Santos Luis Versiglia y Calixto Caravario, mártires

Salesianos, ambos estaban muy vinculados al carisma de san Juan Bosco

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Cuando estos dos salesianos enamorados de Cristo se conocieron en 1921, monseñor Luis Versiglia (1873-1930) estaba de paso en Turín y ya tenía a sus espaldas 15 años de misión en China; por el contrario, Calixto Caravario (1903-1930) era un joven apasionado de 18 años que deseaba ser sacerdote y dedicarse a la vida misionera: «Pronto me reuniré con usted en China. Juntos haremos conocer la luz de Cristo», había dicho Calixto en esa ocasión. Ambos estaban muy vinculados al carisma de san Juan Bosco.

Monseñor Versiglia, que fue enviado a estudiar en los salesianos de Turín cuando tenía 12 años, había tenido la gracia de conocer a don Bosco, el cual un día le había dicho: «Ven a verme, tengo que decirte algo». No hubo ocasión porque el gigante de la caridad murió poco tiempo después, pero el adolescente Luis se quedó muy asombrado por esas palabras y pronto maduró en él la vocación sacerdotal. Fue ordenado en 1895. Partió para China en 1906 y se estableció en Macao, donde fundó la casa madre de los salesianos, base para las actividades de evangelización y de ayuda a los más necesitados. En la ciudad lo llamaron «padre de los huérfanos». Extendió su apostolado a la región limítrofe de Guangdong, en particular a Shaoguan, convirtiéndose en su primer obispo en 1920. En la nueva diócesis el santo fundó un seminario, un orfanato, una casa de reposo para ancianos, varias escuelas y multiplicó los esfuerzos para la enseñanza del catecismo. Tres mil personas recibieron el bautismo y surgieron varias vocaciones.

San Luis Versiglia consiguió hacer todo esto en una fase muy difícil para China; efectivamente el 1 de enero de 1912 se había proclamado la República china, acabando con la época imperial. La inestabilidad de la recién creada república se agravó con las infiltraciones de los comunistas soviéticos que, en 1927, fueron declarados bandidos por el general Chiang Kai-shek, acción que marcó el inicio de una larga guerra civil. En ese clima, la vida de los extranjeros y, especialmente, la de los misioneros cristianos, expuestos a las violencias de los bandoleros y, también, al odio hacia el cristianismo por parte de la ideología comunista, no era para nada simple. Así, cuando un amigo sacerdote venido de Italia le entregó al santo el cáliz con el que don Paolo Albera (1845-1921) había celebrados sus 50 años de sacerdocio, Versiglia recordó una visión revelada por don Bosco a los salesianos en 1885: «Don Bosco vio que cuando en China un cáliz estuviera lleno de sangre, la Obra Salesiana se difundiría maravillosamente en medio de este pueblo inmenso. Tú me traes el cáliz que el padre ha visto: a mí me toca llenarlo de sangre para llevar a cabo la visión».

San Calixto Caravario estaba animado por una conciencia similar, y mantuvo la promesa embarcando hacia China en los años 20. Fue ordenado sacerdote en este país por el propio Versiglia en 1929. Esto le escribía el joven en una de sus conmovedoras cartas a su madre: «Tu Calixto ya no es tuyo, debe ser completamente del Señor, dedicado totalmente a su servicio. […] Mi sacerdocio, ¿será breve o largo? No lo sé, lo importante es que yo haga el bien y que al presentarme ante el Señor puede decir que la gracia que Él me dio ha dado buen fruto».

El momento de dar testimonio de Cristo con su sacrificio llegó en febrero de 1930, cuando Versiglia decidió visitar a la pequeña comunidad cristiana de Lin Chow, en una zona devastada por la guerra civil: «Si esperamos que los caminos sean seguros, no iremos nunca». Junto al obispo partieron también don Calixto, dos maestros con sus hermanas más pequeñas y una catequista de 22 años. Tras el primer trayecto en tren, al grupo se añadieron una catequista anciana y un niño. El viaje prosiguió en barca, pero una decena de hombres armados les detuvieron el 25 de febrero. Puesto que los misioneros no tenían los 500 dólares que los piratas exigían, decidieron raptar a las tres jóvenes, que los dos santos intentaron proteger: «Cogednos a nosotros, os suplicamos que salvéis a estas jóvenes». Los bandidos los pegaron y los llevaron a un bosque, donde uno de ellos dijo: «Hay que destruir a la Iglesia católica».

Monseñor Luis y don Calixto, que ya estaban muy unidos, se pusieron a rezar en voz alta; fueron interrumpidos sólo por los tiros que pusieron fin a sus vidas terrenas. Las tres jóvenes tuvieron que irse obligatoriamente con los criminales, pero fueron liberadas por el ejército cinco días más tarde y testimoniaron la fortaleza con la que los dos salesianos habían afrontado el martirio. Una fortaleza que asombró a los verdugos. Uno de ellos incluso llegó a decir: «Es inexplicable, hemos visto a tantos… todos temen la muerte. Estos dos, en cambio, han muerto contentos». Como resucitados.

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