Santa Mónica

Modelo ejemplar de esposa y madre, santa Mónica nos recuerda con fuerza el sentido de nuestra vida aquí. Es patrona de mujeres casadas, madres, viudas

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El modelo ejemplar de esposa y madre que responde al nombre de santa Mónica (331-387) nos recuerda con fuerza el sentido de nuestra vida aquí, es decir, la conquista de la salvación eterna, hacia la que ella guió con amor indecible a sus seres queridos. De hecho, santa Mónica resultó determinante en la conversión de su marido y de su hijo más célebre, san Agustín. «Debo a sus méritos todo lo que estoy viviendo», dijo de ella un ya converso Agustín en su obra en forma de diálogo, La vida feliz, en la que su madre interviene en más de una ocasión hablando de Dios. Sin embargo, es en el escrito más famoso del obispo de Hipona, Las Confesiones, donde se puede leer el retrato más hermoso de la santa, que entrelaza con su larga y ardua búsqueda de la verdad.

Mónica nació en una familia cristiana y, siendo joven, se casó con Patricio, un pagano de Tagaste (la actual Souk Ahras, en Argelia), hombre afectuoso pero irascible. Toleró sus infidelidades, aprendió a no responder a sus ataques de furia, que nunca degeneraron en violencia física gracias a su sabiduría en esperar el momento oportuno para hablar con él. Este ejercicio de paciencia y sacrificio esponsal estaba acompañado por la oración, en la que pedía la conversión de su marido. Patricio se bautizó en el año 371 y cambió totalmente. Murió al año siguiente. El matrimonio tuvo tres hijos: el primogénito Agustín (354-430), después Navigio y, por último, una hija de la que se ignora el nombre pero que se sabe llegó a ser abadesa en el monasterio femenino de Hipona.

Ya viuda, fue la vida disoluta de Agustín la que le ocasionó el mayor sufrimiento. El futuro santo, durante sus estudios de retórica en Cartago, conoció a una mujer con la que convivió quince años y con la que tuvo, en el año 372, un hijo, Adeodato. La adhesión de Agustín al maniqueísmo hizo que su madre, con espíritu de corrección amorosa y firme, no le dejara entrar en casa, hasta que un sueño premonitorio le hizo comprender que su hijo volvería al camino justo. Mónica recibió de Dios la gracia de comprender cuáles de sus visiones e inspiraciones venían de Él y cuáles no. Además, confiaba en lo que le dijo un día el obispo de Tagaste: «Es imposible que el hijo que hace derramar tanta lágrimas se pierda». Mónica ofrecía continuamente oraciones y lágrimas a Dios por la salvación de su hijo, que sin embargo no dejaba de causarle sufrimiento, como cuando, tras engañar a su madre, a la que dejó en África, se fue con su conviviente y Adeodato a Roma.

Al final, en el año 385, también Mónica se embarcó y se reunió con Agustín en Milán. En esta ciudad, su hijo estaba abandonando poco a poco sus errores gracias a san Ambrosio. La santa empezó a amar al obispo de Milán «como un Ángel del Señor […]. Por mi salvación ella lo amaba tanto». Y Ambrosio le devolvía este afecto alabándola cada vez que veía a Agustín. Este, aunque cayó en alguna otra ocasión en los placeres carnales, con la ayuda de Ambrosio, la lectura de san Pablo y las oraciones continuas de su madre acogió definitivamente la Gracia. El 25 de abril del 387, en la Vigilia Pascual, Agustín recibió el bautismo de manos de Ambrosio junto a su amigo (san) Alipio y su hijo Adeodato. La misión de Mónica, que se había ocupado no solo de sus hijos sino «de todos como si fuera su madre», se había realizado.

Pocos meses más tarde, ya en Ostia, tras algunos coloquios sobre los bienes celestes, le dijo a Agustín: «Hijo mío, por lo que a mí respecta, ninguna cosa me deleita ya en esta vida. No sé qué hago ya aquí ni por qué estoy aquí, agotada ya mi esperanza de este mundo. Una sola cosa había por la que deseaba quedarme un poco más en esta vida: para verte cristiano católico antes de morir. Y Dios me concedió esto con superabundancia generosa, ya que, abandonada la felicidad terrena, te veo ya como servidor Suyo. ¿Qué hago, pues, ya aquí?». Contrajo una fiebre grave y, tras ocho días de enfermedad, el 27 de agosto del 387, a la edad de 56 años, pudo contemplar el rostro de Aquel a quien había buscado - y enseñado a buscar - durante toda su peregrinación terrenal.

Patrona de: mujeres casadas, madres, viudas

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