Santos J. Houghton, R. Lawrence, A. Webster, R. Reynolds

Fueron los primeros en sufrir el martirio por haberse negado a prestar juramento al Acta de Supremacía de 1534, que declaró el rey Enrique VIII jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra

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Los santos recordados hoy fueron los primeros en sufrir el martirio por haberse negado a prestar juramento al Acta de Supremacía de 1534, que declaró el rey Enrique VIII jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra.

Se trata de los protomártires cartujos Juan Houghton, Roberto Lawrence y Agustín Webster y del monje brigidino Ricardo Reynolds, todos martirizados el 4 de mayo de 1535. Los cuatro forman parte del grupo de los “Cuarenta santos mártires de Inglaterra y Gales”, religiosos y laicos, hombres y mujeres de diversas clases sociales pero unidos por la fe católica, que ofrecieron su vida como testimonio de Cristo en fechas y épocas diferentes (entre 1535 y 1679). Pablo VI los canonizó a todos juntos el 25 de octubre de 1970. Los 40 son solo una parte de los cientos de mártires reconocidos, entre los santos y beatos, también ellos víctimas de las persecuciones anticatólicas que se desencadenaron después del Cisma Anglicano.

Después de las segundas nupcias ilegítimas con Ana Bolena y la nueva Ley de Sucesión, Enrique VIII buscó obtener el consenso de sus súbditos, a partir de los que tenían mayor influencia sobre el pueblo. Uno de sus primeros objetivos fue la cartuja de Londres, conocida por la austeridad de vida de los monjes, donde era prior Juan Houghton. Él pidió que su comunidad fuera exonerada de la obligación del juramento a la nueva ley, que afirmaba anular el matrimonio de Enrique (nunca disuelto por el Papa) con Catalina de Aragón. La exención no se le otorgó y, por lo tanto, fue encarcelado en la Torre de Londres junto con su hermano Humphrey Middlemore (también martirizado). Los dos cartujos fueron liberados un mes después, en mayo de 1534, después de haber sido convencidos de la conciliación entre el juramento y el catolicismo, debido a la cláusula “en la medida en que lo permite la ley de Cristo”. Toda la Cartuja juró, en presencia de un gran contingente armado.

El problema surgió nuevamente al año siguiente, cuando se pidió a los religiosos que aceptaran la supremacía del rey sobre la Iglesia de Inglaterra, rechazando así la autoridad del Papa. Houghton y otros dos prisioneros cartujos, Roberto Lawrence y Agustín Webster, pidieron que se les dispensase de ese juramento inaceptable, pero Tomás Cromwell los encerró en la Torre de Londres. En los mismos días, Ricardo Reynolds, un brigidino conocido por su santidad de vida y erudición, fue capturado: conocía bien el hebreo, el griego y el latín y su monasterio conservaba 94 de sus escritos. Reynolds, en el juicio del 28 de abril de 1535, declaró: “Para estar de acuerdo con mi conciencia y con la de aquellos que están presentes aquí conmigo, declaro que nuestra fe tiene mayor peso y está respaldada por mayores testimonios que los vuestros, porque en vez de los pocos testimonios que habéis obtenido del Parlamento de este reino, yo tengo de mi lado a todo el mundo cristiano”.

El 4 de mayo, los religiosos fueron conducidos desde la Torre de Londres al patíbulo de Tyburn, cerca del actual Marble Arch. Desde la celda de su prisión, Tomás Moro, que en breve se convertiría en mártir, observó la escena y le dijo a su hija: «¿Mira, Meg, estos santos padres se dirigen a la muerte con tanta alegría como los esposos al matrimonio!». Houghton fue el primero en sufrir el martirio: fue ahorcado, arrastrado y descuartizado, según el procedimiento reservado a los condenados por alta traición. Antes de que la cuerda dejara de asfixiarlo, tiraron de él hacia abajo y, cuando los verdugos comenzaron a abrir su pecho, rezó así: “Oh Jesús, ¿qué harás con mi corazón?”. Luego se procedió a ejecutar a los otros compañeros del martirio, entre los cuales también estaba el beato Juan Haile, sacerdote en Isleworth, el mismo suburbio en el que estaba ubicado el monasterio de Reynolds. Este último, como dirá el cardenal Pole en base a la historia que le contó un testigo ocular, “ofreció la cabeza a la horca mortal como si le estuvieran poniendo un collar real en lugar de un instrumento de muerte”.

Trozos de los cuerpos de los cinco mártires fueron colgados en diferentes partes de Londres para infundir terror entre los católicos. A pesar de ello, muchos otros siguieron su ejemplo, profesando hasta el final la única fe en Cristo.

Para saber más:

Homilía de Pablo VI con ocasión de la canonización de los 40 mártires de Inglaterra y Gales (en italiano e inglés)

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