Santos Áquila y Priscila

Se encuentran entre los primeros grandes ejemplos de esposos cristianos. A los santos Áquila y Priscila se les conoce por el trabajo que realizaron en la Iglesia naciente y la gran ayuda brindada a san Pablo

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Se encuentran entre los primeros grandes ejemplos de esposos cristianos, perseverantes en la fe y unidos tanto en las alegrías como en las adversidades. A los santos Áquila y Priscila (diminutivo de Prisca) se les conoce por el trabajo que realizaron en la Iglesia naciente y la gran ayuda brindada a san Pablo, quien en la Carta a los Romanos nos dejó un hermoso elogio de estos dos cónyuges: «Saludad a Prisca y Áquila, mis colaboradores en la obra de Cristo Jesús, que expusieron sus cabezas por salvar mi vida; no soy yo solo quien les está agradecido, también todas las iglesias de los gentiles. Saludad asimismo a la Iglesia que se reúne en su casa» (Rom 16, 3-5).

Su hogar en Roma era, por lo tanto, una domus ecclesiae («casa de la asamblea» o «casa de la iglesia»). Es decir, una de esas casas donde los cristianos de los primeros siglos se reunían para orar, escuchar la Palabra de Dios y celebrar la Eucaristía, antes de que su libertad de culto fuera reconocida por el Imperio Romano, con los edictos de 311 y 313.

Los Hechos de los Apóstoles presentan los personajes de Áquila y Priscila en el capítulo 18 (Hch 18, 1-3), que habla de la llegada de Pablo a Corinto durante su segundo viaje misionero (50-52 d.C.). Áquila era judío y, junto con su esposa Priscila, había llegado recientemente a la ciudad griega desde Italia. Los cónyuges tuvieron que abandonar Roma por orden del emperador Claudio, que desterró a todos los judíos de la capital del imperio alrededor del año 49. Según el Synaxario Constantinopolitano (que los conmemora como «apóstoles y mártires» el 13 de febrero) fueron bautizados por Pablo. Aunque es posible que Áquila y Priscila ya fueran cristianos cuando encontraron a Pablo en Corinto, habiendo así beneficiado del anuncio de Cristo a Roma. De hecho, según san Jerónimo, Pedro había llegado por primera vez «en el segundo año de Claudio», es decir, en el año 42. En cualquier caso, es seguro que acogieron a Pablo en su casa de Corinto y el apóstol se dedicó a lo que era su trabajo común, hacer tiendas de campaña.

Después, Áquila y Priscila se establecieron en Éfeso, donde Pablo se separó temporalmente de ellos para continuar su viaje. En ese espacio de tiempo llegó a la ciudad san Apolo, el culto predicador alejandrino que conocía bien las Escrituras y enseñaba fervientemente todo lo que en el Antiguo Testamento se refiere a Jesús, a pesar de haber recibido tan solo el bautismo de Juan. Fueron los dos cónyuges quienes instruyeron a Apolo con mayor exactitud en el camino de Dios, alentando su intención de irse a Acaya. Incluso en Éfeso, donde Pablo regresó más tarde, la casa de Áquila y Priscila sirvió como una pequeña iglesia doméstica para la comunidad cristiana, como el apóstol escribió dirigiéndose a los Corintios (1 Cor 16, 19).

Los dos esposos vivieron los disturbios causados por el orfebre Demetrio, que fabricaba pequeños templetes de Artemisa, por lo que las muchas conversiones a Cristo representaban una amenaza para su negocio. Quizás fue en aquella ocasión que salvaron a Pablo, el cuál hubiese querido «presentarse a la multitud» para calmarla, «pero los discípulos no le dejaban» (Hch 19, 30). Los desplazamientos de Áquila y Priscila continuaron, los dos se establecieron por segunda vez en Roma y luego, a partir de los saludos que aparecen en la Segunda carta a Timoteo, sabemos que regresaron a Éfeso (2 Tim 4, 19).

En resumen, Áquila y Priscila presentan una vida matrimonial que fue medio de santificación en el trabajo y en la fe. Siempre al servicio del Señor y con la alegría de compartir la riqueza que habían descubierto con los demás. Como dijo Benedicto XVI en una catequesis sobre los dos santos: «Ciertamente, a la gratitud de esas primeras Iglesias, de la que habla san Pablo, se debe unir también la nuestra, pues gracias a la fe y al compromiso apostólico de fieles laicos, de familias, de esposos como Priscila y Áquila, el cristianismo ha llegado a nuestra generación. No sólo pudo crecer gracias a los Apóstoles que lo anunciaban. Para arraigar en la tierra del pueblo, para desarrollarse ampliamente, era necesario el compromiso de estas familias, de estos esposos, de estas comunidades cristianas, de fieles laicos que ofrecieron el “humus” al crecimiento de la fe. Y sólo así crece siempre la Iglesia. Esta pareja demuestra, en particular, la importancia de la acción de los esposos cristianos.  […] Así sucedió en la primera generación y así seguirá sucediendo».

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