesia conciliar” que se “convierten”, prohíbe utilizar partículas consagradas en las misas novus ordo, erige iglesias, altares y seminarios sin siquiera consultar al Ordinario del lugar, sigue admitiendo que sus propios sacerdotes celebren matrimonios sin tener las delegaciones necesarias para la forma canónica (y, por tanto, para la validez del sacramento), impide a sus propios sacerdotes la communicatio in sacris con los sacerdotes de la Iglesia católica y a los fieles participar activamente en los sacramentos “reformados” (y podríamos seguir con la enumeración). Si explicara el sentido de todas estas “costumbres”, haría comprender de una vez por todas al Papa que la única Iglesia de Cristo indefectible ya no tiene su centro de unidad en Roma, sino en Menzingen. Si para los ortodoxos rusos Moscú es la tercera Roma, para la Fraternidad Menzingen es la cuarta.
Por otro lado, sin embargo, nos encontramos, por insondables designios divinos, con la persona menos indicada para relacionarse con el mundo tradicionalista y tratar de recomponer las fracturas. Tucho Fernández será recordado en la historia de la Iglesia por haber levantado al episcopado de todo un continente contra las bendiciones de las parejas homosexuales que él tanto deseaba. Sus “aclaraciones” sobre el tema no hicieron más que crear aún más confusión e insatisfacción. Tucho representa ese mundo que trastoca la enseñanza de la Iglesia al proclamar una continuidad inexistente, conquistada mediante la distorsión de los textos del Magisterio o de los doctores de la Iglesia ad usum Delphini. La posición gravemente errónea de la Fraternidad no puede ni debe hacer olvidar los numerosos problemas doctrinales y disciplinarios que afligen a la Iglesia, de los cuales Fernández es una de las expresiones más tristes y elocuentes.
Las sanciones que (hasta la fecha) no se han impuesto a monseñor Joseph Brennan, por su escandalosa participación en la consagración de un obispo anglicano, tampoco son una señal de voluntad de confirmar a los fieles en la verdad de la fe. Pero esta grave situación que aflige a la Iglesia católica nunca será motivo suficiente para arrastrar a las almas fuera de la unidad católica. Porque alguien parece haber olvidado que, como enseñaba precisamente san Pío X en el conocido Catecismo, “los cismáticos son los bautizados que se niegan obstinadamente a someterse a los Pastores legítimos, y por eso están separados de la Iglesia, aunque no nieguen ninguna verdad de fe”. Una verdad que no encontramos en la Declaración de Pagliarani.
