Sagrado Corazón de Jesús por Ermes Dovico
centenario

En homenaje a Gaudí, también el siglo XXI se inclina ante el Misterio

Tras la bendición de la Torre de Jesucristo tuvo lugar una coreografía capaz de entrelazar lo contemporáneo con lo trascendente. Gran poder evocador y un asombro revelador: lo que eleva nuestra época son espectáculos «de otro mundo», no liturgias de espectáculo de variedades.

Ecclesia 12_06_2026 Italiano
(AP Photo/Alessandra Tarantino) Associate Press/ LaPresse Only Italy and Spain

«La música es arquitectura líquida, la arquitectura es música congelada», escribía Goethe, pero también se atribuyen frases similares a Schelling y a otros, frases que ayudan a superar la dificultad de describir con palabras la histórica velada del 10 de junio de 2026, cuando la Torre de Jesucristo, la más alta de la Sagrada Familia, fue bendecida por León XIV en el centenario de la muerte de Antoni Gaudí. Al término de la bendición, la «catequesis de piedra, de luz y de colores», como el Papa definió el Templo Expiatorio durante la homilía, se convirtió también en catequesis de cantos y fuegos artificiales, incluso de drones, en una coreografía realizada con tecnologías del siglo XXI pero capaz de elevarnos más allá del horizonte limitado de nuestro tiempo. La música, las luces y la arquitectura bailaban juntas hacia lo alto, de modo que no solo el Papa, el rey y la reina, y los miles de presentes con la mirada fija hacia la Torre de Jesucristo, sino también quienes siguieron el evento desde una pantalla se encontraron levantando la mirada.

No hubo ruptura entre la liturgia propiamente dicha y el momento final, nunca se interrumpió el movimiento ascendente iniciado al comienzo del Prefacio, como en toda Misa, con la invitación a elevar «los corazones». Al término del rito y de la bendición, la cruz erigida en lo alto de la torre sigue —y seguirá— atrayendo las miradas, en una atmósfera aún «litúrgica», mientras se entona el Vexilla Regis, el antiguo himno de Venancio Fortunato en honor a la Santa Cruz. Cae la tarde sobre Barcelona y nunca se había visto una oscuridad tan luminosa, cuando he aquí que avanzan una, dos, tres voces blancas que entonan el Sanctus mientras desfilan desde el interior de la basílica, cada uno con una linterna de formas arquitectónicas en la mano, que se hacen eco de las del Templo. Una, dos, tres, y luego miles de linternas en manos de los fieles dentro y fuera, tantas pequeñas llamas que reflejan el mayor juego de luces que trasluce a través de las vidrieras del edificio, en cuyas torres están esculpidas esas mismas palabras entonadas por los pequeños cantores: Sanctus, sanctus, sanctus... Hosanna in excelsis.

La luz aumenta de intensidad al igual que el crescendo musical: a los cantores se une el órgano y luego la orquesta, de modo que ese Sanctus adquiere casi el tono triunfal de un Gloria. Si hay un triunfo, es el del Cordero inmolado (diseñado por Gaudí y realizado por el italiano Andrea Mastrovito) en el interior de la Torre central: la cámara enfoca desde abajo con un zoom sobre la obra que parece llevarnos directamente al corazón del Apocalipsis, a la ciudad santa que «no necesita la luz del sol, ni la luz de la luna: la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero» (Ap 21,23). Y como en el Apocalipsis, en el exterior la cruz que lo encierra —y sobre la que está inmolado— está rodeada por los «cuatro seres vivientes» (Ap 5,6), es decir, los símbolos de los cuatro evangelistas en lo alto de sus respectivas torres.

En el crescendo final de luces y música aparece en el cielo de Barcelona el retrato de Antoni Gaudí formado por drones —un rostro un poco «de cómic», a decir verdad, quizá el único elemento kitsch del evento, pero se le perdona de buen grado; es más, nos conmueve ver al arquitecto que desde el cielo se vuelve para contemplar su obra aún inconclusa, pero finalmente coronada por la cruz. Ni siquiera da tiempo a emocionarse y el rostro desaparece; los drones se realinean para escribir en un catalán comprensible incluso para los profanos las palabras de Gaudí: «Primer l’amor, després la tècnica». Desde aquel lejano día de 1883, cuando fue llamado a dirigir la obra del templo en construcción, la técnica y el amor abundan como los fuegos artificiales que envuelven, ocultan y finalmente vuelven a revelar la arquitectura, verdadera epifanía de la Sagrada Familia —o, si se quiere, apocalipsis, que significa precisamente «revelación»—.

Apocalíptico, en el sentido de «revelador» es también el asombro ante un espectáculo capaz de injertar lo contemporáneo en lo trascendente, como debería ser el arte en general (desde la arquitectura hasta la coreografía) si el afán por ostentar la contemporaneidad no hiciera perder también la originalidad. Y, en cambio, ese espectáculo tan «litúrgico», porque es capaz de mantener vivo el sentido del Misterio, constituye un modelo y una lección también para demasiadas liturgias de espectáculo de cabaret, en las que la piadosa ilusión de hablar a los hombres «de nuestro tiempo» archiva apresuradamente el gran legado musical de la Iglesia para sustituirlo por cancioncillas de pacotilla y donde el rito se diluye con inventos pueriles y ni siquiera demasiado atractivos, más aptos para ahuyentar a los vecinos que para acercar a los «alejados». Barcelona estaba llena de hombres «de nuestro tiempo» (habiendo desaparecido, por razones de edad, los de otros tiempos) y es de suponer que la poderosa epifanía de la Sagrada Familia haya conmovido el corazón de cada uno, incluidos los «alejados», y precisamente por su poder evocador, incluso difícil de explicar con palabras.

«Hemos contemplado su gloria», diríamos citando el Prólogo de Juan (Jn 1,14), y la hemos contemplado en medio de una ciudad y de un país extremadamente secularizados, pero que se han quedado sin aliento ante un espectáculo, literalmente, «de otro mundo», casi un anticipo de la Jerusalén celestial. Ironía del destino, o mejor dicho, ironía divina.