Santa María Goretti

“La pequeña y dulce mártir de la pureza” (Pío XII) prefirió la muerte terrenal a pecar con quien se convirtió en su verdugo

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La vida heroica de santa María Goretti (1890-1902) es una antología de virtud, rica en enseñanzas ahora olvidadas por el mundo, e incluso ridiculizadas. “La pequeña y dulce mártir de la pureza” (como la llamó Pío XII al canonizarla) prefirió la muerte terrenal a pecar con quien se convirtió en su verdugo.

La segunda de los seis hijos de Assunta Carlini y Luigi, dos humildes trabajadores, nació el 16 de octubre en el pequeño pueblo de la región de Las Marcas, Corinaldo, recibiendo el bautismo 24 horas después de su nacimiento. Sus padres tenían una gran fe y, como dijo su madre, se encargaron de darles a sus hijos una educación “para que pudieran crecer como buenos cristianos”. Marietta, como la llamaban, recibió la confirmación con menos de seis años de edad. En octubre de 1897 se mudó con su familia a Paliano (Lacio), donde sus padres, aceptando la propuesta del terrateniente y senador Giacinto Scelsi, trabajaron como aparceros junto a Giovanni Serenelli y el joven hijo Alessandro, huérfano de madre.

En 1899, ella y su familia se vieron obligados a mudarse nuevamente y, junto con la familia Serenelli, se establecieron en la granja de un conde, en medio de las Lagunas Pontinas. En esa zona la malaria era mortal y, tan solo un año después, el padre de la santa murió. Esto supuso un verdadero drama familiar para los Goretti. La madre, Assunta, se quedó sola con sus seis hijos, por lo que tuvo que reemplazar a su esposo en el trabajo de campo, mientras que Marietta se dedicó a las tareas del hogar. Era ella, aunque llena de dolor, la que daba fuerzas a su madre con su confianza en la Providencia: «Madre, no te preocupes, Dios no nos abandonará». Buscó a Dios y lo encontró en la vida cotidiana. Se levantaba temprano por la mañana, antes que los demás, decía sus oraciones, cuidaba el gallinero, preparaba el desayuno, despertaba a sus hermanos, los ayudaba a prepararse para el día y los hacía rezar.

Tenía un amor filial por la Virgen. Por la noche, se arrodillaba con sus hermanos para rezar el Rosario, «indispensable para ella como el aire que respiraba», tal como testificó su madre, a quien los vecinos a menudo le decían: «¡Qué ángel de hija tienes!». Marietta no podía leer, pero tenía un gran deseo de aprender «la doctrina» para poder hacer cuanto antes la Primera Comunión, que generalmente se recibía solo después de los 12 años. Hizo muchos sacrificios para poder ir al catecismo, que luego enseñaba con entusiasmo en su familia. El 16 de junio de 1901, recibió a Jesús Eucaristía por primera vez. Fue entonces cuando maduró su propósito de morir antes que pecar, algo común a otros santos muy jóvenes, como Domingo Savio. La Misa del domingo constituyó su mayor alegría y nada le impidió participar, ni los once kilómetros de distancia, que tenía que realizar a pie, ni el clima.

Aprovechando la ausencia del padre, la familia Serenelli reveló su peor lado. El anciano Giovanni asedió sin éxito a Assunta («atreviéndose a hacer propuestas infames») y a menudo dejó que los Goretti pasaran hambre. Su hijo Alessandro tentó varias veces a Marietta, quien siempre rechazó sus avances, deseando permanecer casta. El 5 de julio de 1902, Alessandro, que entonces tenía veinte años, arrastró con fuerza a la niña a la cocina, y a ella se la oyó decir: «No, no, Dios no quiere, si haces esto, ¡irás al infierno!». Cegado por la ira, la golpeó repetidamente con un punzón, infligiéndole catorce heridas. Durante los desesperados intentos de salvarla en el hospital, Marietta invocaba continuamente a la Virgen. Ella permaneció lúcida y serena, a pesar de los dolores atroces. El 6 de julio le colgaron una medalla en el cuello, que establecía su admisión en las Hijas de María. En ese instante los presentes vieron su rostro iluminarse. Finalmente, el sacerdote le preguntó si había perdonado a Serenelli: «Sí, por el amor de Jesús, lo perdono y quiero que venga conmigo al Cielo». A las 15:43 de ese mismo día, con 11 años y 8 meses de edad, la virgen y mártir María Goretti entró en la gloria eterna.

Las gracias de su santidad se manifestaron pronto. Serenelli pasó 27 años en prisión, pero en 1906 vio a la santa que le ofrecía lirios en un sueño. Después de salir de prisión, le pidió perdón a Assunta. Trabajó como jardinero de los capuchinos y el 24 de junio de 1950 estuvo presente en la canonización de María. La multitud de fieles fue tal que, por primera vez, la celebración religiosa tuvo lugar en la Plaza de San Pedro. Assunta, que era mayor, asistió al evento desde una ventana del Palacio Apostólico, convirtiéndose en la primera madre en la historia en escuchar la proclamación de la santidad de su hija.

La Providencia colocó a María Goretti como lámpara para hacer brillar la luz de Cristo, antes de que las virtudes cristianas fielmente encarnadas por ella - la castidad, la obediencia a los padres y hasta el sacrificio por los bienes eternos - fueran despreciadas por los movimientos feministas y el 68, a los que nada importaba la eternidad. Virtudes que, en cambio, Serenelli miraba con agradecimiento.

El asesino convertido escribió en su testamento espiritual: «Soy un anciano de casi ochenta años y estoy listo para partir. Echando una ojeada a mi pasado, reconozco que en mi primera juventud escogí el mal camino, el camino del mal que me llevó a la ruina. Veía a través de la prensa, los espectáculos y los malos ejemplos que la mayoría de los jóvenes siguen ese mal camino, sin reflexionar. Y yo hice lo mismo [...]. María Goretti, ahora una santa, fue el ángel bueno que la Providencia puso ante mis pasos. Todavía tengo impresas en mi corazón sus palabras de reproche y de perdón. Ella rezó por mí, intercedió por mí, su asesino. [...] María fue realmente mi luz y mi protectora; con su ayuda me porté bien y traté de vivir honestamente cuando fui aceptado nuevamente entre los miembros de la sociedad [...]. Desearía que quienes lean estas líneas aprendan la estupenda enseñanza de evitar el mal y de seguir siempre el buen camino, desde la niñez. Que piensen que la religión, con sus mandatos, no es algo que pueda dejarse de lado, sino que es el verdadero consuelo, la única vía segura en todas las circunstancias, también en las más dolorosas de la vida. ¡Paz y bien!».

Más información:

Extracto de Marietta. La piccola grande storia di santa Maria Goretti, Giovanni Alberti, Shalom, 1970 (en italiano)

 

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