• LOS PAPAS Y LOS LIBROS DE COCINA/1

Sixto IV y Platina, un encuentro histórico para la gastronomía

A lo largo de los siglos, varios Pontífices han dejado –algunos más, otros menos- su huella en el arte y la literatura de la cocina. En particular, Sixto IV financió el primer libro impreso sobre gastronomía, “De honesta voluptate et valetudine”, escrito por Bartolomeo Sacchi, conocido como Platina, quien además de escribir sus propias recetas tradujo al latín las de un gran cocinero de la época: el Maestro Martino.
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Los Pontífices son monarcas y, como tales, además de dirigir espiritualmente a millones de fieles, también tienen obligaciones más “terrenales” como recibir a los invitados a su mesa. A lo largo de los siglos, los Pontífices han dejado su huella personal en la gastronomía y la literatura culinaria, unos más y otros menos.

Hoy hablamos de Sixto IV, que financió el primer libro impreso sobre gastronomía (un incunable), publicado hacia 1474: “De honesta voluptate et valetudine”, de Bartolomeo Sacchi, conocido como Platina. Pero quizás valga la pena conocer, a grandes rasgos, cómo fue posible que un Pontífice ayudara en la publicación de un tratado de cocina.

Nacido en Celle Ligure en 1414 con el nombre de Francesco della Rovere en el seno de una familia de la pequeña nobleza, ingresó muy joven –a los nueve años- en la Orden de los Frailes Menores Conventuales (franciscanos) a instancias de su madre. Estudió con provecho en el convento franciscano de Savona, hizo los votos a los 15 años y siete años después, en 1435, fue a estudiar teología a la Universidad de Bolonia. Demostró grandes dotes intelectuales y, una vez doctorado en Teología, enseñó en las grandes universidades de su tiempo: Bolonia, Siena, Padua, Florencia y  Pavía.

Además de su carrera académica, el hermano Francisco ascendió en la jerarquía de la orden franciscana: primero fue nombrado ministro de la provincia franciscana de Liguria (1460), y después ministro general de los franciscanos de Perugia el 19 de mayo de 1464. Gestionó el cargo con dedicación y firmeza de ánimo, manteniéndolo hasta 1469 con motivo del capítulo general celebrado en Venecia, consiguiendo eliminar a los individuos indignos y tratando de restaurar la moralidad en los distintos monasterios. Por esta infatigable actividad, el Papa Pablo II le recompensó creándole cardenal el 18 de septiembre de 1467.

Cuatro años más tarde lo encontramos de nuevo en el trono papal: tras la muerte de Pablo II, Francesco della Rovere fue elegido Papa por unanimidad, el 9 de agosto de 1471, por 18 cardenales reunidos en Cónclave.

Como Papa estuvo detrás de muchas cosas notables, materiales y espirituales: fomentó la devoción mariana, celebró el Jubileo de 1475, apoyó dos grandes cruzadas contra el Imperio Otomano, consintió y “corrigió” la Inquisición española, al frente de la cual confirmó al cardenal Torquemada, financió varias construcciones y edificios (entre ellos la Capilla Sixtina), haciendo pasar a Roma de la construcción medieval a la renacentista, pero sobre todo –y éste es el aspecto que más nos interesa- devolvió el oxígeno al humanismo en todas sus formas.

Su encuentro con Bartolomeo Sacchi (1421-1481) le llevó a reorganizar la Biblioteca Vaticana. Nombró a Platina prefecto (momento inmortalizado por Melozzo da Forlì en el espectacular cuadro de 1477 “Sixto IV nombra a Platina prefecto de la Biblioteca Vaticana”).

Platina había tenido malas relaciones con el anterior pontífice, Pablo II, que había suprimido el cuerpo de abreviadores, del que él era coordinador. Queriendo convencer al Pontífice de que reconsiderara su decisión, Platina le escribió una carta en la que defendía con todas sus fuerzas la profesión de abreviador, pero el resultado fue el opuesto: el Papa lo envió a prisión y lo acusó de herejía.

Como prisionero en Castel Sant'Angelo, Platina conoció al cardenal della Rovere, el futuro Sixto IV, que un día visitó la prisión (como hacía con los hospitales y otros lugares de sufrimiento humano). Aquel primer encuentro quedó en la memoria del cardenal que, una vez convertido en Papa, mandó llamar a Platina y le confió la Biblioteca.

Platina elaboró el primer catálogo razonado de la Biblioteca y tuvo la oportunidad de ver y tocar, uno a uno, los manuscritos que ya había reunido Nicolás V, pero que nunca antes se habían ordenado de forma lógica. Entre los cientos de manuscritos, uno en particular le llamó la atención: el recetario en lengua vernácula del Maestro Martino, un refinado cocinero nacido en la región del Tesino que sirvió a las grandes personalidades de su tiempo (Francesco Sforza en Milán, el cardenal Ludovico Trevisan, patriarca de Aquilea, apodado “cardenal Lucullo” por la pompa de sus banquetes, y el aristócrata y militar Gian Giacomo Trivulzio, donde terminó su carrera).

Pero las recetas del Maestro Martino son inmortales porque Platina las tradujo al latín en su ya mencionado “De honesta voluptate et valetudine”, que no es un recetario, sino un tratado de gastronomía renacentista. Unos años más tarde el libro se tradujo también al italiano: un ejemplar está disponible en la librería anticuaria Emporium (contact@emporium-art.com).

Platina y Sixto IV son, uno como laico, el otro como religioso, las dos caras de una misma moneda. Son dos hombres que, dentro de la experiencia de cada uno, dejaron para la posteridad cosas que los han hecho inmortales. Entre ellos se encuentra el tratado de cocina que fue compilado con amor por Platina (él mismo cocinaba muy bien, aunque no era cocinero), enriquecido con sus propias recetas (incluyendo recetas de ensaladas, algo raro para la época, porque sólo las comían los pobres), con mucha atención a la salud y a la influencia de los alimentos en ella. La fuerza innovadora del Maestro Martino empujó a Platina a emprender nuevos análisis sobre la gastronomía, la nutrición, el valor de los productos “locales” e incluso la utilidad de la actividad física regular.

Una vez terminado el libro, Sixto IV pagó su impresión. A lo largo de los siglos se reimprimiría otras veces y, además de la edición italiana, se publicaría también una edición francesa. Pero esa primera edición en latín sigue siendo una gran rareza. Merece la pena visitar la Biblioteca Vaticana para hojearla.

Además de “De honesta voluptate”, Platina escribió otros libros, especialmente sobre historia: “De príncipe”, “De vera nobilitate” y “De falso et vero et bono”. Y, por último, el “Liber de vita Christi ac omnium pontificum”, una recopilación de las biografías de los Papas, en la que aprovechó para arreglar algunas cuentas pendientes pintando a Pablo II con colores, cuanto menos, tétricos. Y es que la venganza es un plato que se sirve frío. Y Platina sabía un par de cosas sobre platos...

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