San José Cafasso

Fue uno de esos gigantes de la santidad que iluminó la Turín del siglo XIX, llena de problemas sociales, esforzándose por hacer todo “lo que pueda contribuir a mayor gloria de Dios y provecho de las almas”

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Fue un padre para prisioneros y condenados a muerte, a los cuales llenaba de amor al inducirlos a reconciliarse con Dios. Formador de sacerdotes y santos, entre los cuales estaba san Juan Bosco, quien lo tuvo como director espiritual durante 25 años y lo llamó “modelo de vida sacerdotal”. San José Cafasso (1811-1860) fue uno de esos gigantes de la santidad que iluminó la Turín del siglo XIX, llena de problemas sociales, esforzándose por hacer todo “lo que pueda contribuir a mayor gloria de Dios y provecho de las almas”.

El tercero de cuatro hijos, José nació en el año 1811 en Castelnuovo d’Asti (hoy Castelnuovo Don Bosco), la misma ciudad donde cuatro años después vería la luz Juan Bosco (1815-1888), quien escribió su primera biografía. Frágil en lo físico, pero animado por una gran fe, estudió filosofía y teología en Chieri. Con solo 22 años fue ordenado sacerdote. A partir de ese momento, consagró todo su ser para hacer brillar el ministerio sacerdotal con la más alta dignidad que Cristo le había conferido.

Enseñaba que el sacerdote, como figura del Buen Pastor, tiene el deber de ser santo para guiar a la santificación a las almas que Dios le ha confiado. Por eso decía: “Es una gran pena para nosotros que un sacerdote se deje igualar en virtud por un laico. ¡Qué deshonra para nosotros!”. Poco después de la ordenación, tuvo lugar el encuentro con el padre Luigi Guala, teólogo de la espiritualidad ignaciana, quien lo recibió en el convento eclesiástico de San Francesco de Asís (en Turín), el lugar donde tuvo lugar la parte más notable de la obra del padre Cafasso, primero como un simple alumno, luego como profesor y finalmente, durante 24 años, como rector. Así se expresó Benedicto XVI en una catequesis sobre el santo: “Desde su cátedra de teología moral educaba a ser buenos confesores y directores espirituales, solícitos por el verdadero bien espiritual de la persona, animados por un gran equilibrio en hacer sentir la misericordia de Dios y, al mismo tiempo, un agudo y vivo sentido del pecado”. Según una expresión del discípulo Don Bosco: “En el internado se aprendía a ser sacerdotes”.

De esta caridad suya hacia el prójimo nacían las muchas horas dedicadas al sacramento de la Confesión. Era una caridad continuamente vivificada a través de la oración, la devoción con la que celebraba la Eucaristía, el amor por Nuestra Señora, a quien llamaba “nuestra querida Madre, nuestro consuelo, nuestra esperanza”. De la amistad con Jesús y María derivaba la virtud de penetrar profundamente en el corazón del hombre, como constataban los detenidos en las cárceles “Senatoriales”, donde a veces se quedaba toda la noche. En ese Piamonte atravesado por los movimientos del Resurgimiento y por el creciente sentimiento anticatólico de las élites que, con la Ley Rattazzi, desembocó en la abolición de varias órdenes religiosas, José Cafasso llevó el amor de Cristo a los últimos. Quería aliviarles el sufrimiento y conducirlos a una conversión radical, digna del Paraíso, como la de san Dimas, el Buen Ladrón crucificado con Jesús.

Muchos se convirtieron, incluso poco antes de ser ahorcados, convencidos de que ese extraordinario amor paternal, encerrado en un cuerpo inestable (“casi todo estaba en la voz”, decía Don Bosco), debía tener una fuente aún mayor. “El sacerdote del patíbulo”, como fue llamado, acompañó a la horca a 57 condenados a muerte, confesándoles y administrándoles el Santísimo Sacramento. Humildísimo, esperando el último aliento terrenal, dijo: “Deseo y ruego al Señor que, cuando haya descendido al sepulcro, que haga desaparecer de la tierra mi memoria y acepto como pena de mis pecados cuanto después de mi muerte se diga en el mundo contra mí, para que nadie piense en mí fuera de esas oraciones que espero por la caridad de los fieles”. Nuestro Señor lo llamó a Él a los 49 años, pero tenía planes diferentes al olvido invocado por su santo. Pío XI lo definió como uno de los “nuevos astros” de la Iglesia, junto con el cura de Ars, san Juan María Vianney (1786-1859). Y Pío XII, en la Menti Nostrae, exhortó a los sacerdotes a modelarse sobre el ejemplo de san José Cafasso.

Patrono de: encarcelados, condenados a muerte

 

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