San Justino

El primer filósofo santo vivió toda su juventud en búsqueda de la verdad. Pasó de una escuela filosófica a otra hasta su conversión a Cristo, del que dio testimonio a partir de ese momento de manera incansable, primero con la enseñanza y, más tarde, con el martirio

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San Justino (c. 100-165), el primer filósofo santo, vivió toda su juventud en búsqueda de la verdad. Pasó de una escuela filosófica a otra hasta su conversión a Cristo, del que dio testimonio a partir de ese momento de manera incansable, primero con la enseñanza y, más tarde, con el martirio. Benedicto XVI lo ha definido “el más importante de los Padres apologistas del siglo II”, porque defendió la doctrina cristiana de las acusaciones de los paganos y los judíos, que la atacaban de distintas maneras.

Justino nació en Flavia Neapolis (hoy Nablus), cerca de la antigua Siquem, en Samaria. Recibió una educación pagana. Su sed de verdad lo llevó a estudiar la filosofía de los estoicos, los aristotélicos, los pitagóricos, pero nunca encontraba lo que buscaba, a saber: el camino a Dios. Creyó que había terminado su búsqueda cuando profundizó el pensamiento de Platón, que le hizo cultivar la idea de “llegar a la visión inmediata de Dios”.

Creyendo, equivocadamente, que podía conocer al Creador solo con sus fuerzas, se retiró a un lugar aislado. Aquí, como escribió en el Diálogo con Trifón, se encontró con un anciano que lo estimulaba con sus preguntas y le preguntó qué idea tenía de Dios: “Lo que es siempre igual a sí mismo y es causa de existencia de todas las otras realidades: eso es Dios”, respondió Justino. El misterioso anciano pareció alegrarse ante esta respuesta pero siguió insistiendo, y le hizo reconocer que los filósofos, si no tienen la ayuda del Espíritu Santo, no pueden elaborar un pensamiento correcto de Dios sin haberlo visto ni oído. Le instó a leer los Profetas, “que hablaban movidos por el Espíritu divino” y habían anunciado a Cristo. El anciano se despidió de Justino exhortándolo a rezar como medio para alcanzar la verdad: “Tú reza sobre todo para que las puertas de la luz se te abran, porque nadie puede ver y comprender si Dios y su Cristo no le conceden que entienda”.

Esta experiencia supuso un cambio en su vida. El espíritu de Justino, dócil a estos santos consejos, se inflamó de amor por Cristo. Gracias a la oración y la lectura de la Biblia maduró su conversión. Alrededor del año 130, cuando tenía unos 30 años, recibió el bautismo en Éfeso. El ejemplo de los cristianos ante las persecuciones fue otro elemento determinante en su camino de fe: “De hecho, yo mismo, que me consideraba satisfecho con las doctrinas de Platón, oyendo que los cristianos eran acusados, pero se mantenían impávidos ante la muerte y los terribles tormentos, me convencí de que era imposible que vivieran en el vicio y la concupiscencia”. Viajó a muchas ciudades para compartir la gloria que había descubierto y fundó una escuela en Roma, donde enseñaba las verdades de la fe.

En su Primera apología de los cristianos, que dirigió sobre todo al emperador Antonino Pío, criticó el paganismo y sus mitos, a los que consideraba “desvíos” del camino hacia la verdad. Hizo hincapié en las injusticias que se cometían en los tribunales, donde el solo hecho de ser cristianos era motivo de condena.

Justino tuvo el gran mérito de iniciar la reflexión sobre la conciliación entre fe y razón. Y, como escribió san Juan Pablo II, fue “un pionero del encuentro positivo con el pensamiento filosófico, aunque bajo el signo de un cauto discernimiento”, porque conservaba la estima por las semillas de verdad de la filosofía griega, pero veía en el cristianismo “la única filosofía segura y provechosa”. También es suyo el testimonio más antiguo llegado hasta nosotros acerca del desarrollo de la celebración eucarística. Del pan y el vino consagrados decía: “Llamamos a este alimento Eucaristía y nadie puede tomar parte en él si no cree en la verdad de lo que se enseña entre nosotros, si no ha recibido el baño para el perdón de los pecados y el nuevo nacimiento, y si no vive según los preceptos de Cristo” (Apologia 1, 66, citado en el Catecismo de la Iglesia Católica, 1355). Durante el imperio de Marco Aurelio, el prefecto Junio Rústico le condenó a muerte por negarse a sacrificar a los ídolos. Fue decapitado con seis discípulos (Caritón, Cariti, Evelpisto, Jeracio, Peón y Liberiano), todos ellos felices de morir por la fe en Cristo resucitado.

Patrono de: filósofos

Para saber más:

Catequesis de Benedicto XVI sobre san Justino (21 de marzo de 2007)

 

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