San Jerónimo

«Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo», decía san Jerónimo (347-420), uno de los hombres más eruditos de su tiempo, al que toda la cristiandad le debe mucho

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«Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo», decía san Jerónimo (347-420), uno de los hombres más eruditos de su tiempo, al que toda la cristiandad le debe mucho. De carácter impetuoso, se opuso con fuerza al arrianismo y cualquier otra forma de herejía. Pero también se dirigió con palabras punzantes a santos como Agustín, Ambrosio y Basilio Magno, sin que ello afectara a su amistad.

El papa Dámaso lo requirió para que revisara algunas versiones antiguas en latín de la Biblia, carentes de oficialidad. Jerónimo desarrolló esta tarea diligentemente, utilizando los mejores textos en las lenguas originales del Antiguo y del Nuevo Testamento, comparándolos con las traducciones ya disponibles, incluida la versión de los Setenta. Profundizó su conocimiento del griego en Constantinopla bajo la guía de san Gregorio Nacianceno. Y aprendió el hebreo y el arameo en Belén, donde se mudó tras dejar Roma. Pasaron 23 años antes de que estuviera lista la Vulgata, la traducción en latín de la Biblia que la Iglesia ha utilizado hasta el siglo XX, cuando Pablo VI -hacia la conclusión del Concilio Vaticano II- encargó su revisión.

Sin embargo, la Sagrada Escritura no siempre había sido su pasión principal. Al contrario. El mismo Jerónimo cuenta que incluso en Tierra Santa, donde había ido «a militar por Cristo», inicialmente se había sentido más atraído por los clásicos latinos, como Cicerón y Plauto, que por la Biblia, hasta llegar a decir que los Libros de los Profetas le daban náuseas. «Era mi ceguera la que me impedía ver la luz, y yo creía que la culpa no era de mis ojos, sino del sol», escribe en la Epístola XXII, en la que refiere el reproche celeste que recibió durante una experiencia mística: «¡Tú eres ciceroniano, no cristiano!». Comprendió que el demonio había intentado alejarlo de la Biblia y se dedicó en cuerpo y alma, «con ardor», al diseño al que Dios le había llamado.

Para dulcificar su carácter hacía continuas penitencias y solía golpearse con una piedra. En el periodo en que vivió en Roma fue padre espiritual de un grupo de vírgenes y viudas deseosas de dedicarse a la vida ascética: entre ellas estaban la noble Marcela, Paula y las hijas Eustoquia y Blesila, hoy veneradas como santas. Además de un gran número de cartas y obras contra las herejías, escribió, siguiendo el ejemplo de Suetonio, el De Viris Illustribus, una colección de 135 biografías breves de personajes de los primeros cuatro siglos del cristianismo, para demostrar el impulso que la fe cristiana ya le había dado a la cultura. De los santos decía: «Honramos a los santos para adorar a Aquel del que son testigos; honramos a los siervos para que el honor de los siervos redunde en el Amo». En 1298 fue proclamado Doctor de la Iglesia, convirtiéndose así en uno de los cuatro primeros que recibieron este título junto a Agustín, Ambrosio y Gregorio Magno.

Patrono de: arqueólogos, bibliotecarios, estudiosos, traductores

Para saber más:

Opera omnia (textos en latín e inglés)

Catequesis de Benedicto XVI sobre san Jerónimo (audiencias generales del 7 de noviembre y 14 de noviembre de 2007)

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