Santas Perpetua y Felicidad

El culto a Felicidad y Perpetua se difundió immediatamente en toda la cristiandad y su dies natalis fue incluido en el Depositio martyrum, el antiguo calendario de la Iglesia de Roma, que se remonta al año 336

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Las páginas que componen la Pasión de Perpetua y Felicidad son un relato extraordinario sobre la fe de los primeros cristianos. Perpetua y Felicidad son de las más ilustres santas africanas, condenadas al martirio por el emperador Septimio Severo, junto a Revocato, Saturnino, Segundo y Sáturo. Dado que Sáturo no estaba presente en el momento del arresto de sus cinco compañeros cristianos, simples catecúmenos que se habían convertido gracias a él, se entregó espontáneamente a las autoridades, por lo que fue encerrado también él en la cárcel de Thuburbo Minus, la actual Tebourba, en Túnez. Su Passio, en la versión original en latín (existe otra posterior, en griego), es un documento compuesto por un prólogo, el relato directo de santa Perpetua en los días de reclusión, un relato más breve de san Sáturo y, por último, la narración del martirio (atribuida a su contemporáneo Tertuliano), que tuvo lugar el 7 de marzo de 203, el día del cumpleaños de Geta, hijo del emperador.

Perpetua era una noble de unos 22 años, madre de un niño al que aún amamantaba. El padre de la santa era un pagano que, en los días en que su hija estuvo en la cárcel, intentó en varias ocasiones que renegara de Dios. El diario que Perpetua escribió durante su encarcelamiento nos ofrece la perspectiva interior de la santa, con todo su dolor ante la falta de fe de su padre, «el único de toda mi familia que no se alegra por mi martirio» y al que había intentado hacerle comprender que quitarle el amor por Cristo significaba negar su propia identidad: «No puedo llamarme de un modo distinto a lo que soy: cristiana». Una cristiana consciente del combate espiritual que había que vencer, para conquistar las alegrías celestiales.

Es famosa su visión de una estrecha escalera de bronce que se alzaba hasta el cielo, a los lados de la cual «había espadas, lanzas, garfios, sables, estoques» que laceraban la carne de quienes subían sin mantener fija la mirada en lo alto. A los pies de la escalera había un dragón enorme, símbolo de Satanás, que tendía asechanzas a todo el que intentaba subir. Perpetua se vio a sí misma en el acto de empezar a subir, poniendo su pie sobre la cabeza del dragón «como si fuera el primer escalón», y subiendo hasta llegar a un inmenso jardín poblado por miles de almas vestidas de blanco, y en el que un hombre canoso vestido como un pastor la acogía diciendo: «Bienvenida, hija mía». También tuvo una visión de las penas del Purgatorio, en la que estaba inmerso su hermano Dinocrates, que había fallecido a los siete años, al que consiguió liberar con sus fervientes oraciones. Mientras tanto, los cinco catecúmenos recibieron el bautismo.

Felicidad, en cambio, era una esclava en el octavo mes de embarazo, que en la cárcel se afligió ante la idea de que se pospusiera su martirio: la ley romana prohibía la ejecución de una mujer embarazada y ella temía ser asesinada junto a delincuentes. Tres días antes de la fecha fijada para el martirio (Segundo murió en la cárcel), rezó con Perpetua y los otros compañeros cristianos: le llegaron los dolores del parto y dio a luz a una niña que «una hermana suya crió como si fuera su hija». A un carcelero que se burló de ella durante los dolores del parto, y le preguntó cómo soportaría a las bestias feroces, respondió: «Ahora soy débil porque la que sufre es mi pobre naturaleza. Pero cuando llegue el martirio me acompañará la gracia de Dios, que me llenará de fortaleza».

La fortaleza mostrada en los días de encarcelamiento por todos los futuros mártires fue tal que Pudente, un soldato que supervisaba la cárcel, se convirtió y con él creyeron muchos de los que tuvieron posibilidad de escucharlos. El 7 de marzo, tras haber sido trasladados a una cárcel militar, fueron llevados al anfiteatro de Cartago para ser entregados a las bestias. A Perpetua y Felicidad les tocó una vaca enloquecida. La noble cristiana, que había entrado en el estadio «como una esposa de Cristo, una predilecta de Dios», en cuanto fue golpeada por primera vez se levantó con gran compostura y, al ver a Felicidad postrada, se acercó a ella, le dio la mano, la levantó y «ambas se mantuvieron en pie».

Como es comprensible, el culto a Felicidad y Perpetua se difundió immediatamente en toda la cristiandad y su dies natalis fue incluido en el Depositio martyrum, el antiguo calendario de la Iglesia de Roma, que se remonta al año 336. Las dos santas están, además, entre las siete antiguas mártires invocadas en el Canon romano, la principal oración eucarística en uso en la Iglesia católica desde los primeros siglos, lo que confirma la admiración que siempre se ha sentido por las virtudes de Felicidad y Perpetua, esposas y madres que amaron a Cristo crucificado y resucitado como Él pidió ser amado.

Patronas de: las madres y las mujeres embarazadas

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