San Felipe Neri por Ermes Dovico
ENCÍCLICA

“Magnifica humanitas” rompe el silencio sobre la doctrina social

Solo la gracia hace al hombre más que humano: ésta es la respuesta del Papa al transhumanismo que se esconde tras la revolución de la inteligencia artificial. Un desafío tan grande que requiere la sabiduría integral de la doctrina social de la Iglesia, que León XIV saca a la luz tras la pausa impuesta por su predecesor. Y eso ya es una buena noticia.

Ecclesia 26_05_2026 Italiano

Magnifica humanitas, la nueva encíclica del papa León presentada ayer, 25 de mayo, en el Vaticano y firmada el 15 del mismo mes (la misma fecha en que se firmó la Rerum novarum), es claramente una encíclica “social”. Esto hay que subrayarlo porque, dada la pausa impuesta a la Doctrina social durante el pontificado de Francisco, ahora tenemos un nuevo comienzo. Y esto ya es, de por sí, una buena noticia.

La nueva encíclica social merece gran atención porque lleva a cabo dos operaciones estrechamente relacionadas entre sí. La primera es volver a presentar el marco de lo que es la Doctrina social de la Iglesia: naturaleza, fundamentos y principios. A este fin se dedican dos capítulos, una parte significativa del texto. Objetivamente, era necesario. Por lo demás, el vínculo que ha establecido el actual pontífice con León XIII (empezando por el nombre) hacía que retomar la tradición del magisterio social petrino fuera necesaria y previsible. Habrá tiempo para examinar con calma en qué medida la nueva presentación de la Doctrina Social está en continuidad con la leonina, pero su continuación orgánica debe acogerse sin duda con espíritu positivo.

La segunda operación consiste en abordar el tema de la Inteligencia Artificial (IA) no como un tema circunscrito, un ámbito concreto de la vida social actual, sino como expresión de una tendencia que pretende “recrear” a la humanidad, un proyecto de palingenesia. La palabra “gnosis” no aparece en la encíclica, pero esta valoración global y la intención declarada de crear un mundo nuevo la evocan. La encíclica muestra esta dimensión sobre todo en los párrafos relativos al transhumanismo y al poshumanismo del hombre “desencarnado” (nn. 115-117), pero no solo ahí, y deja claro que la IA no debe verse como una reforma, sino como una revolución que pretende sustituir definitivamente a Dios por el hombre. Del análisis que la encíclica realiza sobre todas sus consecuencias en los distintos ámbitos de la vida, sin excluir ninguno, se confirma que se trata de un rediseño de lo humano. Ningún aspecto quedará al margen. Por eso, según el Papa León, hay que abordarla con una sabiduría capaz de iluminar las cosas a 360 grados, no solo con recetas operativas ni tampoco solo éticas.

Aquí se unen las dos operaciones de la encíclica. La nueva supuesta sabiduría de la IA que, como una religión de tipo gnóstico, tiende a desarrollarse de manera exasperada y sin dejar residuos, se mide por el “patrimonio sapiencial” de la Doctrina social de la Iglesia, que “nace de la fe y de su inteligencia de la realidad” (dos bellas expresiones de la encíclica). El nuevo desafío, parece decir León, es tan radical y omnicomprensivo, tan alternativo al proyecto de Dios, que exige un salto cualitativo de la humanidad no solo de tipo ético, sino también espiritual.

Esta dimensión del problema que llamamos espiritual y religiosa en sentido cristiano está ampliamente presente en la encíclica, sobre todo en la introducción y en la conclusión.

En la introducción: la torre de Babel y la construcción de los muros de Jerusalén narradas en el libro de Nehemías representan, por un lado, el desafío del hombre a Dios, y, por otro, la construcción de la humanidad según Dios. En la conclusión: la encarnación de Dios que hace “magnífica” a la humanidad, como misterio de misericordia. En la encíclica, la centralidad del Dios de Jesucristo es muy clara: “La verdad que no debemos perder es la de Dios y del ser humano, tal y como Cristo nos los ha revelado” (n. 237). Frente a los deseos idólatras de potenciar lo humano, la encíclica afirma que solo la Gracia hace al hombre “más que humano” (n. 127).

En otras partes, la encíclica hace algunas concesiones a una visión existencial de la Doctrina social. En los números 25, 26 y 27 se explica “la Doctrina social como discernimiento comunitario”. Véase el siguiente pasaje: “La comprensión de la verdad como don que hay que compartir y no como posesión que hay que reivindicar, libera a la Iglesia de la tentación de añorar formas de presencia basadas en el poder”. León XIII tendría algo que objetar o, al menos, alguna aclaración que pedir. Aquí, más que León XIII o León XIV, parece hablar el Papa Francisco, a quien Magnifica humanitas se esfuerza por situar en continuidad con la historia de la Doctrina social de la Iglesia.

Un cierto lenguaje dictado por la sinodalidad moderna se ha infiltrado también aquí: “La Doctrina Social se presenta en su faceta más auténtica no como un manual de principios y normas que hay que aplicar, sino como un camino de discernimiento comunitario” (n. 27). Esto, sin embargo, no significa que no exprese verdades íntimas y propias que no nacen “de las preguntas” de la historia, aunque deba entrar en relación con estas preguntas para evangelizar. La definición de la Doctrina social como “teología de la comunión en la historia” no es, en nuestra opinión, del todo clara.

Son de notable valor las aplicaciones de los principios de la Doctrina social tanto a la vida de la Iglesia como al tema de la IA (resumidos en el n. 109) y la recuperación de la teología de la creación, con los párrafos dedicados a la aceptación del límite humano (n.º 118 ss), cuyo abandono había sido denunciado por Benedicto XVI, aunque es una verdadera lástima que en la encíclica no se hable explícitamente del derecho natural y de la ley natural (conceptos implícitos en el de creación), ni siquiera entre los fundamentos de la Doctrina social (nn. 48-50).

Los capítulos cuarto y quinto abordan consideraciones más profanas e indicaciones de actitudes prácticas: democracia, ecología, alianza educativa, centralidad de la escuela, peligro del control social, nuevas formas de esclavitud, armas y guerra, desorden mundial, dignidad del trabajo frente a los peligros del desempleo, que Juan Pablo II retomó y desarrolló ampliamente (nn. 151-156). Son los temas en los que la prensa insistirá más, pero también son aquellos en los que la tensión doctrinal y religiosa debe llegar a un acuerdo con la contingencia de las situaciones y con la enormidad del trabajo que hay que realizar para contrarrestar o, al menos, reducir las preocupantes tendencias en curso. Son indicaciones que abren posibilidades, pero que también dicen que por nosotros mismos quizá no podamos lograrlo.

Esto explica el entrelazamiento en todo el texto (incluso en los últimos capítulos que pretenden ser más prácticos) entre las valoraciones éticas y operativas necesarias para controlar el fenómeno tras haberlo considerado controlable, y la idea de que aquí está en juego algo más poderoso, cuya solución requiere esta vez recurrir a una ayuda más que humana.