Santa Julia Billiart

Fundó una congregación llena de vocaciones, las Hermanas de Nuestra Señora de Namur

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La francesa Julia Billiart (1751-1816) fundó una congregación llena de vocaciones, las Hermanas de Nuestra Señora de Namur. Desde pequeña tuvo una tal relación con Dios que el obispo de Gand, monseñor Maurice de Broglie, le dirá a la santa que había salvado más almas gracias a la transmisión a las religiosas de su riquísima vida interior que a través de su fervorosa actividad apostólica.

Sexta de siete hijos, recibió una educación básica, pero cuando tenía siete años ya se sabía el Catecismo de memoria. Le gustaba reunir a los demás niños a su alrededor y compartir con ellos el contenido de la fe. A los 14 años hizo voto de castidad. Por sus virtudes, ya en su juventud la llamaban «la santa de Cuvilly», su pueblo natal en la región de la Alta Francia. Se iba encomendando más a Dios a medida que pasaban los años, durísimos, de las pruebas físicas. En 1774 sufrió un shock nervioso cuando un desconocido, tal vez un rival en los negocios, disparó a su padre. A los 31 años, a causa de una enfermedad que no había sido bien curada, se quedó paralítica de piernas. En este periodo, Julia recibió la Eucaristía a diario y maduró una tal inclinación a la oración que dedicaba 4-5 horas al día a la contemplación de Dios. Por lo demás, ayudaba a su parroquia haciendo los paños de altar y enseñando el Catecismo a los niños del pueblo que se reunían alrededor de su cama.

Durante la Revolución francesa la acusaron de ofrecer protección a los sacerdotes «refractarios», es decir, que habían permanecido fieles a Dios rechazando la Constitución civil del clero. Esto la obligó a refugiarse en Amiens, donde conoció a Francisca Blin de Borbón, la piadosa condesa de Gizaincourt que había huido del Terror, y al padre Joseph Varin, que será uno de los mayores protagonistas de la restauración de los jesuitas. Este sacerdote la exhortó a fundar una congregación para la educación cristiana de las chicas. En 1803, Julia comenzó a  llevar una vida en común con otras mujeres deseosas de consagrarse. Los primeros beneficiarios fueron ocho huérfanos. El 1 de junio de 1804, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, la santa, tras 22 años de parálisis, recuperó milagrosamente el uso de las piernas tras rezar una novena en obediencia a su confesor. El 15 de octubre del mismo año, Julia y otras tres compañeras, entre las cuales Francisca, pronunciaron los primeros votos de la recién creada congregación de las Hermanas de Nuestra Señora. Las primeras y previsoras constituciones fueron escritas por el padre Varin.

Sin embargo, ante la ausencia de este último, la santa tuvo que abandonar Amiens para evitar los cambios que el confesor de la comunidad quería aportar a los estatutos, con el apoyo del obispo local, al que había conseguido influenciar. Por invitación del obispo de Namur, donde Julia ya había fundado una casa, cuya madre superiora era la Madre San José (es decir, Francisca), la ciudad belga se convirtió en el centro de la congregación, que asumió la denominación actual. En sus doce años como superiora general, la santa viajó muchísimo, fundando quince conventos y varias escuelas, y manteniendo una gran correspondencia con sus hijas espirituales, hoy difundidas en cuatro continentes. Recibió el don del éxtasis y de realizar milagros durante su vida, gracias a su fe en la Providencia. Comenzaba así sus jornadas: «Cuando me despierto, lo que se me presenta enseguida es un sentimiento de admiración y gratitud por la bondad de Dios, que me ha dado otro día para glorificarlo».

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