San José de Cupertino

Le bastaba la lectura de un salmo o la vista de una imagen sagrada para quedar suspendido en el aire unos palmos, o incluso volar

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Que existe el don de la ciencia infusa es algo que se puede verificar leyendo la historia de san José de Cupertino (1603-1663), que se autodefinía, sin embargo, hermano Asno. No era falsa modestia, porque realmente creció como un “asno”, sin saber nada. Cuando era niño abandonó pronto la escuela debido a una enfermedad que lo obligó a permanecer en cama durante cinco años, de la que sanó después de haber sido ungido con óleo en un santuario cercano. Devotísimo de la Virgen, maduró consagrarse a la vida religiosa, pero dos conventos no lo aceptaron por ineptitud. Al final, más por compasión que por otra cosa, los franciscanos conventuales lo acogieron.

No le faltaba buena voluntad, pero le costaba aprender. En el examen para el diaconado, el obispo abrió al azar la Biblia en el pasaje «Bendito el vientre que te ha llevado» (cfr. Lc 11,27). Era el único que José se sabía bien. La Providencia le ayudó también en el examen de admisión al sacerdocio y comprendió que todo se lo debía a Dios. La humildad y la oración constante le trajeron tantos dones sobrenaturales que los teólogos empezaron a pedirle su opinión.

Aún más que por la ciencia infusa, fue famoso por sus levitaciones, que le habría gustado que permanecieran ocultas. Pero le bastaba la lectura de un salmo o la vista de una imagen sagrada para quedar suspendido en el aire unos palmos, o incluso volar. La muchedumbre lo seguía y su fama fue tal que la Inquisición quiso profundizar su caso para comprender si no se estaba abusando de la credulidad popular: tras estar en éxtasis ante sus ojos, los jueces comprendieron que no había ningún truco.

Fue trasladado de un convento a otro (vivió también en Asís), pero le fue imposible vivir oculto porque los fenómenos sobrenaturales se repetían, sobre todo durante la Misa, verdadero centro de sus jornadas. Decía: «Cuando en el estallido se enciende la pólvora, causa ese ruido y fragor. ¡Lo mismo le sucede al corazón extático encendido del amor de Dios!».

Patrono de: astronautas, aviadores, pasajeros de aviones, estudiantes

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