San José Moscati

«Mi lugar está al lado del enfermo», decía esa lumbrera de la medicina que fue san José Moscati (1880-1927), un modelo para cada médico y cada hombre

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«Mi lugar está al lado del enfermo», decía esa lumbrera de la medicina que fue san José Moscati (1880-1927), un modelo para cada médico y cada hombre. Provisto con una solidissima preparación científica, autor de numerosos ensayos en revistas italianas e internacionales, entre los primeros en Italia en usar la insulina para curar la diabetes, también fue docente universitario de Química Fisiológica (apoyado por Antonio Cardarelli) y Química Médica. Moscati no tenía dudas sobre cuál tenía que ser el objetivo de su vida terrenal: «En algunos periodos no fue la ciencia, sino la caridad la que transformó el mundo; y han sido muy pocos los hombres que han pasado a la historia por la ciencia; pero todos seguirán siendo imperecederos, símbolo de la eternidad de la vida, en la que la muerte no es más que una etapa, una metamorfosis a un ascenso más alto, si se dedicaran al bien». Y también: «El progreso es una continua crítica de lo que aprendemos. Una sola ciencia es inquebrantable: la revelada por Dios, la ciencia del más allá».

Séptimo de nueve hijos, nació en Benevento; cuando tenía cuatro años su familia se mudó a Nápoles (en medio tuvieron un paréntesis en Ancona), debido al trabajo de su padre, magistrado. Cuando tenía 12 años empezó a cuidar de su hermano Alberto, que tenía un trauma craneal debido a una grave caída del caballo (murió por complicaciones en 1904). Muy probablemente fue en ese período cuando maduró su vocación, unida a la conciencia de lo efímera que es la vida en este mundo. En 1897 se inscribió a la Facultad de Medicina, muy influenciada por la cultura materialista y atea típica del Positivismo. Pero José, cuyo lema era «amar a Dios sin medida, sin medida en el amor, sin medida en el dolor», salió aún más fortalecido en la fe. Se licenció en 1903 con una tesis sobre la ureogénesis hepática, digna de ser publicada.

Unos meses más tarde empezó a trabajar en el Hospital de los Incurables y, en 1906, durante la erupción del Vesuvio, su intervención en el edificio separado de Torre del Greco se reveló providencial: hizo que fuera rápidamente evacuado y subió personalmente a los enfermos a los vehículos. El techo cayó poco después de que el último paciente fuese evacuado. Cuando en 1911 Nápoles sufrió una epidemia de cólera, su involucramiento en las obras necesarias para el saneamiento de la ciudad contribuyó a limitar los contagios. La caridad que mostraba hacia los más pobres era conmovedora. En la antesala de su estudio privado tenía una cesta con estas palabras: «Si tienes, deja lo que quieras. Si no tienes, coge». Son varios los pacientes que testimoniaron que el dinero que le daban al santo les era devuelto.

Exhortaba a sus jóvenes alumnos a casarse. Por su parte, él permaneció célibe y vivió en castidad porque veía su misión como médico al igual que el sacerdocio, en el cual «el dolor no se trata como una contracción muscular, sino como el grito de un alma, ante la cual otro hermano, el médico, acude con el ardor del amor, la caridad, ocupándose del cuerpo y del espíritu».

Las fuentes de su amor por el prójimo eran la oración y la Eucaristía, verdadero centro de su vida, que recibía cotidianamente. Ayunaba en preparación a las festividades de la Virgen, por la que sentía gran devoción. No escondía nunca su fe, a pesar de las burlas de sus colegas masones y anticatólicos. «Ama la verdad, muéstrate como eres […] y si la verdad te cuesta la persecución, acéptala». Tenía una gran humildad y era muy buena compañía. Un día, cuando era director del Instituto de Anatomía Patológica, llamó a sus asistentes a la sala de las autopsias para mostrarles un crucifijo, bajo el cual se leía: Ero mors tua, o mors, «Yo seré tu muerte, o muerte». Gracias a su fe en el Resucitado no temía la muerte, que le llegó repentinamente cuando aún no había cumplido los 47 años. Precisamente él, consciente de la necesidad de curar el alma, decía que «para quien está preparado, la muerte repentina es la mejor». Fue honrado con un inmenso cortejo fúnebre. En una época como la nuestra, invadida por una cultura contraria a la vida que ha permitido la entrada del aborto y la eutanasia entre las prácticas “médicas”, el ejemplo de san José Moscati es más actual que nunca.

Patrono de: anatomopatólogos

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