San Pascual Baylón

Fue llamado el “Serafín de la Eucaristía” por la devoción angelical con la que se acercó y habló de la presencia real de Cristo en la Hostia consagrada

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El místico español san Pasqual Baylón (1540-1592) fue llamado el “Serafín de la Eucaristía” por la devoción angelical con la que se acercó y habló de la presencia real de Cristo en la Hostia consagrada. Por esta razón, en 1897, León XIII lo proclamó patrono de las obras y congresos eucarísticos.

Los “indicios” de su santidad y de su carisma se reconocen fácilmente en los momentos cruciales de su vida terrena, desde el día de su nacimiento hasta el de su muerte. Pascual nació en Torrehermosa el 16 de mayo de 1540, el día de Pentecostés, también llamada Pascua de Pentecostés, de ahí viene su nombre. Desde los siete hasta los veinte años trabajó como pastor en un pueblo cercano, con un caballero rico llamado Martín García, que se encariñó tanto con el humilde niño que le propuso adoptarlo para hacerlo su heredero. Pascual rechazó la propuesta porque quería hacerse fraile.

Continuó trabajando como pastor en Monforte del Cid. Fue aquí que, unos años antes, se había encontrado una estatuilla de alabastro de la Virgen y había surgido un convento de franciscanos alcantarinos, dedicado a Nuestra Señora de Loreto (título que luego evolucionó en Orito). Fue allí donde, mientras apacentaba las ovejas, Pascual vio a Jesús aparecer en el Santísimo Sacramento. Unos años después de su muerte se construyó una pequeña capilla (la Ermita de la Aparición, todavía hoy un lugar de peregrinación) para recordar el milagro eucarístico. El 2 de febrero de 1564, el joven comenzó su noviciado con los alcantarinos, que nacieron de la reforma del franciscano san Pedro de Alcántara. Profesó sus votos como fraile y nunca quiso ser sacerdote, porque no se consideraba digno. En los diversos conventos en los que vivió, se dedicó a los trabajos más modestos, trabajando durante años en la portería.

Dios lo adornó con el don de la ciencia infusa. Pascual había aprendido a leer y a escribir cuando era niño, pero no era particularmente culto. Sin embargo, le pedían consejo las personalidades importantes de la época y además era insuperable cuando hablaba o escribía sobre la Eucaristía. El Santísimo Sacramento fue el corazón de toda su vida, en un tiempo en la cual la doctrina correcta sobre la transubstanciación del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo se vio amenazada por la propagación del protestantismo. En 1576 recibió instrucciones para entregar una carta urgente al Padre General de los alcantarinos, que estaba en París. El viaje estuvo lleno de insidias porque varias provincias francesas estaban controladas por los calvinistas, que le insultaron y pegaron. En Orleans incluso arriesgó su vida porque, al no conseguir los herejes responder a los argumentos inspirados del santo sobre la Eucaristía, lo atacaron con piedras.

Al regresar de la misión, transcribió su ciencia eucarística en un ensayo, donde además se habla de la voluntad divina sobre la primacía del Papa como sucesor de Pedro, que también negaban los protestantes. Después de una vida de oración y penitencia, iluminada por el amor a Dios, murió el 17 de mayo de 1592, el día después de su 52 cumpleaños. También esta vez, como al nacer, era el día de Pentecostés.

La tradición cuenta que, durante la Misa de Réquiem, en la consagración, sus ojos se abrieron para adorar el Santísimo Sacramento. Como consecuencia de la dominación española, el culto al santo se extendió ampliamente en el Reino de Nápoles. Y el nombre de Pascual, ya presente en el primer milenio cristiano (también en la variante Pascasio), se hizo poco a poco muy popular.

Patrón de: los cocineros, los pastores, las obras y los congresos eucarísticos

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