El Papa en la Sagrada Familia: “La fe da forma a las piedras”
Cien años exactos después de la muerte de Antoni Gaudí, la Misa celebrada por León XIV en el Templo Expiatorio y la bendición de la Torre de Jesucristo, que la convierte en la iglesia más alta del mundo. En esta Biblia pauperum de nuestros tiempos, es una “elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz”.
La multitud festiva que anoche ha llenado las calles de Barcelona al paso de León XIV mientras éste se dirigía a la Sagrada Familia, ha debido de ser un eco de la que, hace un siglo, acompañaba el féretro del arquitecto Antoni Gaudí. Poco antes de las 22:00, la bendición de la Torre de Jesucristo (pronunciada en parte en catalán tras las polémicas lingüísticas de los últimos días) ha sido el punto culminante de la segunda e intensa jornada catalana del Papa, que comenzó por la mañana con un encuentro con los reclusos del Centro Penitenciario “Brians 1” y continuó luego en el corazón mariano de Cataluña, desde la “Moreneta”, la Virgen Negra de Montserrat, donde compartió la oración del Rosario y el almuerzo con la comunidad benedictina. Tras descender de la “Santa Montaña”, que fue una de las fuentes de inspiración de Gaudí, el Pontífice regresó a Barcelona. Por la tarde, el encuentro con las obras de caridad y asistencia en la iglesia de San Agustí —que, como recordó, en aquel lejano 1984 cuando era un joven sacerdote, encontró cerrada— y, por último, el evento sin duda más esperado, exactamente cien años después de aquel 10 de junio de 1926 en que el “Dante de la arquitectura” pasó a la eternidad. Ayer, sobre su tumba se encontraba un Papa llamado León, el mismo del Pontífice reinante en la época en que Gaudí asumió la dirección de las obras del Temple Expiatori de la Sagrada Família.
La Cruz de Cristo es el eje del edificio y fue el centro de la homilía del Papa y de la posterior bendición, que concluyó con el canto del Vexilla Regis. León XIV fue recibido por el rey Felipe VI y la reina Letizia, así como por Valentina, una niña invidente que explicó al Pontífice las peculiaridades de la Torre de Jesucristo, basándose en el tacto de una maqueta en miniatura de la obra, que con sus 172,5 metros la convierte en la iglesia más alta del mundo, “no para destacar en clasificaciones mundanas, sino para guiar los pasos del pueblo de Dios peregrino en esta tierra de Cataluña, con la cruz que ilumina el camino, como una lámpara encendida a la espera del regreso del Esposo”, ha dicho el Papa durante la Misa. Prevost es el tercer sucesor de Pedro que visita la Sagrada Familia, después de san Juan Pablo II en 1982 y de Benedicto XVI, quien la consagró en 2010, recordando que es signo visible del Dios invisible, por cuya gloria se alzan sus torres”. “En continuidad con la oración de mi predecesor”, ha subrayado el Papa, “en breve bendeciré la torre más alta, la de Jesucristo”.
Las obras siguen en curso, lo que no la convierte en “una obra inacabada, sino en un templo aún en construcción”, no en un “defecto”, sino en un “deseo”, ya que esta condición “no significa una carencia, sino que expresa una promesa”, ha explicado con un perfecto espíritu “gaudiniano”.
Siguiendo los pasos de los constructores de catedrales medievales, Gaudí tampoco concibió la Sagrada Familia como obra de un solo hombre, sino de una comunidad que se extendería a lo largo de generaciones. Una dimensión expresada con eficacia por León XIV: “Esta iglesia es un único edificio, compuesto de muchas piedras. Una casa que crece con constancia a lo largo de los años, según un mismo proyecto” y, por lo tanto, “sigue siendo hoy una obra en construcción, que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino, porque se trata de un proyecto que Dios lleva a cabo”. A condición de respetar los roles, ya que el constructor es Él, recuerda el Papa en referencia a la lectura del segundo libro de Samuel, donde el Señor anuncia que construirá una casa a David y no al revés, pues “no somos nosotros quienes damos un lugar a Dios, como si fuera un elemento de una serie o la parte de un todo más grande que Él. Es, en cambio, Dios quien nos da un lugar a nosotros”. Y la obra maestra interior no puede sino centrarse en Jesús, tal y como en la Sagrada Familia, donde “la Cruz de Cristo, situada en lo alto de esta basílica, es la Cruz de los últimos que se convierten en primeros, de los pecadores que se convierten en santos, de los muertos que resucitarán”.
La Torre bendecida ayer por la noche es imagen plástica de la centralidad de la Cruz de Cristo, en la que “nuestra fe alcanza la cúspide, como profesa la inscripción que se encuentra en la base de la aguja: ‘Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, tu solus Altissimus’”. Es el corazón del mensaje de Gaudí que se despliega en las tres fachadas de la Natividad, la Pasión y la Gloria: “El Primero se hace último por nosotros en la Natividad; con su Sacrificio nos redime mediante la Pasión; su muerte nos da la vida eterna haciéndonos partícipes de la gloria divina. Al admirar la torre de Jesucristo, alzamos la mirada hacia Él, hacia Aquel que solo nos revela la verdad de Dios y la verdad de nosotros mismos”. La Sagrada Familia es “mucho más que un monumento”, ha dicho el Papa al comienzo de la homilía, y es también mucho más que una obra: es “una peregrinación espiritual, que conduce al encuentro con Cristo nacido, muerto y resucitado por nosotros”, al que somos conducidos casi de la mano por el “arquitecto ardiente de fe” que, en esta Biblia pauperum de nuestro tiempo, ha concebido una “elocuente catequesis hecha de piedras, de colores y de luz”, dejando espacio al verdadero artista “que ha impreso su esplendor en el cosmos. Creado a su imagen, el hombre responde a la obra de Dios con su propio ingenio: así es como el artista hace del talento una alabanza y de la creatividad el testimonio del mismo Creador”, que en la obra y en la espiritualidad de Gaudí se hace palpable porque “la fe da forma a las piedras y sentido al edificio que estamos habitando juntos”.
Un testimonio que se renueva en la Sagrada Familia, al igual que en las “antiguas catedrales, que son en sí mismas mensajes de evangelización de gran riqueza. En este templo de imágenes resulta aún más evidente cómo el arte y la belleza son canales eminentes de evangelización”, y precisamente en esa España que, desde Zapatero hasta Sánchez, ha acelerado la secularización, pero que ha acogido al sucesor de Pedro con una calidez que ha superado con creces las expectativas. Una paradoja, como la propia obra de la Sagrada Familia, donde la persecución antirreligiosa de los años treinta no perdonó ni siquiera los planos de Gaudí, destruidos por un incendio provocado por los anarquistas, pero donde hoy, en la Torre de Jesucristo, se alza una cruz altísima ante la cual no se puede evitar, como reza el lema del viaje apostólico, “alzar la mirada”.
