Santo Domingo de Guzmán

Enseñó a sus frailes que «nuestro estudio debe apuntar, sobre todo, a hacernos útiles a nuestros hermanos con ardor y con toda nuestra energía», con el objetivo de salvar almas

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Santo Domingo de Guzmán (1170-1221) fundó la Orden de los Frailes Predicadores, comúnmente llamados dominicos. Nació en una familia acomodada en un pequeño pueblo de Castilla la Vieja. Su madre fue la beata Juana de Aza. Ella misma eligió el nombre de su hijo en agradecimiento a santo Domingo de Silos († 1073), después de una peregrinación en la que rezó en su tumba para comprender un sueño que tuvo durante su embarazo. Había soñado con un perro que salía de su vientre con una antorcha encendida. Gracias a la intercesión del santo, entendió que su hijo prendería fuego al mundo con el fuego de Jesús, a través de la predicación. Cuando era adolescente, fue a Palencia para estudiar humanidades y teología, demostrando ya un talento increíble. En una ocasión, angustiado por el sufrimiento que estaba causando la hambruna, no dudó en vender sus preciosos pergaminos para ayudar a los pobres: «¿Cómo puedo estudiar sobre la piel muerta, mientras tantos de mis hermanos se están muriendo de hambre?», dijo a aquellos que no entendieron su opción. Ya entonces ardía de amor por Jesús y María.

Fue ordenado sacerdote a los 24 años. Al inicio de su ministerio continuó profundizando en la Biblia y los escritos de los Santos Padres, alternando el estudio y la intimidad con Dios. Era como si caminara escondido en los caminos de la Providencia, esperando sus frutos. Domingo tenía ya 33 años cuando, en 1203, acompañó a su obispo en un viaje diplomático a Dinamarca. Pasando por el sur de Francia, constató en vivo la propagación de la herejía cátara y quedó fascinado por el entusiasmo de los cristianos del norte de Europa, que estaban deseando ir al este para anunciar el Evangelio. Tres años después, regresando de un segundo viaje por tierras danesas, fue a ver a Inocencio III. El papa orientó el celo misionero de Domingo para que se dirigiera hacia el Languedoc francés, justo el mayor feudo de los cátaros o albigenses. Estos cometieron muchos y peligrosos errores, utilizando la pobreza como excusa para rebelarse contra la Iglesia. Además, rechazaban la Encarnación negando los sufrimientos de Jesús en Su santa humanidad.

El santo, con auténtica humildad, se dedicó a mantener innumerables disputas públicas y conversaciones personales, para así poder convertir a los que habían caído en la herejía. Muchos volvieron a la Iglesia convencidos por la caridad y la sabiduría de Domingo, quien con su ejemplo de vida pobre y simple (también encarnado por otro personaje principal de esos años: san Francisco de Asís) desmanteló de antemano el arma principal de los cátaros. Según lo que contó el beato Alano de la Rupe, a Domingo se le facilitaron las cosas por la difusión del rosario, el “arma” que Nuestra Señora le dio en 1212 después de que él le pidiese un medio no violento para vencer a los albigenses.

Mientras tanto se habían unido a él otros hombres de Iglesia, por lo que le vino la idea de fundar un nuevo instituto religioso: la Orden de los Frailes Predicadores, que fue aprobada oralmente por Inocencio III y más tarde, el 22 de diciembre de 1216, por su sucesor Honorio III. Los dominicos adoptaron la Regla de San Agustín, a la que incorporaron sus propias Constituciones basadas en la pobreza mendicante y el estudio dirigido a la predicación.

Santo Domingo enseñó a sus frailes que «nuestro estudio debe apuntar, sobre todo, a hacernos útiles a nuestros hermanos con ardor y con toda nuestra energía», con el objetivo de salvar almas. Premisa indispensable es el tiempo dedicado a Dios, porque «el fraile predicador adquiere en la contemplación lo que luego da en la predicación», según la enseñanza que el ilustre dominico, santo Tomás de Aquino, recoge en la máxima: Contemplari et contemplata aliis tradere («Contemplar y transmitir a los otros las cosas contempladas»). Enviados por su fundador, los dominicos comenzaron a extenderse por Europa, especialmente por los principales centros universitarios de la época, como París y Bolonia. Fue precisamente en Bolonia donde Domingo, vestido con un hábito viejo lleno de remiendos y agotado por los trabajos apostólicos, entregó su alma al Padre Celestial a la edad de 51 años. Era el 6 de agosto de 1221. Junto a él estaban sus hermanos de comunidad que vieron brillar su rostro.

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