San Pacífico

Curó tanto males físicos como morales. Éxtasis y visiones eran parte de sus dones sobrenaturales, junto a la profecía

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Su pasaje preferido del Evangelio estaba tomado del Discurso de la Montaña: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.» (Mt 5,9). Así, cuando con 17 años, Carlo Antonio Divini (1653-1721) entró en el convento franciscano de Forano, fue para él algo natural elegir Pacífico como su nombre religioso.

Nació en San Severino Marche en una familia noble. Quedó huérfano de ambos en la primera infancia, poco después de la Confirmación, que recibió con tres años. Fue criado por un tío archidiácono, que unía severidad y bondad.

En el convento, Pacífico profundizó el conocimiento de las Sagradas Escrituras y con humildad intentó imitar las virtudes de san Francisco de Asís, su referente espiritual. El ayuno, las vigilias nocturnas, las continuas penitencias, las oraciones delante del Santísimo Sacramento lo fortalecían en la fe y en la caridad. Si bien tenía una salud débil, recorrió a pie una buena parte de Italia central y del norte para predicar. Su apostolado consiguió acercar a Dios a muchas personas, que quedaban asombradas por sus palabras.

Curó tanto males físicos como morales. Éxtasis y visiones eran parte de sus dones sobrenaturales, junto a la profecía: de hecho se dice que predijo el terrible terremoto que devastó Los Abruzos en 1703. Su alegría no fue turbada por sus sufrimientos corporales, que se agravaron con los años. Primero una enfermedad en la pierna derecha, después la sordera progresiva y, por último, la ceguera le impidieron poco a poco participar en la vida común. Se dedicó aún más a la contemplación, aceptando todo serenamente, consciente de que el amor emana de la cruz.

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