San Sabas de Capadocia

Sabas el Santificado o san Sabas de Capadocia (439-532), uno de los Padres del desierto, desempeñó un papel importante en la difusión del monaquismo oriental

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Mar Saba_1900

Sabas el Santificado o san Sabas de Capadocia (439-532), uno de los Padres del desierto, desempeñó un papel importante en la difusión del monaquismo oriental. Nacido en una rica familia cristiana de Capadocia, en la actual Turquía, estudió en un monasterio donde, además de recibir su educación, se sintió atraído por la vida que llevaba allí, madurando su deseo de convertirse en monje.

Alrededor de los 18 años decidió entonces peregrinar a Tierra Santa, donde experimentó tanto la vida común en los monasterios como la vida solitaria. Encontró un valioso ejemplo y guía en san Eutimio Magno (377-473), que vivía como anacoreta en los desiertos de Palestina y había fundado allí varias lauras, es decir, asentamientos monásticos con una forma de vida entre cenobita y eremita. La laura indicaba originalmente un conjunto de cuevas o celdas (con una iglesia en el centro), en las que los monjes pasaban la mayor parte de su tiempo a solas en oración y trabajando, y que se reunían el sábado y el domingo para celebrar la Eucaristía. Su guía era un sacerdote que desempeñaba funciones similares a las del abad y se ocupaba de las relaciones con el mundo, especialmente para conseguir los modestos suministros de alimentos.

Tras la muerte del maestro Eutimio, Saba se trasladó a la zona de Belén y fundó una laura, más tarde llamada Gran Laura de Mar Saba por el tamaño y el gran número de monjes que a lo largo de los años se fueron a vivir allí, convirtiéndolo en una de las comunidades monásticas más famosas de la antigüedad y donde unos dos siglos más tarde también viviría san Juan Damasceno.

Saba, que entretanto se había convertido en sacerdote y había sido nombrado archimandrita por el patriarca de Jerusalén, dirigió a los monjes con paciencia y autoridad, siguiendo la regla de vida comunitaria establecida por san Pacomio en el siglo IV. Se alejó durante un tiempo por desacuerdos con algunos de sus hermanos y fundó otra laura en Gadara, Jordania.

Fue llamado de nuevo a Jerusalén porque se requería su energía y sabiduría no sólo para la disciplina de los monjes sino también en la lucha contra las herejías cristológicas. Ayudó a defender la doctrina católica sobre la coexistencia de la naturaleza humana y divina en la única persona de Cristo, afirmada solemnemente en el Concilio de Calcedonia en el año 451. Para ello luchó contra el nestorianismo y fue encargado de dirigir una delegación palestina a Constantinopla en un intento -que resultó vano- de convencer al emperador bizantino Anastasio de que abandonara el monofismo (la herejía elaborada por el monje oriental Eutiques, que negó la humanidad de Jesús, atribuyéndole la única naturaleza divina y negándole así su sufrimiento en la carne) y de que aceptara los cánones del Concilio de Calcedonia.

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