San Bernardino de Siena por Ermes Dovico
MODENA

El error de Occidente, ciego ante el crecimiento de un “califato virtual”

El debate que sigue a la masacre de Módena pone de manifiesto lo frágil que es la cultura occidental. Vemos el terrorismo solo como un fenómeno militar y no sabemos cómo reaccionar ante el proceso de radicalización y reclutamiento orquestado por el ISIS, a través de los medios más utilizados por los jóvenes, desde las redes sociales hasta los videojuegos.

Cultura 20_05_2026 Italiano English

Occidente ha cometido un error fatal considerando el terrorismo islamista como un fenómeno estrictamente militar, mientras que el yihadismo evolucionaba hacia una amenaza cultural, digital y de identidad. Actualmente el Estado Islámico ya no necesita conquistar territorios porque le basta con ocupar las pantallas de nuestros hijos. Ésta es la dramática denuncia que contiene el reciente estudio del International Centre for Counter-Terrorism (ICCT), que describe el nacimiento de un auténtico “califato virtual” construido a medida para el universo de la Generación Z.

El estudio muestra cómo el extremismo se ha adaptado perfectamente al lenguaje de las nuevas generaciones, colonizando videojuegos, TikTok, memes, música trap, estética gótica, chats encriptados e ironía en redes sociales. Ya no nos enfrentamos a la propaganda burda de los vídeos en el desierto. Hoy en día, el radicalismo se presenta en forma de contenidos aparentemente inocuos, camuflados en el universo digital frecuentado por los adolescentes europeos.

Según el informe, grupos cercanos al ISIS utilizan plataformas como Roblox, Minecraft, Discord y TikTok para crear entornos de adoctrinamiento gradual. Se capta a jóvenes muy jóvenes a través de dinámicas de pertenencia, desafío y rebelión. La propaganda subversiva ya no habla solo de religión, sino que se basa en la masculinidad, la exclusión social, la redención, el odio hacia Occidente y la búsqueda de sentido.

Llevo años denunciando que el fundamentalismo no puede combatirse con un multiculturalismo ingenuo ni con el relativismo cultural. Hemos dejado que generaciones enteras hayan crecido en un vacío existencial, mientras en los barrios periféricos ganaban terreno predicadores radicales, influencers pseudoreligiosos y redes digitales capaces de manipular a los sujetos más frágiles. Y hoy pagamos el precio de esa ceguera política.

El caso de Módena es una señal de alarma que nadie puede permitirse ignorar. Salim El Koudri, ciudadano italiano de origen marroquí, atropelló la semana pasada con un coche a varios transeúntes en el centro de la ciudad, hiriendo gravemente a numerosas personas. Las investigaciones apuntan a trastornos psíquicos y marginación, pero también surgen mensajes de odio contra los cristianos y un profundo resentimiento identitario.

Es fundamental ser claros: no todos los musulmanes son extremistas y no todo malestar social da lugar a fenómenos subversivos. Sin embargo, sería irresponsable negar que hoy existe una peligrosa unión entre el fanatismo online, el victimismo exacerbado y la cultura islamista difundida en las redes digitales. Éste es precisamente el escenario descrito por el ICCT, con jóvenes occidentales que absorben símbolos yihadistas como si fueran elementos estéticos o lenguajes de pertenencia.

Sin embargo, la izquierda europea sigue negando el problema. Quien denuncia el fundamentalismo acaba siendo acusado, mientras se guarda silencio ante la difusión de contenidos extremistas en las plataformas frecuentadas por menores. Una actitud suicida. Durante años se ha preferido hablar únicamente de inclusión, sin exigir nunca una integración real, el respeto de los principios democráticos y la defensa de la identidad europea.

El ISIS ha comprendido lo que muchas cancillerías europeas aún no han entendido: a saber, que la batalla decisiva se libra en el imaginario colectivo. El yihadismo contemporáneo no se limita a reclutar combatientes, sino que construye comunidades emocionales, modelos de pertenencia y códigos simbólicos capaces de seducir a adolescentes desorientados.

Cuando un joven europeo crece sin raíces sólidas, inmerso en una colectividad que se reniega a sí misma y delega la educación en los algoritmos, se vuelve vulnerable a cualquier narrativa radical. El fundamentalismo ofrece una respuesta simple, totalizadora y agresiva, oponiendo una identidad absoluta a una sociedad que considera decadente.

El “califato virtual” no surge de la nada. Crece dentro de una Europa frágil, desarmada y que se culpa a sí misma, que es la Europa que hemos construido en los últimos años. Y seguirá expandiéndose hasta que la política recupere el valor de defenderse sin complejos ideológicos. Deshacerse de los responsables de tales atrocidades calificándolos simplemente de “locos” impide a la población comprender los procesos reales de radicalización. El terrorismo no es una locura improvisada, sino un proceso racional y deliberado para quienes lo llevan a cabo.