San Celestino V por Ermes Dovico
JERUSALÉN

Escupitajos contra la estatua de María, la enésima afrenta de los nacionalistas judíos

Nuevos episodios anticristianos en la Ciudad Santa: a plena luz del día, jóvenes extremistas han dado patadas a las puertas del barrio cristiano, han escupido a sacerdotes y a una estatua de la Virgen, mientras las fuerzas del orden se limitaban a mirar. Y es esta misma impunidad la que hace cada vez más frecuentes estas acciones.

Libertad religiosa 19_05_2026 Italiano

En Jerusalén aumentan las agresiones y los insultos contra los cristianos en medio del silencio de las instituciones. Parece que las afrentas se han convertido en un fenómeno incontrolable. 14 de mayo de 2026: en el corazón de la Ciudad Vieja, grupos de jóvenes extremistas judíos de la derecha nacionalista, ondeando banderas con la Estrella de David, atraviesan las calles como si transitaran por territorio conquistado. Gritan consignas racistas, dan patadas a las puertas del barrio cristiano, escupen a los sacerdotes y a los símbolos religiosos, rodean a los frailes para humillarlos públicamente. Al llegar frente a la estatua de la Virgen, a pocas decenas de metros de la entrada del Patriarcado Latino de Jerusalén, cerca de la Puerta Nueva, convierten la efigie sagrada en el enésimo blanco de una guerra de identidad que ya se libra a la luz del día, sin temer las consecuencias. Un gesto deplorable. Bárbaro.

Las imágenes difundidas en las redes sociales muestran a jóvenes muy jóvenes, procedentes de los asentamientos y de los círculos más radicalizados del nacionalismo religioso, mientras escupen contra la estatua de la Virgen durante la “Marcha de las Banderas”, la celebración anual de la conquista israelí de Jerusalén Este en 1967. Se burlan, provocan, se mueven en grupo. Y nadie interviene. Nadie los detiene. Nadie intenta impedir estas provocaciones. Policías y soldados miran como si no estuviera pasando nada. Y éste es precisamente el quid de la cuestión, que en las comunidades cristianas se repite con indignación creciente: no solo las agresiones, sino la impunidad. No solo el odio, sino la sensación de que ese desprecio puede imponerse públicamente sin que acarree ninguna consecuencia real. Según diversos testimonios recogidos en la Ciudad Vieja, los extremistas actúan conscientes de que las autoridades no harán nada. Se mueven como si alguien les hubiera concedido impunidad. Actúan sabiendo que cuentan con protección. Las denuncias hablan de un problema que no solo afecta a la seguridad, sino a la propia credibilidad del Estado de derecho en Jerusalén. Porque los escupitajos contra sacerdotes, las agresiones verbales, las intimidaciones y las profanaciones contra símbolos cristianos ya no ocurren en los rincones ocultos de la ciudad: ocurren ante los turistas, ante los peregrinos.

La nueva profanación no es más que el último episodio de una larga serie de violaciones que han quedado prácticamente impunes. No hablamos simplemente del ataque material contra una estatua, sino a lo que esa estatua representa para millones de creyentes en todo el mundo. Y lo que se cuestiona es la tendencia a minimizar los episodios como simples “bravuconadas” o actos de vandalismo ocasionales. En las denuncias también surge una crítica directa a la conducta de las fuerzas del orden. Desde diversos frentes se sostiene que la policía israelí, a pesar de estar presente con miles de agentes durante la marcha, no habría impedido los actos de intimidación contra cristianos y palestinos. Los extremistas pudieron atravesar los barrios más sensibles de la ciudad gritando consignas contra los árabes, insultando a los religiosos y provocando a los residentes sin encontrar una oposición real.

Muchas tiendas palestinas permanecieron cerradas por temor a agresiones y actos de vandalismo. Las calles de la ciudad vieja se convirtieron en una especie de tierra de nadie, dominada por la tensión y la ausencia de control. Activistas israelíes y palestinos, comprometidos con iniciativas no violentas, denuncian que han sido insultados, empujados y alejados mientras intentaban proteger a civiles y lugares religiosos. En los testimonios recopilados en las horas siguientes se repite la misma pregunta: ¿dónde estaba la policía mientras grupos de jóvenes y adolescentes escupían a sacerdotes y profanaban símbolos religiosos?

Según las comunidades cristianas, la cuestión se ha vuelto más explosiva por la frecuencia de estos episodios, que ya no son excepcionales. Se han convertido, a estas alturas, en una práctica casi habitual. Durante años, las agresiones a los religiosos se producían de noche o en zonas aisladas. Hoy ocurren a plena luz del día, en el centro de la ciudad, ante las cámaras y las patrullas. Es esta transformación la que más asusta: la convicción de que el extremismo religioso ya no es marginal, sino que la política cada vez es más permisiva y lo protege. Según los observadores religiosos y las asociaciones que siguen de cerca el fenómeno, la sensación de impunidad habría reforzado en los círculos ultranacionalistas la idea de poder atacar sin pagar ningún precio. En la mayoría de los casos todo acaba sin juicios significativos, sin condenas y sin una respuesta política proporcionada.

Los datos recopilados en los últimos años revelan una fractura cada vez más profunda en la sociedad israelí. Una parte significativa del mundo religioso judío considera el cristianismo una idolatría y prohíbe a los judíos entrar en las iglesias. Entre los ultraortodoxos, los porcentajes son abrumadores. También disminuye el apoyo a la enseñanza del cristianismo en las escuelas y al estudio del Nuevo Testamento. El mensaje es muy claro para los cristianos locales: sois una presencia tolerada, pero no plenamente reconocida como parte legítima de la ciudad.

En Jerusalén Este crece la sensación de desconexión. Cada vez más cristianos cuentan que tienen miedo de llevar una cruz o un hábito religioso. Cada vez más jóvenes piensan en marcharse. La emigración no surge solo de la guerra o de la crisis económica, sino de un desgaste cotidiano tejido de ultrajes, humillaciones y silencios institucionales.

En las mismas horas en que se profanó la estatua mariana cerca de Puerta Nueva, otros grupos de jóvenes extremistas habrían puesto en su punto de mira el convento de la Custodia de Tierra Santa. Nuevos vídeos lo mostrarían todo. Las comunidades religiosas denuncian que cada episodio se archiva como “folclore extremista”, mientras que sobre el terreno se consolida una cultura de la intimidación.

Pero el problema no afecta solo a Israel. En los últimos meses, también el Líbano ha sido escenario de episodios de vandalismo contra símbolos cristianos: crucifijos derribados, estatuas marianas profanadas, provocaciones interpretadas como actos deliberadamente anticristianos. Paralelamente, la guerra regional y la radicalización religiosa están acelerando la huida de las minorías cristianas de Oriente Medio.

Aun así, la herida parece más simbólica y más grave en Jerusalén. Porque aquí el conflicto no afecta solo a una minoría religiosa: afecta a la idea misma de ciudad santa universal y, por tanto, también cristiana. Y es por eso que, para las comunidades cristianas, la cuestión ya no puede reducirse a episodios aislados. El problema no es solo quién escupe contra una estatua de la Virgen. El problema es que puede hacerlo delante de todo el mundo, en el centro de Jerusalén, sin miedo, sin vergüenza y sin que nadie lo detenga.

Por último, surge espontáneamente una pregunta: ¿Qué habría pasado si los escupitajos y los actos de vandalismo se hubieran dirigido contra los judíos?