Santos Timoteo y Tito

La Iglesia conmemora el mismo día los santos obispos Timoteo e Tito, discípulos predilectos de san Pablo y destinatarios en conjunto de tres cartas «pastorales». Tanto en las dos epístolas a Timoteo como en la dirigida a Tito, se repiten las exhortaciones a defender la sana doctrina de los falsos maestros y la necesidad de perseverar en la fe y en las buenas obras, hasta el glorioso regreso de Jesucristo

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A partir de la reforma del Calendario romano general de 1969, la Iglesia conmemora el mismo día los santos obispos Timoteo e Tito, discípulos predilectos de san Pablo y destinatarios en conjunto de tres cartas «pastorales», llamadas así porque con ellas el Apóstol de las gentes instruyó a los dos pastores sobre los deberes que tiene quien guía una comunidad cristiana. Tanto en las dos epístolas a Timoteo como en la dirigida a Tito, se repiten las exhortaciones a defender la sana doctrina de los falsos maestros, la necesidad de perseverar en la fe y en las buenas obras, hasta el glorioso regreso de Jesucristo, que recompensará a quien habrá vivido observando su Palabra.

SAN TIMOTEO (c. 17-97). Además de en las cartas paulinas, se habla de él en los Hechos de los Apóstoles, donde es citado seis veces, introduciendo su figura al principio del capítulo 16, prólogo del segundo viaje misionero de Pablo, que «llegó a Derbe y luego a Listra. Había allí un discípulo que se llamaba Timoteo, hijo de una judía creyente, pero de padre griego». Es probable que Timoteo se convirtiera durante el primer viaje de Pablo, que ya había estado en Listra y que a su vuelta quiso que el discípulo, gran conocedor de las Sagradas Escrituras y sobre el que «daban buenos informes», partiera con él. Hizo que lo circuncidaran «por consideración a los judíos de la región», es decir, para facilitar el buen resultado de la misión, dirigida también a comunicar a los distintos judíos cristianos las decisiones tomadas en el Concilio de Jerusalén sobre la circuncisión, que a partir de entonces, explícitamente, no era obligatoria para los paganos conversos (cfr. Hch 15, 1-29).

Timoteo siguió a Pablo en sus viajes a Asia Menor y Grecia, recibiendo numerosos encargos del maestro. Le ayudó a evangelizar Corinto, fue enviado a Tesalónica para confirmar en la fe a la naciente Iglesia de este lugar, fue a Macedonia, enviado también por Pablo, que a continuación le pidió que permaneciera en Éfeso (Anatolia). Según la Historia eclesiástica de Eusebio, fue el primer obispo de la ciudad. La tradición refiere que murió mártir, lapidado por haber condenado públicamente el culto de Dioniso. Timoteo combatió hasta el final la buena batalla y testimonió a Cristo con las predicación y las obras, siguiendo la exhortación más célebre que le dirigió Pablo: «Pronuncia la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina […]. Pero tú sé sobrio en todo, soporta los padecimientos, cumple tu tarea de evangelizador, desempeña tu ministerio».

SAN TITO. Como Timoteo, también Tito fue llamado por Pablo «verdadero hijo en la fe que compartimos» (Tt 1, 4). Las intenciones que tenían en común, como su amistad fraterna, las podemos observar en la Segunda Epístola a los Corintios, en la que Pablo narra que a su llegada a Tróade «al no encontrar allí a Tito, mi hermano, no me quedé tranquilo». Los dos amigos después se vieron en Macedonia en un momento de gran tribulación para el Apóstol de las gentes, confortado por las noticias que el discípulo le contó sobre la comunidad cristiana de Corinto: «Nos comunicó vuestra añoranza, vuestro llanto, vuestro afán por mí, lo cual me alegró todavía más» (cfr. 2 Cor 7, 5-7). En la misma epístola se habla de la entrega a Tito de una colecta realizada entre los corintios, destinada a los pobres.

Tito, griego de origen pagano, había acompañado anteriormente al maestro al Concilio de Jerusalén, donde no se le obligó a la circuncisión (Gal 2, 1-10) gracias a la defensa de Pablo contra la línea de los fariseos conversos al cristianismo y, también, gracias a los discursos de Pedro (el cual, mientras tanto, había sido testigo de la bajada del Espíritu Santo en casa de Cornelio, el centurión converso) y Santiago, signo de que la Iglesia había sido enriquecida por la verdad sobre el Bautismo como «circuncisión de Cristo» en la Nueva Alianza. Por las cartas paulinas sabemos que predicó en Dalmacia, donde aún hoy es venerado. Ya era jefe de la Iglesia de Creta cuando recibió la carta pastoral de Pablo, que tras ponerle en guardia contra los falsos maestros le recomendó que enseñara a los creyentes la necesidad de una vida coherente en todo con la fe.

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